Japón, el corazón de un imperio cultural colorido y digital
Todo lo que puedas comprar
A los inevitables desajustes que al turista argentino le generan el idioma, la economía, los olores, los sabores y la densidad poblacional nipona hay que sumarles el estremecimiento de fetichistas pop y gamers hardcore, coleccionistas y curiosos en general, ante la propuesta de obras, objetos y servicios. Bienvenidos a un mundo de fantasía, tecnología y disciplina donde se escabia muy fuerte.

Justo al mismo tiempo que el mundo comenzó a dar forma al imperialismo europeo, Japón cerró sus puertas al exterior y dictaminó que cualquier persona que pretendiera entrar o salir de su territorio estaría condenado a muerte. Los nipones vivieron este período de sakoku (que se traduce como “país en cadenas”) durante casi 250 años, los suficiente para criar diez generaciones que no debían ni imaginar el universo occidental. Recién en 1853, mientras Argentina dudaba qué hacer con su Constitución, el archipiélago nipón aceptó a regañadientes terminar con su aislamiento. Este ímpetu de conservar su cultura intacta hizo que el país del Sol Naciente superara las subsiguientes oleadas de la globalización y una guerra mundial. Es más, sus tradiciones lograron ganarse el corazón de los gaijines (“extranjeros”) a través de una mística etérea, en lugar de esa invasión frenética con la que Occidente acostumbra inyectar su cultura. No es dato menor que, aunque en Argentina la población de origen chino es mayor que la japonesa, el castellano nacional incorporó palabras como sushi, kimono o kamikaze con la misma naturalidad que vocablos que provienen del italiano o el francés.

Pese a que Google Maps deja caminar al usuario virtual por las calles de Tokyo, no existe nada que prepare al turista para la experiencia nipona. Apenas se llega al país es posible advertir que es cierto que el inglés no es una moneda común, pero sí la interminable predisposición para entender y hacer comprender. Quizá el explorador caiga en cuenta de que realmente está lejos de todo lo que conoce cuando la primera escalera mecánica le desee buen día o una máquina expendedora le ofrezca bebidas con sabor a crema pastelera.

Debería existir una advertencia a la salida del aeropuerto que prevenga de escenas de capitalismo salvaje. Las máquinas de gashapones (simpáticas repartidoras de minimuñequitos coleccionables) acechan en cada estación y negocio. Muchas prefecturas y distritos se desviven por inventar más merchandising de sus mascotas kawaii, las que pueden tomar forma desde oso bizarro (Kumamon, de Kumamoto) hasta una esfera blanca con un castillo en la cabeza (como Shiromaru Hime, de Himeji). Y es posible pasar días enteros perdido entre las góndolas de los Don Quijote, una cadena de bazares infinitos abiertos las 24 horas y dispuestos a ofrecer snacks, valijas, tecnología, consoladores o gorras de Mario del Super Mario Bros.

Los templos japoneses son un espectáculo arquitectónico donde los flagelantes son una fantasía pero no así los dragones. Allí se ganan adeptos convenciéndolos de que la Iluminación está al alcance de la mano. El esfuerzo de la religión por seguir vigente en Japón es un cambio de paradigma total para el occidental que mató a su Dios en tiempos de Nietzsche. Entreverados entre edificios modernos, los templos budistas se imponen con su inmensidad e invitan a la meditación silenciosa mientras se los recorre descalzo. En los santuarios sintoístas, pareciera que la Verdad se encuentra en la naturaleza, que responde con un panteón de dioses a cargo de todos los elementos de la vida. Ambos venden recuerdos, rosarios, amuletos y goshuin-cho, libros donde uno puede adquirir una firma especial por una pequeña “donación” que se destina a gastos del establecimiento.

Se dice que todas las ciudades del mundo son iguales, pero existe un cambio de atmósfera radical entre las metrópolis japonesas. Los ciudadanos de Tokyo son profesionales en conservar su tatemae (la fachada o diplomacia que una persona muestra al público) mientras que en Osaka se ríen y (te) putean fuerte. La antigua capital de Kyoto convive sin el frenesí de los carteles luminosos y deja aire para entrar en sincronía con sus hanamachi de geishas. Mientras tanto, Kanazawa reniega de esa palabra y se valida más tradicional por llamarlas geiko, considerado mucho más respetuoso y menos vulgar que la opción que admiten los kiotenses.

La noche nipona está gobernada por after office en los que los oficinistas beben hasta morir antes de perder el último tren a casa. Más cerca del fin de semana, los borrachos son la norma: zigazagean por la calle, caen dormidos en el piso, vomitan dentro de los portafolios. Se contabilizó que el trabajador promedio hace unas 13 horas diarias con un franco semanal, ya que se alienta a que los empleados busquen cumplir horas extra de manera voluntaria. Con el salario en el bolsillo y poco tiempo para gastarlo, es comprensible la devoción por el desvaneo alcohólico con el fin de descomprimir las rigurosidades de la sociedad nipona.

El turista argentino que no se acostumbra a los horarios de los trenes se da cuenta demasiado tarde de que perdió la última oportunidad de volver a su base. Pero Japón tiene todo fríamente calculado. Las salas de karaoke pueden ser utilizadas a lo largo de la noche e incluyen en el precio una barra libre de bebidas y comida. Los manga café son locales paradisíacos para quien merodea sin rumbo y permiten alquilar un cubículo para quedarse leyendo, jugando o durmiendo (sentado) toda la noche. Por otro módico precio, las salas de DVD porno también aceptan transeúntes nocturnos e incluyen con la entrada una película, un preservativo y libre uso de los paños húmedos. Si nada cuadra en los planes, siempre existen los hoteles cápsulas.

Es cierto que uno puede perder el pasaporte y encontrar que alguien lo llevó a una estación de policía o que una señora mayor le lleve al guardia del tren la Suica (una SUBE japonesa) que alguien dejó en el baño. El gaijin metropolitano cuenta emocionado cómo vio bicicletas sin candado tiradas en la calle. El funcionamiento ordenado del mundo cotidiano tiene que responder al hecho de que Japón fue una sociedad militarizada durante casi 2000 años. No obstante, la dicotomía de los extremos nipona obliga que cuando no existe la regla, el libertinaje domina. Esto puede ser una explicación de contrastes tan impactantes como por qué recién hace cinco años se comenzó a debatir seriamente que la pornografía infantil caricaturizada (lolicon) debería ser prohibida o cómo existen servicios como el Enjo Kosai (citas por compensación), donde hombres mayores de edad compran el tiempo de las colegialas y las “premian” según el servicio ofrecido.

Las mañanas japonesas comienzan con el cantar incesante de los cuervos. Por más que el argentino no comprenda nada, prende la televisión como acto reflejo y se encuentra con un noticiero sin muertes, robos o escándalos políticos nacionales e internacionales. La TV nipona general parece un mundo brillante de colores, anuncios de eventos, programas de turismo internos, doramas y juegos. En ningún lado aparecen menciones a los misiles norcoreanos que amenazan la integridad del país o a nuevas amenazas. Para el residente, esta valla mediática no es extraña: la anécdota cuenta que en el terremoto devenido en tsunami de 2011, los japoneses se enteraron del caos en el reactor nuclear de Fukushima gracias a los medios extranjeros.

El frenesí del consumo alcanza su máximo esplendor en las casas de coleccionistas, donde si alguien apenas tocó la caja de una figura se debe rebajar el precio a la mitad, o mucho más si estuvo fuera de su empaque. Los Book Off son centros de segunda mano donde se revende todo lo que ya no entra en el departamento y se puede encontrar oro por una moneda de 100 yenes. El estado de lo usado tiene que ser perfecto para ser revendido con alguna ganancia. ¿Quién lo compraría, sino, si al día siguiente su nueva versión tendrá que ser rebajada por estar en vidriera?

Barrios comerciales como Akihabara (Tokyo) o Den Den Town (Osaka) son el paraíso de las fanaticadas: existen supermercados de más de cuatro pisos dedicados exclusivamente a la venta de mangas (cómics japoneses), model kits y merchandising de cualquier serie que haya sido emitida. En la galería Nakano Broadway se extienden a la obsesión occidental y la industria comiquera norteamericana e incluyen memorabilia de bandas legendarias como Beatles o KISS, entre otras. Con sólo dar una vuelta, el turista también se percata que los juegos de cartas no son de nicho, ya que existen miles de locales dedicados a la venta de tarjetas coleccionables, sean Magic: the Gathering, Pokemón, Yu-Gi-Oh! o las clásicas de béisbol. En todas ellas pueden encontrarse consolas de videojuegos en descuento o consolas “retro” que jamás lograron ser vendidas.

Y es entre las calles de los barrios comerciales donde el gaijin queda pasmado ante las Taito Station y otros salones de arcade. Porque en la tierra del avant garde tecnológico, los fichines no murieron sino que levelearon. Lejos de la amenaza de la piratería, cuya práctica es duramente penada por la ley –y su riesgo no vale la pena cuando la sobreproducción estabiliza los precios–, los videojuegos existen en su mayor expresión. Para los amantes de los juegos de cartas hay estaciones que levantan los códigos de las colecciones reales y las enfrentan a jugadores virtuales. El Guitar Hero tiene su versión en Taiko (tambores japoneses), batería y piano. Cabinas que simulan robots gigantes habilitan manejar un mecha mientras el usuario se fuma un cigarrillo. Y todos los progresos del jugador pueden guardarse de manera virtual a través de una tarjeta que actúa como memory card fichinesca. Vivir por un tiempo en Japón como fanático de los videojuegos es como ser un paleontólogo viviendo en una realidad donde los dinosaurios jamás se extinguieron.

El país del Sol Naciente existe en una dimensión tan distinta a la occidental que hace falta un esfuerzo psicológico para integrar los estímulos infinitos producto de un mes entero. La cabeza no para de girar: se mira hacia arriba para ver el Godzilla que sale de un hotel en Shinjuku, se escala el Monte Inari atravesando sus 10 mil puertas, se sube al Tokyo Skytree a 600 metros por minuto y se observa al mundo a una altura de 634 metros. Uno visita en silencio los castillo-fortaleza vacíos por dentro y se asombra por la elegancia del Palacio de Kyoto. Y es increíble cómo cambia la vida cotidiana con la alteración del sabor de la sal y la azúcar. Inclusive la existencia del inodoro inteligente –que no solo actúa de bidet climatizado, sino que perfuma y emite sonidos– es un espectáculo viralizable.

Al regreso, no se sufre jet lag sino una serie de imágenes que aún se están intentando descifrar. Sólo apenas después de la travesía uno entiende que las dimensiones paralelas existen y conviven en un solo planeta. No se puede culpar a nadie del sentimiento extraño que se activa al escuchar el canto de los zorzales en lugar de los graznidos de los cuervos. Después de todo, nadie vuelve a ser el mismo después de Japón.

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