ITALIA: La isla de Lampedusa
Esencia mediterránea
Tierra de pescadores y de encanto siciliano, aquí se encuentran algunos de los parajes más bellos del último extremo insular italiano. Fuera de las crónicas sobre la tragedia migrante que dan la vuelta al mundo, es un paraíso intacto de aguas turquesas donde parece resonar el eco de homéricas sirenas.
La Isla de los Conejos, considerada entre las más bellas playas del mundo.La Isla de los Conejos, considerada entre las más bellas playas del mundo.La Isla de los Conejos, considerada entre las más bellas playas del mundo.La Isla de los Conejos, considerada entre las más bellas playas del mundo.La Isla de los Conejos, considerada entre las más bellas playas del mundo.
La Isla de los Conejos, considerada entre las más bellas playas del mundo. 
Imagen: Graciela Cutuli

Es apenas una gota en el mar. Una gota rocosa en pleno Mediterráneo, en un punto más cercano a Túnez que a Sicilia, la isla madre de que la que depende administrativamente junto a la aún más pequeña Linosa. Hasta hace algunos años, solo les sonaba a los lectores de El Gatopardo, la magistral novela Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que resumió en la máxima “que todo cambie, para que todo siga igual” el cinismo de los nobles del antiguo régimen italiano ante la llegada de la revolución. Para los demás era un secreto de lujo, destino agreste del turismo cinco estrellas y de las celebridades que la eligieron para construirse sus mansiones-refugio: una perla perdida en el mar, cuya costa se recorta en parte en acantilados y ásperos farallones, y en parte se transforma en plácidas calas o playas. Una de ellas es la Isla de los Conejos, votada una y otra vez como la playa más bella del mundo.

Graciela Cutuli
La Puerta de Europa recuerda la posición estratégica de la isla en el Mediterráneo.

LA ISLA MIGRANTE El motivo de la triste celebridad moderna de Lampedusa no es su belleza geográfica ni su encanto de sirena capaz de hacer sucumbir con su canto al viajero más experimentado: es la llegada constante de inmigrantes que escapan de África, Medio Oriente y regiones aún más remotas arriesgando la vida en embarcaciones precarias que no son más que cáscaras de nuez en el mar. Cada año miles de ellos hacen del Mediterráneo su tumba. El cementerio de Lampedusa es testigo: allí están, siempre con algunas flores frescas posadas por manos compasivas, las lápidas sin nombre de los migrantes desconocidos recuperados en los bordes del paraíso. Allí yacen también las embarcaciones de madera abandonadas en el pequeño puerto, fantasmas concretos de las investigaciones judiciales que se pierden en la maraña de un próspero y poderoso tráfico humano. No muy lejos, el colectivo Porto M –integrado por Francesca del Volgo, Annalisa D'Ancona, Giacomo Sferlazzo– creó un museo con los objetos rescatados de aquellos barcos. Algún Corán, ropa ya inútil, fotos de familia, comida que nunca llegó a destino. Más acá, en la calle principal del centro mínimo de la isla, el Archivio Storico Lampedusa –una ONG comandada por Antonino Taranto, que lucha por recuperar la memoria local– recuerda también momentos recientes, como las proyecciones de cine con que sorprendieron, tras un arduo trabajo para descubrir cuál era su idioma, a algunos adolescentes refugiados en el centro de migrantes.

Y no es que se trate de un fenómeno nuevo. A lo largo de los siglos, Lampedusa supo de todos los cruces posibles de culturas y aprendió a convivir con todas ellas: árabes y normandos fueron solo algunos; en tiempos más recientes fueron los bombardeos de Khadafi contra la base estadounidense en la isla el episodio que dio vuelta el panorama y empezó a transformar hacia el turismo una vida basada hasta entonces basada solamente en la pesca. Dos películas de Emmanuele Crialese –Respiro y Terraferma, filmada en la vecina Linosa– dan cuenta de que esa vida de pescadores aún existe y convive con la realidad de la migración. Filippo Pucillo, el niño pescador de Respiro, trabaja todavía en verano en un balneario de las playas de la isla. Su hermano menor, Samuele, protagonizó el documental Fuocoammaro, ganador del Oso de Oro en Berlín.

Graciela Cutuli
A pesar de los arribos turísticos veraniegos, Lampedusa conservó alma de pueblo pesquero.

VUELTA ISLEÑA Y sin embargo Lampedusa se niega a vivir al ritmo de la tragedia: hay demasiado sol y demasiada belleza en una superficie tan pequeña. Llegar no es difícil: Alitalia asegura conexiones desde Palermo todo el año, mientras en verano se multiplican los vuelos chárter desde las capitales del norte de Europa. Desde el aeropuerto se puede ir al centro a pie o bien contratar los servicios de Carmelo, que oficia de taxi, remise y guía turístico. Todo en uno y la mejor manera de dar la vuelta a la isla, porque al paseo por playas secretas se suman los recuerdos personales de un lampedusano auténtico. 

Él puede contar que la provisión de agua potable depende de las naves cisterna; que cuando hay viento se corta la esencial conexión en ferry con Sicilia; que ya no nacen niños en Lampedusa porque no hay dónde; que para hacer cualquier trámite hay que ir hasta Agrigento. También puede mostrar la tumba de sus abuelos en el cementerio local, y la cueva donde hace siglos vivía un eremita, que ya en aquellos tiempos tenía de un lado una cruz cristiana; del otro una medialuna islámica. Cuestiones de supervivencia o de oportunismo, según el cristal con que se mire. Más tierra adentro están las casitas de campo donde los enamorados facevano la fuitina, escapadas amorosas al reparo de las malas lenguas. En el camino también se puede parar a visitar la Puerta de Europa, un monumento a orillas del mar que recuerda la ubicación estratégica de Lampedusa, ansiada tierra prometida para muchos, y punto final de toda esperanza para otros tantos.

Pero además de los nativos como Carmelo también hay otros habitantes, los adoptivos. Silvio Berlusconi fue uno de los más famosos, dueño de una lujosa residencia en Cala Francese, que no está muy claro si pisó alguna vez, pero que se muestra entre los hitos turísticos a todo curioso recién llegado. Sin embargo el más recordado y querido fue Domenico Modugno, la voz de “Nel blu, dipinto di blu”, que había nacido en Polignano a Mare –otra espléndida localidad italiana, sobre la costa adriática de Puglia– y tenía su casa con vista a la Playa de los Conejos. Carmelo sabe, claro, que el lugar se llama así porque abundaban los conejos en tiempos de su infancia: hoy, la presencia turística los hace más difícil de ver. Los lugareños mientras tanto aún recuerdan a Modugno como un vecino más tomando café en Via Roma, la calle principal de la isla, un puñado de cuadras que desemboca en el puerto y se llena de vida al atardecer cuando los visitantes reponen fuerzas en las trattorie o compran recuerdos que invariablemente lucen una tortuga marina y el espléndido azul turquesa que identifica a Lampedusa.

Graciela Cutuli
Acantilados y farallones recortan la costa de la pequeña Lampedusa, al sur de Sicilia.

EN EL MAR Pero la isla es isla y está rodeada de Mediterráneo. Sería perderse su alma quedarse solo a pie  y no conocer la perspectiva que pudieron haber tenido los marineros de Ulises: por eso vale la pena contactar a los navegantes que, como Enzo Natoli, salen con sus lanchas y barcos para pasar el día embarcados alrededor de Lampedusa. Todos los hoteles saben quiénes son; si no, alcanza con ir hasta el puerto y preguntar. Se sale a media mañana y se podrán volver a ver, con otra perspectiva, Cala Francesa, Cala Pisana, Il Faraglione, la Isola dei Conigli. Una pequeña vuelta al mundo mediterráneo en un puñado de horas. En un italiano matizado de palabras sicilianas irremplazables, Enzo puede mostrar el punto exacto donde hay una Madonna sumergida, puede explicar que son las algas las que dan a las aguas ese color único que vira del verde al azul y el turquesa, y puede preparar a bordo un almuerzo de frutos de mar acompañado con vino que quedará para siempre en la memoria del viajero. Después de desembarcar nuevamente, al atardecer, la puesta de sol espera en el puerto. Un poco más allá las playas, de nuevo, si se puede prolongar la estadía. Y más allá todavía, tan lejos y tan cerca, las orillas de otro Mediterráneo y otro mundo.

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