Salió
La iglesia ardiente
Eloy de la Iglesia atravesó el franquismo imponiendo su sello degenerado al cine español. Inventó un subgénero, “el quinqui”, donde se lucen los pequeños delincuentes y los marginales libidinosos. Acaba de salir Lejos de aquí, el libro de Eduardo Fuembuena que desnuda la ardiente relación entre el realizador y su actor fetiche, Luis Manzano, oportunidad para recordar al gran director, genio del escándalo.

Más de una veintena de títulos recorren la filmografía de Eloy de la Iglesia, primer cineasta español abiertamente gay de la Transición española con los riesgos que eso suponía ante la vigencia de la ley franquista de Peligrosidad Social, que castigaba a cualquier persona sospechada de no ser heterosexual. Víctima de la censura y personaje fundamental en el destape entre la década del 60 y el 2013, a tres años de dejar su vida en un frío quirófano, Eloy filmó cuanto pudo sobre sus mayores obsesiones: bisexualidad, homosexualidad, prostitución, zoofilia e incesto en obras como Los placeres ocultos, El diputado, La criatura o Juego de amor prohibido. Pero a partir de la década del 80, en medio del furor de la inseguridad en la capital española y como reflejo y provocación de lo que se vivía en las calles, descubre lo que será el sello definitivo de su cine, a su actor fetiche –de quien estuvo enamoradísimo hasta el colmo de los celos– y a la palabra que lo acompañará por el resto de sus días en la pantalla grande: el cine quinqui. Apareció en su vida la belleza lumpen del joven y escultural José Luis Manzano: “la muñequita ortopédica”, como lo apodó a causa de un corsé que utilizaba por un accidente de trabajo. 

Cuentan las buenas lenguas que Eloy conoció a Manzano, 500 pesetas mediante, en los billares del centro de Madrid sobre la calle Victoria, zona lumpen por excelencia de fines de la década del 70, muy cercana al popularísimo cine gay Carretas. Enseguida  Manzano se mudó a la casa de Eloy para luego protagonizar cinco de sus películas más recordadas, además de compartir los años más turbulentos a su lado como su protegido, marcados por la convivencia con las drogas duras y una cantidad de vínculos tóxicos y destructivos, tal como lo relata entre el cine, la historia y la ficción el completísimo libro Lejos de aquí, de Eduardo Fuembuena. Publicado en junio de 2017 por Uno Editorial, y ampliado y relanzado hace pocas semanas luego de agotar la primera edición del libro, en la Península Ibérica, a 25 años de la muerte de Manzano. Equilibrando el rigor histórico de un especialista en cine con ojo obsesivo y la voz sensible de un autor fanatizado con un amor de película, las 814 páginas analizan la España del período 1977-1992 a través de las vivencias de la dupla poderosa De la Iglesia-Manzano. Plasmando sobre el papel datos e información reveladora sobre las condiciones en las que fueron realizadas sus obras más importantes y escandalosas, e incluso acerca de proyectos que lamentablemente se evaporaron en el aire sin que sepamos de su posible existencia, hasta hoy. 

“Cuando volví a ver El pico comencé a preguntarme quién era el actor vulnerable que caminaba como James Dean y tenía la mirada triste de un Brad Davis. Y me dejé fascinar. Por entonces, de José Luis Manzano solo había mentiras en la red y prácticamente nada reseñable publicado o lo suficientemente extenso”, contó hace poco cuando presentó su extenso libro. Lejos de aquí, título que rememora la canción compuesta e interpretada por Antonio Flores en una de las escenas más felices de la película Colegas, desnuda hasta los huesos la personalidad secreta del director y su actor favorito. Sin medias tintas ni eufemismos. Eduardo Fuembuena visitó semanalmente a la madre de Manzano en su casa de Vallecas al mismo tiempo que se reunía con la familia De la Iglesia y entrevistaba a toda persona que formó parte de sus vidas profesionales y personales. “Han sido siete años de trabajo durante los que he recopilado más de trescientos testimonios directos, además de llevar a cabo una exhaustiva labor de investigación y consulta de las fuentes documentales y audiovisuales disponibles”, explica el autor que mejor comprendió a este par de marginales.

FEOS, SUCIOS Y TRASH

Manzano, tal como los personajes que encarnaba,no asistió a la escuela, estuvo preso, trabajó desde niño y murió de sobredosis en un departamento del propio Eloy a los 30 años tal como había sucedido en el primer film juntos, Navajeros, que inuagura su filmografía quinqui. Allí la ficción revivía un auténtico mito de la marginalidad de la época: José Sánchez Frutos, más conocido como el “Jaro”, a quien sin experiencia actoral Manzano le otorgó una vitalidad furiosa como joven delincuente, protegido por una prostituta orgullosa de su profesión y portando los pantalones más ajustados de la historia del cine, presumiendo un prominente bulto que Eloy no tardó ni 6 minutos en desnudar frente a la pantalla. Usando la lengua quinqui por excelencia, el Jaro se reconoce como de “quince años, pero con más rabo que la pantera rosa”, mientras comete los crímenes más impunes transitando mundos plagados de maricas desafiantes, transformistas barbudas y putas empoderadas y antiautoritarias que denuncian a la policía española por su homofobia criminal, todo en medio de melodías pop ochentosas como las de Los Chichos, Burning o Los Chunguitos y los aspectos más histriónicos de la pública sexualidad de su director, reflejada en un sinfín de personajes secundarios que llevan su pluma como estirpe de la estética feísta y trash, entre cuerpos esbeltos semidesnudos y peleas coreografiadas con aires de videoclip camp, dignas de la Batman del 66 pero con menos spandex y sin caretas. 

El cine quinqui de Eloy con Manzano, no ajeno a los escándalos, fue en general bien recibido por la turbulencia cultural madrileña, aunque mirado de reojo y despreciado por cierto sector de las “finas mentes” de la crítica. Pero el verdadero salto a la fama llegó con el éxito de taquilla de El Pico y su secuela, El Pico II de 1984, un año posterior a la primera. A diferencia de las anteriores, aquí la historia adopta un tono sórdido en una Bilbao casi apocalíptica con el objetivo de retratar el devastador ingreso de la heroína a España y los estragos brutales que dejó en la juventud, algo que tanto Eloy como Manzano, en este caso con un desenlace fatal, conocieron de primera mano. En tono de melodrama, El Pico relata la estrecha relación entre dos amigos, uno hijo de la Guardia Civil Española y otro de un político de la izquierda vasca, y su viaje feroz junto a la heroína y el submundo que la rodea, en donde todos los personajes salen perdiendo menos Mikel, un escultor orgullosamente homosexual interpretado por Enrique San Francisco –otro actor fetiche de Eloy– que acompaña cariñosa y económicamente a Paco, el personaje encarnado por Manzano, entre esculturas, orgías y paseos por el parque, casi como un acto de amor propio y auto homenaje de su director dentro y fuera de la pantalla. Junto al éxito y las críticas provenientes de todos los bandos llegó El Pico II, secuela que retoma el mismo tono de la precuela pero ahora tras las rejas: el retrato de la vida en la cárcel y la sexualidad del otro lado de los muros, habitados por jóvenes delincuentes excitados, maricas pobres y la adorable travesti andrógina “La Tronco”, que completa una familia de lo más queer dentro de la celda junto a Paco, el Pirri y el Lehenda, conviviendo entre la violencia cotidiana, las fantasías libertarias, la homofobia propia y ajena y los abusos sangrientos en un ambiente muy alejado de cualquier círculo lgbt confortable y glamoroso.

TAXI PARA DOS

Eloy, dos años antes de la secuela de su gran hit, había causado revuelo con Colegas, una película que propone un combo de incomodidades para el espectador y crítico que se escandaliza fácil. “El escándalo está más en los receptores que en los emisores. Los temas de mis películas a mí no me escandalizan. Si les escandalizan a otros es asunto suyo”, declaró días después de su estreno allá por 1982. Con su inseparable Manzano a la cabeza, Colegas podría leerse como la semilla trash que cinco años después posibilitó el nacimiento de la rosada Dirty Dancing: sin bailes ni batidos en el pelo, un par de amigos buscan distintas estrategias con el objetivo de conseguir 25.000 pesetas para que la novia de uno de ellos, interpretada por una joven Rosario Flores, pueda practicarse un aborto antes de que sus padres noten la hinchazón de su terso abdomen. Impulsados por la desesperación, pero entrampados por la inexperiencia, José y Antonio ofrecen prostituirse en un sauna, pero su falta de talento como taxi boys los deja secos aunque la cámara se transpire todo. Un robo torpe y fallido con arma blanca alimenta el tono cómico de esta dupla de marginados inocentes que buscan soluciones sin prejuicios ni éxito. La colección de fracasos los lleva a tomar un curso acelerado para convertirse en mulos, donde deberán aprender a transformar sus culos en amplias bauleras. En cada aventura que viven estos amigos Eloy no pierde oportunidad de encerrar la carne en el plano, sea al aire libre o debajo de la frazada, estén nadando desnudos en una pileta o jugando al Pac-Man en un local de videojuegos de mala muerte. La amistad ficcional que se retrata Colegas es una extensión del vínculo que tiene el director y sus actores en la vida real, y la relación que cada uno de ellos elabora con ese mundo callejero tan áspero. 

“Los problemas de las minorías marginales son los mismos que los de la sociedad en general, pero como una caricatura desgarrada de ellos. Desde este desgarro, las minorías marginadas viven los mismos problemas que el resto de la gente, pero que estos no se atreven a evidenciar”, no se cansa de decir Eloy. Colegas parte de la misión de alcanzar un aborto y culmina, sin escalas, en el tráfico de bebés. Eloy no se priva de nada, pero a diferencia de otras de sus películas, en esta ocasión le baja el volumen al discurso hablado para empoderar el gesto: las acciones por sobre los diálogos. Los cuerpos por sobre las palabras. 

Con La estanquera de Vallecas (1987), una adaptación de la comedia teatral de Alonso de Santos, llegó la última película que filmó con su luz y su sombra, José Luis Manzano. Su actor fetiche se despedía así, con un atraco a una tabaquería en el madrileño barrio de Vallecas, entre rehenes y tensiones con su compañero de odiseas delictivas, del cine y de la vida, aunque en el caso de Manzano eran lo mismo. Eloy de la Iglesia tardó 17 años en volver a hacer una película, tal vez porque le era imposible pensar el plano si no lo ocupaba la cara redonda y los rulos salvajes de Manzano. Aquella época fue la de mayor cercanía con la heroína, motivo al que el director le atribuyó su imposibilidad de filmar durante tantos años. “Mi adicción a la droga es poca cosa comparada con mi adicción al cine”, dijo en 1996 cuando en un Festival de Cine de San Sebastián le rindieron un homenaje. Sonrojado por el reconocimiento, pero triste y conflictuado por no poder presentar en aquel festival una obra nueva, temeroso de haberse convertido en un recuerdo en vida: “Me gustaría que más que un acto de valor sobre el pasado tuviera una cierta incidencia sobre el presente. No me interesa un recuerdo biográfico, sino una presencia filmográfica”, explicó con dolor. El final de la historia es bastante feliz: con mucho esfuerzo, y producida por colegas y amigos, en 2003 estrenó otra vez una película. Su última película. Los novios búlgaros, su largometraje más sofisticado y exquisito a nivel visual. Basado en la novela de Eduardo Mendicutti, traza el calvario que siente un abogado gay de buena posición al sufrir por amor cuando se enamora ciegamente de Kyril, un chongo extranjero, sin escrúpulos, que encuentra en Daniel, el alma en pena, una fuente de dinero para llevar adelante negocios turbios con la mafia, arrastrando a su amante conveniente a que infrinja la ley en nombre del amor que en él despierta y enciende hasta convertirlo en cenizas. “Tú sabes que daría mi vida por ti, ¿no?”, le dice Daniel a Kyril. “Yo también daría tu vida por mí”, retruca el joven búlgaro con la impunidad de quien sabe que el otro lo ama más a él que a sí mismo. “Con estos chicos se pueden comprar muchos centímetros de polla, pero muy pocos segundos de amor”, le dice un amigo a Daniel tratándole de abrir los ojos, pero las cartas ya están echadas y el sufrimiento amoroso que el personaje padece es aún más peligroso que las matufias en que lo mete Kyril. Eloy de la Iglesia filmó su primera película a los 22 años y cerró su carrera con su largometraje 22: fue toda una locura. Con ese número capicúa se reencontró por fin con su gran amor, José Luis Manzano. En la vida y en la muerte. En la salud y en la enfermedad.