El regreso del Mono Díaz #3
El arte es como el bitcoin

a Mónica Sendra

Tiene un potencial expresivo inacabable. Cuando el Mono relata algún acontecimiento, quiénes lo conocemos desde el Poli, no sabemos dónde terminan los hechos concretos de la realidad en sus palabras y dónde empiezan las influencias de las historietas del D'Artagnan, Georges Politzer + Cervantes. Salgari + El Combatiente.

--La verdad siempre es un pasado  ‑no deja de advertir como al descuido.

Tratando de ser fiel al ritmo asmático del Mono, transcribo el archivo de audio tomado aquella primera noche en Puerto Norte. Archivo guardado en un pen antes de "perder" el celu en un robo poco casual.

"Aquella noche, el universo estaba en pausa ¿Te acordás? La noche del sábado 22 de mayo de 2010 no era un ocaso cualquiera, la tensión local se palpaba en el aire, el partido ante All Boys era más que una final. La angustia de caer en la B jugando de local hacía equilibrio al borde del precipicio con el goce voyeurista de los leprosos. Y en esto, ustedes tienen razón... Perversión que se contagiaron cuando el pro genocida Rodenas alzó el pasacalle en Corrientes y Córdoba. ¿Quién se iba a imaginar que esa noche se iba a hacer la primera transacción con bitcoin en una casa de Pichincha? Una moneda virtual de cambio que empezaría a fluir libre de la Reserva Federal imperialista y cualquiera de sus sucursales de todo el mundo.

La patineta se llamaba Peralta y el chico de las pizzas se llamaba  Wladimir. El pibe había nacido en Río Grande. Hijo de padres rosarinos que habían ido a Tierra del Fuego escapando de la miseria del menemismo, regresó con su familia cuando se pinchó el globo desarrollista del paralelo 42. Primogénito de macho leproso, lució baberos y gorritos rojinegros los primeros dos años hasta que... en vísperas de Carnaval, su padre se fue de caravana a Salvador, Bahía, a rendir varias materias pendientes que le habían quedado de la adolescencia. Y cuando regresó dos años después, la venganza de su ex fue terrible: su hijo era todo un canayón.

Wladimir nunca se desprendía de su patineta Powell, él la llamaba "Peralta", estudiaba Bellas Artes, ya había hecho varias performances y videos, rendía una materia por año. Para resolver un conflicto familiar había aceptado la propuesta de un compañero suyo de repartir pizzas con una sola condición: usaría skate en lugar de moto. La pizzería estaba por la zona de Pichincha, era fácil llevar los pedidos  haciendo "long" por las calles asfaltadas y entonces poco transitadas. Llamaba "Peralta" a su patineta en homenaje a Peralta Powell.

El canayón siempre tenía un cartucho a punto de estallar en la cabeza, no dejaba de pensar en cómo hacer una obra o levantarse a la última minita (todavía no había conocido a su Yoko Ono). Era capaz de alzar 3 cajas de pizzas, las bebidas las llevaba en una mochila refrigerante. Los dueños de la pizzería eran de los "nuestros". Le habían avisado que era un pedido "distinto". Eran dos "especiales", nada más, sin bebidas ni empanadas. Cuando preguntó si era con tarjeta, le contestaron que no, que ya estaban pagadas. Wladimir tomó las cajas y tomó impulso para deslizarse con "Peralta". Hasta el aire tenía una densidad diferente. La previa del partido era una buena pantalla para despistar a cualquiera de los servicios secretos del terrorismo oficial; desde la crisis de 2008 estaban alertas. Esperaban algún ataque suicida a Walls Street o a cualquier otra Bolsa. Esos hechos gratuitamente violentos que replican el estado opresor y justifican sus represiones posteriores.

Cuando el pibe tocó el timbre en un pasillo de Riccheri y Salta, se encendió la luz con censor de movimiento y una chica salió a recibirle el pedido.

--¿Cómo? ¿Satoshi Nakamoto es una mujer? ‑lo interrumpí.

-‑Negro, es hora de que dejemos el machismo, hasta en los misterios. La chica sonrió, le recibió las pizzas, lo saludó con un gesto y ya iba a cerrar la puerta cuando el pibe le reclamó la propina para la birra. La mujer, con indefinible acento extranjero, le dijo que no entendía lo de la propina, que las pizzas ya estaban pagadas. Pero como Wladimir insistió, ella le pidió la patineta y le anotó el código de un bitcoin. El pibe se calmó y se fue pensando que podría usar esa idea en una obra de arte conceptual.

Wladimir no copió la clave y se borró en "Peralta".

Pasaron los años, el bitcoin se afirmó en el mercado y subió la cotización. Los dueños de la pizzería donaron esos bitcoins al Partido, así pudimos comprar entre otras cosas, este piso y las computadoras."

-‑Pero lo que no entiendo es porqué ahora van a comprar fotocopiadoras...

-‑Eso te lo explico otro día, ya no da para destapar otra botella de Catena Zapata.

(¿continuará?)

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