Opinión
Las penas de Arauco
Imagen: AFP

La escala de Francisco en Temuco, inicialmente señalada como una de las más riesgosas para el Papa, culminó finalmente sin sobresaltos. A su paso Jorge Bergoglio volvió a dejar en claro su defensa de las culturas indígenas, respaldó a las comunidades originarias que luchan por sus derechos, y simultáneamente subrayó la importancia del encuentro y del diálogo, dejando de lado las demandas violentas porque, dijo, “la violencia acaba por hacer falsa la causa más justa”. Pero a la par Francisco reconoció que también hay violencia cuando se firman acuerdos que luego no se cumplen porque de esta manera se “frustra la esperanza”.

Los datos indican que en el sur de Chile, zona donde se encuentra situada la ciudad de Temuco, el 26% de sus habitantes viven en la pobreza. La comunidad mapuche mantiene una disputa de siglos con el estado chileno por sus tierras. Durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) los pueblos originarios fueron objeto de represión, torturas y violaciones de derechos que incluyeron la incautación de tierras. De regreso a la democracia se aprobó en 1993 una ley que expresa la voluntad del estado chileno de reparar a los damnificados y de restituir las tierras a sus ancestrales dueños. Hoy en día tanto los mapuches como otras comunidades originarias (aymaras y quechuas entre ellos) siguen sosteniendo que poco o nada de lo legislado en ese sentido se ha cumplido. Francisco no dejó pasar por alto esta situación y se refirió a las actitudes de “borrar con el codo lo que está escrito con la mano” sosteniendo que esto también es violencia, porque atenta contra la esperanza. Habló de “desforestación de la esperanza”.

Francisco es un religioso carismático que conoce del manejo de masas. Comenzó su homilía expresándose en el lenguaje de los mapuches. “Mari, Mari” (buenos días). “Küme tünngün ta niemün” (la paz sea con ustedes), dijo. En ese momento la multitud, tanto “huincas como mapuches” precisó un testigo, estalló en un aplauso que dejó atrás el clima de tensión preanunciado por los medios. 

Así como el día anterior había citado a Pablo Neruda y a Gabriela Mistral, a lo largo de la alocución papal en Temuco tampoco faltó la mención a Violeta Parra. “Arauco tiene una pena que no puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar” dijo parafraseando a la artista, símbolo de la poesía y del canto chileno. Y no pasó por alto que en el mismo lugar donde se celebró la misa “se produjeron graves violaciones de derechos humanos” motivo por el cual elevó su oración por “aquellos que han sufrido y han muerto” y por quienes “cada día, llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias”.

Es el Papa desplegando sus capacidades de seducción con sus interlocutores, usando todos los recursos a su alcance y, al mismo tiempo, dejando en claro cuál es su perspectiva y los horizontes de su búsqueda. Critica “la opresión de unos sobre otros”. Pero advierte que nadie debe permitir “que gane el enfrentamiento o la división”. Rescata el valor de la unidad, pero descree de la “uniformidad asfixiante” que surge del predominio del más fuerte y poderoso. Advierte que no se puede confundir unidad con uniformidad. Por eso sostiene que “la unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación de la armonía”. También dice que en nombre de la unidad no se pueden legitimar “las injusticias personales o comunitarias”. Y que “la riqueza de una tierra nace precisamente del hecho que cada componente sabe compartir la propia sabiduría con los demás”. Porque, agrega, “necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o culturas inferiores”.

En un momento crucial de su homilía Bergoglio proclamó que “nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella”.

Manteniendo siempre la tensión discursiva entre la búsqueda de la unidad y el rechazo de la violencia el Papa rescató que “el arte de la unidad exige auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los ‘laboratorios’ de los pueblos, de las calles, de las plazas y de los paisajes”. Y por ese motivo no se trata de “un arte de escritorio o hecho solo de documentos, es un arte de escucha y reconocimiento”. Pero, al mismo tiempo, dijo Francisco, “no se puede pedir el reconocimiento aniquilando el otro porque esto produce solo mayor violencia y división”. Bergoglio fue contundente en este punto: “la violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y la separación”. Remató señalando que “por esto decimos no a la violencia que destruye, en ninguna de sus formas” y pidió explorar “el camino de la no violencia activa como estilo de una política de paz” reivindicando el diálogo como un camino hacia la unidad.

El Papa regresó ayer mismo a Santiago, la capital chilena, donde todavía resonaban los comentarios -a favor y en contra- después de que el pontífice manifestara su vergüenza y su dolor, pidiendo perdón por los abusos sexuales contra niños y jóvenes cometidos por ministros de la Iglesia. El martes, durante aproximadamente media hora, Francisco tuvo un encuentro privado en la Nunciatura Apostólica con víctimas de los abusos, pero no hubo información oficial ni sobre los nombres de los participantes de la reunión ni acerca del intercambio mantenido en el mismo. Según el vocero vaticano, Greg Burke, las víctimas “han podido contar a Francisco sus sufrimientos y él los ha escuchado, ha rezado y ha llorado con ellos”. A pesar del gesto papal, son muchos y variados los comentarios, no solo en los medios de comunicación sino también entre las comunidades católicas, que señalan que habrían esperado una actitud más contundente de Francisco respecto de este tema, un gesto que podría haber incluido también medidas contra los obispos que encubrieron las conductas delictivas de los abusadores. Eso no ocurrió.

Otra actividad que pasó poco menos que desapercibida fue el breve encuentro que Francisco mantuvo en la catedral de Santiago con los obispos chilenos. Allí el Papa arremetió contra el “clericalismo” e insistió en la misión común de toda la Iglesia. “Digámoslo claramente -afirmó Francisco- los laicos no son nuestros siervos ni nuestros empleados. No deben repetir como ‘papagayos’ lo que decimos”, le dijo a los obispos. En este caso fue un mensaje dirigido a la comunidad católica, no solo a la jerarquía, reafirmando la libertad para pensar y obrar en la Iglesia por parte de todos sus miembros. Es algo que le ha costado a Francisco muy duras críticas por parte de los sectores más conservadores. 

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