Entrevista a la escritora Florencia Abbate
“Quizá no se pueda hacer literatura de la felicidad”
En los cuentos de Felices hasta que amanezca, la autora explora los detalles más sutiles de la experiencia vital y se vale de un humor ácido para criticar el capitalismo. “Mis personajes son burgueses y a la vez un poco díscolos dentro de esa burguesía”, dice.
“Me interesan las obras que resuenan en el presente”, sostiene Florencia Abbate.“Me interesan las obras que resuenan en el presente”, sostiene Florencia Abbate.“Me interesan las obras que resuenan en el presente”, sostiene Florencia Abbate.“Me interesan las obras que resuenan en el presente”, sostiene Florencia Abbate.“Me interesan las obras que resuenan en el presente”, sostiene Florencia Abbate.
“Me interesan las obras que resuenan en el presente”, sostiene Florencia Abbate. 
Imagen: Dafne Gentinetta

La eterna adolescente –que transformaba los momentos insípidos de la vida en aventuras extraordinarias– se reencuentra con su amiga de la adolescencia en 2008. En las calles muchos agitan banderitas argentinas, cantan el himno nacional y llevan carteles con frases como “Muerte a la Yegua” o “¡Viva el campo!” Una cronista que está escribiendo un libro sobre transexualidad entabla una relación de amistad con Nadia, una transexual que estaba ahorrando para hacerse la cirugía de reasignación de sexo. “Yo percibía que no me gustaba del todo la idea de que Nadia se operara, pero lo registraba como un prejuicio mío. Me resultaba irritante vivir en una sociedad a la que le era tan difícil tolerar la ambigüedad, y por eso reivindicaba ideológicamente la ‘incongruencia’ entre los genitales y el género como si fuera un valor en sí mismo, un bastión de resistencia o una apuesta por una cultura más libre en el futuro”, confiesa la cronista y narradora. Una pareja se desintegra en Cabo Polonio cuando ella observa cómo él se aleja con el kayak. “Su imagen se volvía cada vez más pequeña, y yo lo vi irse hasta que supe, como si al fin comprendiera el sentido del viaje, que nuestra relación había terminado, que lo había perdido”, admite ella. Después de diez años sin publicar narrativa, Florencia Abbate regresa con un extraordinario libro de cuentos, Felices hasta que amanezca (Emecé), donde explora los detalles más sutiles de las experiencias, como si arrojara luz ahí donde solo se percibe oscuridad, como si encontrara humor en la tristeza y micro resistencias escamoteadas a la intemperie.

La autora de las novelas El grito y Magic resort tiene una oreja especial para construir grandes frases para sus personajes. “La tristeza es una condición de inferioridad del corazón humano”, advierte Sol, la eterna adolescente. “Hay sensaciones que una vez que se entienden ya no pueden volver a sentirse. Por eso entender es muy triste”, dice una mujer que acude a un médico chino para superar sus problemas de fatiga. “Los cuentos muestran el fin de una felicidad; se narra o se hace referencia a una felicidad que ya es como una nostalgia. Quizá no se pueda hacer literatura de la felicidad”, plantea Abbate en la entrevista con PáginaI12.

–¿Por qué los cuentos de Felices hasta que amanezca están atravesados por la política?

–Lo asumo como una característica de mi narrativa, pero no es que me lo proponga. Soy consciente de que me interesan las obras que resuenan en el presente. De chica me gustaba mucho la música de Charly García porque sus canciones son como una esponja de la sensibilidad de la época. Vivimos en un país donde es difícil abstraerse del contexto, a diferencia de otros lugares. Yo trabajo a partir de cosas que me impactaron en el cuerpo. Desde ahí construyo a los personajes, desde algo que tiene que ver con lo sensible de la experiencia. La política entra a través de los personajes.

–Quizá en el cuento que más se percibe la política es en “La despedida”, en las cartas que se mandan Lucía y Fran. Lucía afirma: “Lo íntimo es la verdadera patria”, una frase que contrasta con la que dijo la ex presidenta Cristina Fernández: “La patria es el otro”.

–Fran es un militante político y tiene la mirada puesta en lo colectivo, en el plural, en el “nosotros”. En cambio ella tiene una perspectiva más vinculada con la tradición del romanticismo, podría decirse, donde todo el cosmos está resumido en la intimidad y donde todo tiene que ver con la transformación personal. Yo construyo a los personajes sin juzgarlos. Trato de construir sensibilidades diferentes, que podrían ser miradas de la realidad en un momento dado.

–Es interesante pensar si lo íntimo no es también político, ¿no?

–Sí, lo personal es político. La mirada de ella es también política, desde el lugar en donde ella lo cuestiona a él. Lo íntimo en un texto literario significa mucho porque también la escena de la escritura es la escena de la intimidad, pero al mismo tiempo todo lo exterior está ahí.

–En este cuento, además, la despedida alude también al fin de una época: el fin del gobierno kirchnerista y el comienzo del macrismo.

–Los cuentos tienen un arco temporal bastante amplio, pero reverberan en el presente. Por algo cerré el cuento con la frase: “Los finales son siempre violentos”. Me parece que las despedidas de época tienen algo violento. Las transiciones no son pacíficas. Los cuentos no son testimoniales ni documentales; los considero literatura, aunque los contextos y los materiales con que están producidos tienen anclaje en la realidad.

–A propósito del cuento “La sensibilidad de nuestra adolescencia”, sobre la amistad entre dos chicas, ¿cómo se construye una sensibilidad?

–Como escribo de lo que conozco, la sensibilidad de esos personajes me es afín porque son personajes de mi generación. Quizá el título del cuento alude más a lo absoluto, el gusto por los bordes, lo extremo que es todo en la adolescencia. Todo eso que es parte de la sensibilidad adolescente de una época una de las amigas lo continúa teniendo a los treinta años, mientras la otra ya no. Para la narradora la amiga representa esa sensibilidad adolescente aun después. Ese cuento abarca desde cuando ellas eran muy amigas hasta que se reencuentran en 2008. A mí me impactó mucho la crisis financiera internacional. Ahora no nos acordamos porque fue una crisis pasajera, pero fue muy brutal por cómo puso en escena el hecho de que los destinos de los países y el hambre mundial se juegan en una timba, en un casino virtual. En ese momento parecía que iba a tener muchas más repercusiones de lo que después tuvo justamente por esta capacidad del capitalismo de superar sus crisis cíclicas. Es impresionante el modo en que queda al desnudo cómo funciona un sistema y al mismo tiempo cómo el sistema se salva a sí mismo.

–¿Por qué apela al humor para criticar al capitalismo?

–Yo creo que el humor tiene algo de instinto de supervivencia en el mundo capitalista. En lo narrativo me interesa el humor como algo que ocurre en la conversación. Yo leo los diarios y enseguida se me ocurren chistes. A veces esa mirada un poco ácida que tiene el humor ilumina sin querer alguna brutalidad del sistema. Los personajes de mis cuentos son personajes burgueses y a la vez un poco díscolos dentro de esa burguesía.

–¿Por qué le interesa esa zona de los “díscolos de la burguesía”?

–Es mi zona (risas). Mi percepción del mundo contemporáneo es que los prototipos tradicionales de ese mundo burgués están en crisis, derrumbándose hace un montón de años. A veces lo díscolo es mucho menos minoritario de lo que se piensa cuando uno empieza a escarbar un poco.

–¿Por qué en varios cuentos aparece la incomodidad con la clase social, que casi siempre está vinculada con la clase media?

–Me gusta explorar la incomodidad con la época y con lo establecido, y al mismo tiempo desde un mundo que uno conoce, desde un narrador que uno puede manejar sin tratar de imitar un narrador no burgués que uno no es. Supongo que tiene que ver eso. Que también está en El grito, en la manera de ver el 2001 desde la clase media, pero desde personajes un poco descolocados. También hay personajes que se van a meter a otros mundos, ¿no?

–Como Fran, el militante político que se mete en el mundo del cooperativismo, un mundo que le fascina porque está lejos de sus experiencias personales, de su vida cotidiana.

–En nuestro país todavía es posible el cruce de mundos, a diferencia de otros lugares. Existimos muchos que todavía habitamos la ciudad de un modo donde se cruzan los mundos. Hay un texto de (Gilles) Deleuze que está en La lógica del sentido sobre una novela de Michele Tournier, Viernes o los limbos del Pacífico, donde él construye una idea del otro. Y dice que el otro es como un mundo posible. Si uno percibe todo celeste, naranja y violeta, el otro introduce el rojo y el negro. El otro te cambia la percepción porque introduce una parte del mundo que no veías. Que la ves a través de ese otro. En los cuentos hay algo así. Los personajes interaccionan de maneras muy diversas y cada mirada introduce un aspecto de la realidad que el otro no quiere ver. O no puede ver.

–¿Por qué en uno de los cuentos hay un personaje que lee un poema de Denise Levertov?

–Me encanta la poesía; un detalle tan grande como los versos de un poema me resultan más inspiradores que un montón de lecturas. De hecho ese cuento tiene un epígrafe de Margaret Atwood, que es de un poema en el que habla de que la historia verdadera se perdió camino a la playa. Leer poesía es casi necesario para la salud mental. En ese poema de Levertov ella quiere conocer todo del otro, algo que es imposible porque aun las personas que más profundamente conocemos como una pareja siempre tenemos un conocimiento fragmentario y parcial del otro. La metáfora última de ese poema es meterse adentro del sueño del otro, saber lo que el otro sueña.

–¿Qué materiales de sus experiencias utiliza para escribir cuentos?

–Yo llevo muchos materiales en mí, hasta que puedo escribir algo. Tengo la imagen de una amiga que en 2008 vino a casa en medio del humo; toda Buenos Aires estaba llena de humo. Habíamos charlado en casa y cuando ella se fue se subió a la bicicleta y yo la vi alejarse por la calle. De repente vi la bicicleta como envuelta en una nube de humo, como si la hubiera tragado una explosión. Esa imagen me quedó durante mucho tiempo y condensaba algo que yo quería escribir. Lo que me quedan de las experiencias son detalles o imágenes que llevo mucho tiempo conmigo y cuando me siento a escribir todo eso decanta, pero ya es totalmente ficcional, porque en los cuentos invento los personajes para olvidarme de todas las personas reales. Hay detalles que me impactan y me llevan después a poder desarrollar una trama o una forma para contar algo. Todos los cuentos de este libro los llevé durante mucho tiempo, pero además pasaron muchos años de la última vez que publiqué narrativa.

–¿Por qué se tomó casi diez años hasta volver a publicar narrativa?

–En el medio publiqué un libro de ensayos sobre (Juan José) Saer y un libro de poesía… El tiempo es el gran problema de las personas que escriben; hacerse el tiempo para una actividad que no tiene ningún rédito, que es puro placer, que es vital, pero a la vez es un tiempo robado a otras cosas. En ese tiempo que pasó fui mamá, me doctoré, intenté alcanzar cierta estabilidad laboral, me separé… me pasaron un montón de cosas. Yo no puedo escribir de modo intermitente. Cuando voy a escribir un libro, necesito poder tomarme un tiempo muy largo para dedicarme solo al libro. Entonces eso reduce mis posibilidades. Yo envidio a las personas que se levantan todos los días bien temprano y escriben dos o tres horas. Mis experiencias con los libros son de más intensidad. El comienzo es un poco fastidioso porque cuesta, pero una vez que entraste se produce como un estado de fluidez que es el que necesito para escribir.

–Uno de los personajes del cuento “Maldito Kayak” dice: “Desgraciadamente no todos los artistas viven del arte ni todos los que viven del arte son artistas”. ¿Coincide?

–Es cierto. En la Argentina la mayoría de las escritoras y escritores no vivimos de la literatura. Eso tiene sus cosas malas y sus cosas buenas. Lo malo es que de qué vivir te insume mucho tiempo. Lo bueno es que me conecto desde un lado de placer. Escribir es retirarme del mundo y no estar disponible; es una tiranía de la época estar disponible todo el tiempo. No estar disponible me produce un placer inmenso (risas). Dedicarme a algo tan pequeño y bello como estar buscando un adjetivo sigue siendo muy anticapitalista, en el sentido de que esto no me va a redituar en nada, pero esta tarea artesanal es lo que me hace bien y me permite reconocerme a mí misma.

–Las narrativas del “yo” están en crisis o se han agotado. Quizá sea un momento bisagra en el que no se sabe bien hacia dónde va la literatura, ¿no?

–Yo tengo la impresión de que algo de lo que decís es así… Lo que es difícil es conceptualizar… Al cuento “La despedida” primero le había dejado el encabezado de los mailes, pero después me pareció horrible. No es una cuestión de reproducir las tecnologías del presente, sino que es un problema formal. Por ejemplo: la velocidad a la que hoy ocurre todo. Yo diría que en ese sentido la literatura de Copi es súper contemporánea del presente porque capta algo del vértigo, de la velocidad. La música de la prosa se tiene que hacer eco de los sentimientos que está atravesando el personaje. Y ahí te guía el oído. El lenguaje a veces es problemático; a mí me gustan los autores con muchas subordinadas… Quizá la literatura se constituya como una zona de resistencia, donde el lenguaje tiene que cobrar otro espesor.

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