Braian Toledo
“Mis sueños antes eran comerme un helado, una milanesa o una pizza; cuando sos chico no tenés en claro qué es lo que te falta”
Desde su natal Marcos Paz, el atleta que desafía a la elite con una jabalina cuenta su historia de carencias y sacrificios, al mismo tiempo que confiesa que está tratando de aprender a disfrutar.
Imagen: Carlos Sarraf

Va con el vehículo cargado, frena en la puerta de una desvencijada casa de machimbre y golpea las manos. Sale una señora. Él se presenta tímidamente. Le dice que si ella no se ofende, quiere dejarle una bolsa de mercadería, que le va a venir bien con lo que aumentaron los precios, que es de onda, así, simple. “Mi familia hubiera necesitado esto”, piensa. Uno le saca la ficha y le pide una foto. Es a lo único que se niega, porque prefiere que nadie se entere. Se lleva un par de abrazos incrédulos y unas sonrisas. Toma la calle de nuevo y mira a ver cuál de las casas parece necesitar esa ayuda. Va por la próxima. 

“¿Cómo te enteraste?”, dice, sonrojado, Braian Toledo, el lanzador de jabalina que encarna buena parte de las esperanzas argentinas en el atletismo de cara a los próximos dos o tres Juegos Olímpicos. Al final, no le queda otra que blanquear que junta un porcentaje fijo de las ganancias que le dan sus auspiciantes (Adidas, Gatorade, Weber y Provincia Seguros), compra productos y los regala en casas de familia y hogares, casi al azar. Lo mismo hace cuando le consiguen zapatillas de atletismo, que son caras para los pibes que recién empiezan. El hombre que lanza al infinito mira a su historia todo el tiempo. Se ve en los ojos de los que necesitan. Se acuerda de lo que le pasaba hace poco. Sus cicatrices invisibles no se disimulan.

Braian creció en una casilla de madera sin agua corriente. Su padre lo abandonó tres veces y, aunque no tiene recuerdos con él, lo nombra sin problemas. Una noche encontró a su mamá llorando desconsolada y logró arrancarle con dureza la frase que lo acompañaría durante el resto de su vida: “No sé qué voy a darles de comer mañana”. Se propuso poner todo por ella. Pasó noches en vela haciendo la tarea de sus compañeros de clase, que le pagaban 25 centavos con los que compraba el pan del día siguiente. Traía tachos de 20 litros de agua desde la única canilla del barrio. Vendía cobre. Y entrenaba. Siempre entrenaba. Cuando la cosa mejoró un poco gracias a la jabalina, consiguió unos pesos para construirle una casita a la familia. Como no llegaba a pagar un albañil, la hizo con sus propias manos. Mientras tanto, se convirtió en un atleta de elite. Un par de años después, vive largos meses de entrenamiento en Finlandia, con el mejor técnico de su deporte del mundo, Kari Ihalainen. Al mismo tiempo, estudia a distancia Marketing y Publicidad Digital en la universidad. En Marcos Paz, a pocas cuadras de la precaria vivienda donde empezó todo, Braian dice que después de tirar de su familia y de sus pocas oportunidades hasta llegar a lo más alto, su nueva tarea es aprender a disfrutar. No sabía cómo hacerlo. 

-¿Tu origen es tu combustible a la hora de entrenar?

-Sí. Es la esencia de la casa y de los recuerdos que llevo conmigo. Son cosas que pasan desapercibidas, porque la gente vive acelerada y no se frena a pensar en eso. No viven el hoy, el momento. Porque capaz que las cosas no te salen bien, pero si tenés salud y vas para adelante, tenés que darle valor a eso. Y eso es lo que estoy haciendo en esta etapa de mi entrenamiento. Cuando estoy en Finlandia, tengo que poner todo a la hora de entrenar, pero cuando corto, la cabeza se tiene que liberar. Eso me dicen allá. Y ahora, que estoy acá, quiero estar acá en casa y disfrutar de mis hermanos y de mis primos. Antes, por ahí, volvía y me contaban del cumpleaños de Mari, mi prima. Y yo nunca estaba, porque le daba importancia sólo al entrenamiento. Me cuestioné eso. ¿Por qué no me saqué dos o tres horas al entrenamiento y al descanso si esa felicidad después me paga igual en la pista? Son cambios que uno hace cuando va creciendo.

-¿Te impusiste desconectar?

-Estuve diez o doce años sin desconectarme. Me preguntás qué hice hasta los 21 o 22 años, y sólo te puedo decir que entrenaba y dormía. Vivía todo el tiempo igual. En el medio, perdí amigos, perdí relaciones, perdí compañeros de la escuela y perdí otra cosas. Hoy aprendí a disfrutar. No es que voy a un cumpleaños y vuelco. Sigo pendiente de mi cuerpo siempre. Lo disfruto, pero profesionalmente. Trabajo con mi cuerpo y tengo que cuidarme, pero esa gotita de felicidad te la dan los seres queridos, los que siempre te apoyaron. Porque cuando te va bien están todos y cuando te va mal desaparecen y queda la familia. Para ellos siempre sos el mejor. Yo les digo la verdad. ‘Mirá mamá, no soy el mejor, porque voy a Finlandia y me ganan todos’. Pero para ella o para mis primos, yo siempre gano y siempre soy el mejor. 

-Parece que no te permitías disfrutar...

-Es readaptarme. Ahora los estoy convenciendo de que vuelvan a invitarme a los cumpleaños, porque, claro, yo les había pedido que no me llamaran, que necesitaba descansar, que todo era mi entrenamiento. Y ahora se están acostumbrando a verme en esas reuniones. Me lo dicen con timidez. Ellos me regalan su tiempo y yo lo valoro mucho más que antes.

-¿Cómo se construye a un deportista de elite desde Marcos Paz?

-Hay que mantener la esencia, seguir siendo el mismo de siempre. También es cierto que hoy el barrio es otro. Antes, te podían llamar para jugar a la pelota o querías treparte a un árbol para sentirte un mono. Hoy, tal vez, los pibes en la esquina están haciendo otras cosas. El barrio cambió. Lo que puedo decir es que en mi casa siempre me enseñaron a pensar en el otro. Y viví con eso siempre. Incluso al punto de no querer hacerle mal a gente que me hacía mal. Y me hacía mal a mí mismo. Entonces, cambié un poco eso. Pero la esencia se tiene que mantener inalterable para ver la mejor versión de uno mismo. Hay que ser buena persona y tratar de salir adelante. Cuesta encontrar ejemplos que te muestren ese camino, pero los hay, están. Hay que aprender de los padres, incluso de sus errores, de sus cosas malas, porque eso te permite no repetirlos.

-Pero vos sabés que tu historia es una de mil. Hay un montón de pibes que arrancaron a tu lado en la vida y que fueron empujados a otros caminos, más terribles...

-Sí, lo sé y me duele. Porque, al final, es cuestión de oportunidades y de decisiones. A mí me salvó mi casa. Mi abuelo, el papá de mi papá, me decía: “Vos tenés que intentar ser el mejor en lo que te toque. Si sos dibujante, sé el mejor dibujante. O intentalo. Si sos barrendero, intentá ser el mejor barrendero y la cuadra te va a respetar por eso”. Mi mamá también. Me enseñó a tener respeto y a ser cordial. Ella se cargó al hombro una casa y una familia. Si ya es difícil ser mamá, imaginate ser mamá y papá. Doble trabajo. Ella tenía miedo de que yo descarrile, de que termine mal, porque era su primer hijo e íbamos aprendiendo juntos. Era estricta, Rosa, pero hoy se lo agradezco, porque si no lo hubiera sido, yo podría haber tenido otro final. Me salvó de muchas cosas.

-Alguna vez dijiste que “las mujeres tienen más huevos que los hombres” e incluso te referiste al machismo de la sociedad...

-Sí, lo vi en mi mamá. Lo veía en su actitud. Se iba a limpiar casas por 20 pesos para poder comprar una bolsa de pan y una leche para nosotros. Lo hacía en verano, en invierno, lloviera, tronara o cómo fuera. La he visto llegar toda mojada a mi casa y, en mi caso personal, eso nunca me pasó con mi viejo. Yo tomaba mate cocido y la miraba prepararse para ir a trabajar 10 o 12 horas. Volvía a las 10 de la noche. Lo que conseguía alcanzaba para comprar algo para el otro día y gracias. Comía poco y no nos decía nada, porque guardaba para nosotros. Entonces, sí, no tengo dudas que las mujeres tienen mucho más huevos que los hombres. Lo pienso y lo voy a pensar toda la vida. Eso está en mi hermana también, que si quiere tiene más huevos que yo. Las admiro.

-Se te escucha muy responsable y hasta relatás que tuviste que aprender a disfrutar. ¿Viene por la dureza de tu historia eso? ¿No te relajabas porque sentías que había que escapar de aquella infancia?

-Soy muy autoexigente. Hoy lo puedo ver más con mi entrenador finlandés. Si la cosa no sale, hay que relajarse un poco para que vuelva a fluir. Soy sumamente obsesivo. Ya lo acepté. Por ejemplo, a veces estoy entrenando y no encuentro el ritmo y no me va bien y me frustra toda la semana. Me va mal la vida si me va mal un entrenamiento. Lo que hago en el deporte me afecta todo mi día. En cambio, si entreno bien, estoy feliz y sonrío todo el día. Mi familia se da cuenta al instante. Ignacio, mi hermanito, es el más perceptivo en eso. Se da cuenta enseguida. Entonces, me dice: “Vamos a jugar a la Play”. Para que me distraiga si vengo mal. Es lindo tener un hermano, porque hacemos muchas cosas juntos. Jugamos a lo que sea o lavamos la bici. Eso es lo que yo quería que mi viejo hiciera conmigo cuando era chico, pero no lo tuve. Por eso, aunque no soy el padre, trato de estar en esas cosas. Cosas simples, como llevarlo al cine. Cosas que yo no tuve y es por eso que quiero revertir esa carencia con él.

-Siempre dijiste que lanzabas al infinito, casi como una cuestión de filosofía. ¿Seguís pensando eso?

-Yo creo que ahora lanzo más allá del infinito todavía, porque entendí muchas cosas que suman a la felicidad. Yo sé que vengo a entrenar dos horas, dos horas y media, y no existo para nadie. Pero, después, me desconecto. En casa no hablamos de deporte. Pedí que no me preguntaran más, para no sobrecargarme. Prefiero que le pregunten a mi hermana cómo va con el estudio o lo que sea, pero cuando llego, esto no se toca. Te lo decía, viví una década en la que competir fue como prender y apagar la luz. Si me preguntás, no me acuerdo de casi nada. No me acuerdo de los momentos ni de los podios, porque vivía en piloto automático. Ahora, trato de saborear cada instante. Las medallas te pueden quedar, porque yo se las doy a mi mamá, pero no las quiero ver. No me gustan. Ahora trato de quedarme con los momentos. 

-¿Qué harías si te encontraras por acá a un pibe como vos de chico?

-Le diría que venga a entrenar. Que piense cuál es su problema más grande y que empiece a entrenar para cambiar eso. En mi caso, fue para sacar a mi familia adelante, pero tal vez es un problema de algún familiar o una cuestión de personalidad o lo que sea. Que se ponga eso en la cabeza y no mire a otro lado. Mirá que no siempre fui el mejor, eh. Yo entrenaba con dos chicos: Matías Gómez, un chico de disco, que era el mejor; y Fede, mi mejor amigo, que era el segundo mejor. Y yo era el tercero, pero sabía qué quería. Ellos fueron dejando y yo seguí. Y acá estoy. No ser el mejor hoy, no significa que no puedas serlo mañana. Yo fui el tercero de tres pibitos de Marcos Paz. No era Braian en ese momento. Pero lo de afuera te engaña, porque es un envoltorio. A veces hay que ver qué tiene adentro cada pibe. Cuál es su historia. Si tiene hambre. Qué lo empuja. Tal vez lo ves flaquito, pero tiene una cosa adentro que lo empuja a cualquier lado y voltea a los grandotes. Yo creo que la gente de los barrios carenciados tiene eso. De acá salen los talentos. Se ve más en el fútbol y en el boxeo, porque ahí hay oportunidades económicas, pero los pibes se matan por salir. Hay mucho talento en Argentina. ¿Cuántos talentos debe haber muriendo sin saber que pueden correr fuerte o saltar alto?

-¿A qué le tenés miedo?

-Le tengo miedo a que le pase algo a mi familia mientras estoy en Finlandia. Encima, mi mamá tuvo algunos problemas de salud y cuando llamaba me decían que estaba todo bien, porque no te quieren preocupar, pero vos sabés que a veces no es tan así. Por eso, necesito que mi tiempo afuera valga la pena. No puedo desperdiciarlo. En el deporte no le tengo miedo a nada, porque sé que si hago lo que corresponde me va a ir bien. 

-¿Qué sueños te quedan por cumplir?

-Hoy mi sueño no es una marca. Quiero lanzar hasta los 40 años, porque estoy seguro que voy a extrañarlo muchísimo. Quiero copiar a Federer en eso. Y me gustaría dejar algo en la jabalina, para mi país y para los jóvenes. Que quede como una manera de hacer las cosas y que se irradie como un pulpo en más y más personas. Lo disfruto tanto ahora que quiero que cada día pase lento. Si mi entrenador dice que voy a tirar 90 metros, él sabe. Yo sólo tengo que entrenar. No me obsesionan las marcas. 

-¿Te imaginás enseñando?

-Tal vez en un futuro, después de los entrenamientos, podamos enseñarle a algunos chicos. Sin ningún fin de lucro, porque los chicos que vienen acá apenas si comen. Es una cuestión de agradecimiento al deporte, porque si no fuera por esto, yo seguiría en la casilla. Sería esa mi realidad hoy. Tal vez, a los 24 años hubiera intentado estudiar y no sé hasta qué punto hubiera podido seguir. Lo cierto es que ahora mi mamá pudo irse de vacaciones, algo que para nosotros era impensado. Ayer nos acordábamos con mi primo que mis sueños antes eran comerme un helado, una milanesa o una pizza. Qué loca es la vida, porque esos siguen siendo los sueños de muchos pibes. Cuando sos chico no tenés en claro qué es lo que te falta. 

-Vos llegaste a hacerle la tarea a tus compañeros para juntar unas monedas...

-Sí, sobre todo completaba las carpetas de dibujo de todos, por 5, 10 o 25 centavos. También los trabajos prácticos. Y yo compraba un kilo de pan cada 25 centavos. ¡Mirá si me habrá cambiado la vida! 

Carlos Sarraf

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