Homenajes: Mezo Bigarrena
Poética del fracaso
Fue uno de esos personajes intensos, vagabundos y talentosos que también están agobiados por la melancolía, la amargura y la autodestrucción. Una mezcla que es material de mitos. Juan Carlos Baglietto popularizó su tema “En este barrio”, pero pocos recuerdan a Mezo Bigarrena, que se suicidó en Buenos Aires hace exactamente 25 años. Nacido en el País Vasco, fue un nómade global que pasó tiempo en Londres, en Brasil y los últimos años en el Río de la Plata. Grabó dos discos hoy inconseguibles, Viaje de vida (1990) y el post mortem Avión (1993). Joaquín Sabina, su amigo de juventud, le dedicó canciones. También Adrián Abonizio, que lo recuerda en esta nota, como lo hace Pedro Conde, uno de sus más importantes difusores, o Hugo Fattoruso, quien lo consideraba un genio.
Imagen: Mario Marotta

Hace 25 años caminaba por la calle Defensa de San Telmo con una soga en la mano. Cuando alguien le preguntó qué era esa soga, interrumpió su paso  y respondió con una sonrisa: “Es la soga con la que me voy a colgar”. Entró en la pringosa y mínima pizzería al paso Pirilo y compró casi sin detenerse, como si fuera una golosina, una porción de muzzarela. A los pocos días apareció colgado de un palo borracho en los bosques de Palermo para pulverizar la sentencia popular con veleidades psicologistas que dice que los suicidas no avisan.

Todo fue parte de un plan: “El día del loco nací y el día del loco voy a morir”, le había dicho a Lucy, mujer de Pepe Sellés, uno de los amigos que lo cobijó en la etapa final en el galpón del fondo de su casa, en San Martín, provincia de Buenos Aires. El “loco” es el 22 en la jerga de la quiniela: Mezo Bigarrena nació el 22 de julio de 1951 en Algorta, a 16 kilómetros de Bilbao, en el País Vasco, y murió el 22 de enero de 1993 en Buenos Aires. 

Gente que se suicida hay mucha; gente capaz de escribir canciones como “En este barrio” o “Fauna que hay por ahí”, no. Su vida urgente se desliza entre un anecdotario exuberante, siempre atrapado en un personaje pendenciero e incómodo. Dejó un tendal de amigos  en Brasil, Uruguay y Argentina que aún hoy lo recuerdan con reverencia y ternura. “Era un genio, muy inteligente, un hombre de mundo que hablaba mil idiomas y que podía vivir en la calle, en la selva o en un palacio”, manda mail Hugo Fattoruso. Todos van en esa sintonía. Otro uruguayo, Jorge Nasser, ex periodista de El Expreso Imaginario y ex líder de la banda Níquel, destaca: “Iba a contramano de la corrección política. Tenía algo que también palpé en Luca Prodan. .. Pero lo más importante son sus canciones: buenísimas.” “Tenía un talento increíble”, completa Rodolfo García. “Componía mucho y bien. Era además muy culto: hablaba con consistencia de política, de arte, de religión. Tuvo oportunidades de hacer conocer su música a nivel masivo como cantante pero su carácter tan especial conspiró contra esa posibilidad.” Todos los testimonios a Radar sugieren el tono melancólico de lo que pudo haber sido y no fue.

La potencia y riqueza de su temperamento ha tapado su breve obra, agrupada en dos discos inhallables, Viaje de vida (1990) y el post mortem Avión (1993). El lo quiso así. La música fue una extensión de una manera de ser que combinaba actitudes temerarias con un dolor existencial que solía camuflar bajo un humor corrosivo y en canciones. 

Cómo vivir mil veces

Cuando llegó a la Argentina tenía 34 años y ya había vivido mil vidas. Una tremenda cicatriz en su mejilla derecha subrayaba su perfil pirata. El surco fue producto de un accidente doméstico de niño pero él supo construir fabulosas mentiras alrededor de ese tajo. Se reía un poco de todo. En su casa natal tuvo su abandono, que seguramente lo marcó: los padres lo dejaron de muy pequeño al cuidado de su abuela para probar suerte en Venezuela. Pese a todo, siempre destacó la nobleza de su padre, un vasco también nómade y amante de la música que trabajaba en la construcción. A él le dedicó la canción “José Albañil” (empezaba: “Saltando de andamio en andamio, se pasa la vida José/ Ladrillo a ladrillo se gana la vida,/ la muerte no sé”). En esa infancia destemplada aprendió los primeros rudimentos musicales y configuró su personalidad peregrina: en un mapa dibujó una ruta a través de puntuales ciudades de todo el mundo. Como quien está predestinado, de adulto cumplió exactamente el itinerario diseñado de chico, que abarcó parte de Europa y de Sudamérica. Algunos de estos detalles inverosímiles se cuentan en una serie de documentales titulada Vascos por el mundo, que dirigió Eliseo Alvarez. Antes de vivir y morir en América del Sur, anduvo por Suecia, Francia e Inglaterra. 

En la Londres de mediados de los 70 de los punks y la heroína se dijo que fue compañero okupa de Sid Vicious. El dato es incomprobable, pero como la del origen de su cicatriz dejó correr el rumor que engrosaba su escaldada piel de duro. Sí anduvo en esos años de andanzas con un andaluz que solía transportar una valija llena de libros: Joaquín Sabina. Eran dos rockeros provincianos estupefactos por la tremenda movida londinense, dos machos alfa que se comían los vientos y que competían por ver quién lograba la mejor canción y las mejores piernas. Cuando murió, Sabina le dedicó una de sus canciones más conmovedoras, que incluyó en dos discos distintos con título y rítmicas cambiadas: “Flores  en su entierro” (Enemigos íntimos, con Fito Páez, 1998) y “Flores en la tumba de un vasquito” (Diario de un peatón, 2003): “Excepto las de la imaginación / Había perdido todas las batallas/ Un domingo sin fútbol nos contó/ Vencido, que tiraba la toalla/ Y nadie lo creyó”.

El periplo latinoamericano contempló una estadía en Caracas –donde llegó a trabajar de periodista–, Brasil, Uruguay y Argentina. En Brasil hizo de todo: desde coros en el disco Chico Buarque en español –conocía a Daniel Viglietti, el encargado de adaptar las canciones del carioca al castellano– hasta cambiar cruzeiros por pesos en la playa de Canasvieiras de Florianópolis. Allí lo cruzó el productor Elio Barbeito, dueño del sello discográfico Barca y uno de los primeros managers de Jaime Roos en la Argentina. “Estaba con una camiseta de la selección de  Brasil, una riñonera llena de billetes, gritando ‘¡cambio, cambio!’”, recuerda Barbeito. “Terminamos tomando cerveza en un barcito. Me presentó a un negro inmenso que estaba con él como ‘uno de los guardaespaldas del Che Guevara’. Me contó que había estado en Cuba para reconstruir su mano izquierda, que se la había destruido con una prensa. Después intercambiamos camisetas: yo le di mi remera y él me dio la casaca de Brasil. Todavía la guardo.”

Su vínculo con Uruguay fue tan intenso como en el que tuvo con la Argentina. Además de los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, se hizo amigo de Ricardo Nolé, de Ruben Rada, de Beto Satragni, de Jaime Roos, del fotógrafo Mario Marotta. Precisamente Marotta –íntimo de Roos, quien le dedicó el tema “Postales para Mario”– aporta la hermosa toma en blanco y negro que ilustra estas páginas. Inédita, es parte de la serie de fotos del disco debut. En Viaje de vida, Bigarrena tiene colgada una máscara antigás y sostiene una calavera con su mano derecha, una imagen callejera y shakespereana de comic que describe en parte su visión apocalíptica de ese aciago fin de los 80. Un ser o no ser atravesado por la cocaína, el SIDA y la caída del Muro.

Mezo Bigarrena caminó la superficie de un triángulo festivo –y al mismo tiempo impregnado por la nostalgia de los adioses de los puertos– integrado por Montevideo, Rosario y Buenos Aires. En cada sitio se conectaba con lo mejor de cada casa. En Buenos Aires conoció a Luca y a los Redonditos y se hizo muy amigo de Pedro Conde, un cantautor que fue revelación en el BA Rock ‘82 y que había grabado con Edelmiro Molinari y Skay. “Prácticamente me adoptó”, dice Conde, tal vez el más tenaz difusor de la obra de Mezo. “Anduvimos mucho por aquí, también por el sur de Chile, por Montevideo. Tenía una certeza vasca. Te miraba, sacaba la ficha de tu alma y te la devolvía como un tortazo de película antigua”.

En Rosario hizo amistad con Adrián Abonizio,  Juan Carlos Baglietto, Sartén Asaresi. “Le gustaba Rosario”, dice Abonizio. “Le fascinaba que fuera la ciudad donde nació el Che Guevara. Cuando me enteré de que se había matado fue terrible. Se cansó de avisar... Yo le decía: ‘Dejate de joder, Vasco, con esa soguita’. Me quedó la sensación de que podríamos haber hecho algo.” Abonizio compuso tiempo después, un tema que permanece inédito, “Milonga vasca”: “Tiranía del suicida/ El último salva a nadie/ Fundaste un Club del Olvido/ Y ahora sos inolvidable”.

Un cielo de adoquines

Baglietto le grabó “En este barrio” y el tema que le dedicó a Rosario, “Adoquines en tu cielo”.  El primero cruza el sentimiento de pertenencia tanguera que galvanizó Anibal Troilo en su célebre poema “Nocturno de mi barrio” (“si siempre estoy llegando...”), para concluir: “Ya me cansé de mi barrio y mi casa”.  Eran años en que empezaba a formatearse el llamado rock chabón y la barra de la esquina de la cerveza y el porro adquiría una relevancia inédita para la tradición más estilizada del rock argentino. La canción es una aguafuerte extraordinaria sobre arquetipos como el traficante, el maricón, el que planea robar un banco, el que sueña con los Estados Unidos. Integró el disco debut, que grabó a fines de 1987 para la EMI. Fue su pasaporte, su modesto hit. Trabajar en una multinacional, sin embargo, entraba en colisión con su pensamiento. De alguna manera, boicoteó la difusión del material. En la Rock & Pop se podía escuchar su tonada castiza diciendo, como extraña y anarca forma de publicidad del disco: “Si no puedes comprarlo, róbalo”. La compañía demoró en editarlo; cuando lo hizo el país ardía en la hiperinflación. Entre una lista sábana de dedicatorias, destaca: “A la memoria de Luca Prodan, de Miguel Abuelo, de Chico Mendes (ecologista y siringueiro) y de Raúl Sendic”. Una panorámica de sus intereses y de la época.

Grabó otro disco, esta vez para la Sony. No llegó a verlo en la calle. Su carácter se había agriado, sus comentarios se escuchaban cada vez más corrosivos, más virulentos. Decía que la vida era una mierda, y cuando un amigo osaba contradecirlo se plantaba: “Justifícamelo. Justica por qué hay que vivir”. “Su carácter se había vuelto deplorable. Siempre fue complicado: le gustaba probar a la gente, hasta dónde podía aguantar. Pero los últimos meses se agravó todo”, recuerda Abonizio.

Dejó un proyecto musical sobre los 500 años de la conquista de América que incluía a Sabina, a Claudio Cardone, a Baglietto y a Abonizio. Era buen dinero para todos, pero él exigió más. Saboteaba cualquier posibilidad de progreso. Los caminos se volvían callejones sin salida. El segundo disco que había grabado se titulaba Avión, pero a nadie parecían interesarle esas canciones que, nuevamente, mostraban lucidez crítica y sarcasmo. 

Apareció muerto, colgado, el día del loco, en enero de 1993. Nadie supo advertir que sus paseos con la soga eran una forma desesperada de pedir ayuda; nadie ya confiaba en ese rostro pirata. No sé transformó en un cadáver exquisito, no hay remeras con su rostro ni reediciones, no tiene suplementos especiales en revistas. Apenas quedan algunas canciones, el recuerdo de amigos, notas periodísticas aisladas. La compañía discográfica que lo había ignorado olímpicamente apostó a la leyenda. Meses después de la muerte, editó el disco. A un canalla se le ocurrió de qué manera ilustrar la portada: la tapa de Avión aparece dominada por el dibujo de un árbol. El gesto macabro, una postal del capitalismo, fue vano. El disco post mortem no vendió nada. Tal vez a Mezo Bigarrena –un canalla, pero de los nobles–  no le hubiera disgustado ese fracaso.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ