Dom 25.06.2006

DEPORTES  › NACER EN UN PAIS, JUGAR PARA OTRO

Es el Mundial de la camiseta prestada

Los casos se multiplican entre las selecciones participantes

Página/12 en Alemania
Por Ariel Greco


Ricardo Lavolpe vivió un día especial. Criticado hasta el hartazgo, con muchos detractores por su condición de extranjero, el entrenador argentino se despidió del Mundial –y probablemente de su cargo– justo ante el país donde nació. Tenía la gran oportunidad de sepultar todas las voces en un juego, pero no lo consiguió pese al gran planteo que hizo y a la muy buena actuación de su equipo. “Este es mi partido. Tengo 90 minutos para cristalizar cuatro años de trabajo”, había asegurado Lavolpe durante la previa. Pero no le alcanzó. Algo similar vivió Guillermo Franco, el ex volante de San Lorenzo, que finalmente no participó del juego. “Yo quiero que gane México y le pedí a Dios que así suceda”, había dicho Franco, que completó su primer Mundial con 129 minutos en tres partidos disputados.

Pero Lavolpe y Franco no son los únicos que representan a un país que no es del todo propio. Un periodista argentino intentó chicanear a Mariano Pernía, preguntándole si ya se había aprendido el himno español para poder cantarlo antes de los partidos. El problema –solución, en realidad, para el lateral y para el brasileño Senna, el otro nacionalizado del equipo de Aragonés– es que el himno español no tiene letra. El tema había surgido a partir del inconveniente que se generó con otro argentino, Mauro Camoranesi, a quien la televisión mostró con la boca cerrada durante la ejecución del himno italiano, por lo que tuvo que admitir que no sabía las estrofas de Fratelli d’Italia. “Yo no las sé, pero mis hijos sí las saben”, se defendió el tandilense, que igualmente no pudo evitar las críticas. Claro que si su rendimiento en los próximos partidos crece, nadie en Italia se acordará de su condición de “oriundi”.

En otros conjuntos sucede algo similar. Por caso, los hinchas alemanes ahora idolatran a Miroslav Klose y Lucas Podolski, los dos delanteros del equipo de Jurgen Klinsmann, ambos nacidos en Polonia. Después de la estrella Michael Ballack, “Miro” y “Poldi” son los jugadores más queridos, aun cuando antes del partido entre ambas selecciones los dos declararon que mantienen costumbres polacas y que prefieren a las mujeres de su país. “Son más sexies que las alemanas”, coincidieron. Y antes del Mundial, también se generó un hecho desagradable con Gerald Asamoah, ghanés de nacimiento, y David Odonkor, de padre ghanés y madre alemana. Un partido de ultraderecha sacó una propaganda en la que se veía a un jugador con la camiseta de la selección y la leyenda: “No sólo la camiseta debe ser blanca”. El gobierno actuó rápido, quitó los carteles y les aplicó una fuerte multa a los impulsores. “Eso es racismo y nuestro negocio es otro”, comentó Klinsmann.

El inglés Owen Hargreaves es un auténtico representante de la ONU. Nacido en Canadá, de madre galesa y casi toda su vida pasada en Alemania, el volante de Bayern Munich adoptó la nacionalidad de su padre para jugar al fútbol. Sin embargo, muchos hinchas no le perdonan esa variedad de origen y lo abuchean, incluso, antes de que pise el terreno de juego. Y, obviamente, sus actuaciones son seguidas bajo cuatro lupas. En cambio, diferente es la situación para Zlatan Ibrahimovic, sueco de origen bosnio, y Rafa Van der Vaart, holandés de madre española, mimados por sus hinchas a partir de ser piezas claves en sus equipos.

Otro caso paradigmático se da en Francia, utilizada políticamente como ejemplo de una nación multicultural gracias al éxito en el Mundial ’98. Zinedine Zidane, que no canta La Marsellesa, es de origen argelino, Thuram nació en Guadalupe, Vieira es senegalés, Makelele viene del Congo, Trezeguet es de padres argentinos, Malouda es de Guayana. Y la misma senda recorre ahora la sorprendente Suiza, sustentada en una generación de futbolistas hijos de los inmigrantes que llegaron a ese país durante las décadas del ’60 y ’70. Philippe Senderos, símbolo del equipo y capitán de la selección sub 17 campeona europea de 2002 –único título de un equipo suizo en la historia– tiene sus orígenes en España, lo mismo que Ricardo Cabanas, de padre madrileño y madre italiana. También de Italia provienen el volante del Bayer Leverkusen Tranquillo Barnetta, otro de los campeones juveniles de 2002. Compañero de Senderos en Arsenal, Johan Djorou nació en Costa de Marfil, mientras que Blerim Dzemaili tiene ascendencia macedonia. La cosa no termina allí. Valon Behrami es albano-kosovar y llegó para nacionalizarse suizo tras la guerra de los Balcanes, en tanto que Hakan Yakin, aquel volante que estuvo cerca de pasar a Boca el año pasado, cuenta con orígenes turcos.

Otra historia peculiar se dio entre australianos y croatas. En un país con una inmigración importante, el entrenador de Australia, el holandés Guus Hiddink, convocó a su plantel a seis futbolistas cuyas familias provienen de Croacia: el arquero Zljko Kalac, los defensores Tony Popovic y Jason Culina, los mediocampistas Mile Sterovski y Josip Skoko, y el delantero Mark Viduka. Con el empate 2-2, los australianos-croatas dejaron fuera del Mundial al país de sus padres. Queridos, resistidos, cuestionados, los “extranjeros” en las selecciones ya son una moneda corriente en un Mundial tan globalizado.

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