Atrapada sin salida

Laberinto: Lugar formado de calles, encrucijadas y plazuelas, dispuestas de tal modo que al que está adentro le sea muy difícil acertar la salida.

Allá por el fin del siglo XIX don Pavlov paseaba estresadas ratitas por laberintos engañosos, labor fructífera que concluyó en su Teoría de los reflejos condicionados.

Borges nos deslumbró con sus laberintos permitiéndonos perdernos y encontrarnos una y mil veces en la lectura de su obra.

La localidad serrana de Los Cocos sorprende desde hace varias décadas  al veraneante con su verde y prolijo laberinto.

-‑Sufre de laberinto pobre... ‑chismorrea a la mañana temprano con escoba y mate en mano la vecina de enfrente.

El método de asociación libre me puede seguir llevando a innumerables laberintos famosos mientras paseo entretenida por las calles de mi ciudad. Ya llevo 60 minutos, algo así como una hora, y no se avizora la salida o la llegada, depende si se mira desde dentro del laberinto o pensando en descender en la esquina de la casa de una amiga que me esperará inquieta.

Todo empieza cuando emprendo el viaje desde mi entrañable Fisherton en el servicio de transporte público hacia Ocampo y Entre Ríos. Me coloco los auriculares de mi nueva radio para entretenerme buscando una emisora que sea algo más que un molesto zumbido, avanzo sin novedad hasta que dirijo la mirada hacia la ventanilla y advierto que el paisaje no es el mismo de siempre. Son los piqueteros, puedo escuchar al quitarme uno de los molestos tapones. Como todavía restaba camino para concluir mi viaje no me preocupo demasiado por el cambio. Comienza el murmullo entre los pasajeros, las preguntas al chofer y mi curiosidad por saber si la Real Academia Española incorporara en la nueva edición del diccionario la palabra piquetero ‑ o tal vez ya figure‑. Aprieto el botón derecho de la computadora en el momento en que escribo esta nota y la pantalla me devuelve piquete, piquetes, piquetazo, piquero, paquetero pero del piquetero no está enterada. En fin, sigo.

El ómnibus corrige el rumbo y retorna al sendero original pero esa rutina no dura mucho porque una moto, policía mediante, nos detiene sin compasión. Hay que desviarse nuevamente y esta vez, al mejor estilo de un tour, el paisaje río‑isla se despliega ante la atónita mirada de todos los privilegiados pasajeros del vehículo urbano.

‑-¿Usted no se imaginaba conocer estos lugares, no?-. Comenta un jubilado a su compañera de asiento.

A esta altura de los acontecimientos pasé por todos los estados de ánimo posibles: el fastidio, la bronca, la incredulidad, la impaciencia, la impotencia y por ultimo la resignación; hasta me permití sonreírme de nosotros mismos. Aparece el Parque España, el túnel que envuelve a la calle Sarmiento y ya como están las cosas me entrego totalmente a la aventura de vivir en este país generoso, de viajar en esa callecitas que tiene un no sé que... que a uno lo marean un poco. Saldremos de la trampa bajo el estímulo de la comida de don Pavlov o ayudados por alguno que nos instruye desde el final como me sucedía cuando iba a Los Cocos o tendremos que invocar al viejo sabio y cascarrabias, experto en laberintos. No lo sé. El cronómetro marca 80 minutos y creo que diviso a los lejos la bandera a cuadros

Para la próxima excursión quizás opte por los indios ranqueles o mejor cambio de agencia de viajes.

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