Jue 13.05.2004

DISCOS

Prince, un verdadero soldado del funk que vuelve para dar batalla

Musicology puede ser considerado su debut en el siglo XXI: tras varios discos flojos, el moreno se puso serio. Y vuelve a convencer.

› Por Eduardo Fabregat

¿Habrá sido el aburrimiento de escuchar sus propios últimos discos, tan ganados por la rutina, impecables en la factura pero poco emocionantes, faltos de temperatura? ¿Tendrá algo que ver la explosiva aparición de The love below / Speakerboxx, tremendo disco de Outkast que llevó a la obvia conclusión de “así es como debería estar sonando Prince si no se hubiera olvidado de ser Prince”? ¿O será simplemente una cuestión de orgullo personal herido por el paso de la historia? Como sea, lo que hizo Musicology fue obligar a la prensa de todas partes a coincidir en que el moreno de Minneapolis entregó su mejor disco en mucho tiempo. Y hay que concederlo, porque los lugares no se vuelven comunes por casualidad: Musicology viene a refrescar todas las razones por las que Prince se ganó un generoso lugar en la historia. Esta vez, el oyente hará algo más que sacarle el celofán, escucharlo un par de veces y mandarlo a engrosar el estante púrpura. Esta vez le va a dar gusto escucharlo y revisitar varias canciones.
El regreso de Prince a sus propias fuentes no tiene sólo que ver con que What do U want me 2 do? recuerda el sonido de Sign’o’the times e Illusion, coma, pimp & circunstance conduce a Parade e incluso Lovesexy. También intervienen sutilezas que arrancan en la duración de vinilo, 47 minutos que se bastan para decir todo lo necesario. No está mal que un tipo conocido por sus excesos –que un disco quíntuple el mes pasado y un triple el que viene, y un doble de canciones guardadas, y un grandes éxitos y dale que va– se incline por la sustracción y una duración previa a la era digital. No estaría mal que más músicos se plantearan que la duración de 80 minutos de un CD no significa que obligatoriamente haya que llenarlo.
La cuestión es que Prince hace buen uso del tiempo porque tiene la claridad de ideas que le faltó a sus anteriores obras: Musicology es inconfundible en el planteo y preciso en la ejecución. Prince se pone tan canchero como cualquier hip hopper y advierte en el track de apertura que les va a demostrar a todos dónde están los verdaderos soldados del funk. Ya lo había hecho en el arranque del disco del Simbolito (con My name is Prince), pero acá hace mejores esfuerzos, y Musicology –el tema– es lo suficiente inspirado como para redoblar la expectativa por lo que viene. Lo que viene, para colmo, es la mencionada Illusion..., que demuestra que el petiso va en serio, que se habrá convertido a los Testigos de Jehová pero Outkast le mojó la oreja y con su alteza funk no se jode.
Entonces, esta vez hay poco de esa sexopatía piantavotos que a veces empalaga los discos, y mucho de deformidades sonoras, quiebres de ritmo e instrumentaciones doblemente impactantes, por cómo suenan y se ensamblan y porque, en su abrumadora mayoría, corren por cuenta de Mr. Toco 26 Instrumentos y Todos Bien. Así Prince fue cocinando su verdadero disco debut del siglo XXI. Están, sí, las baladas babosas (Call my name, On the couch), pero también las que encuentran un matiz diferenciador en la enrevesada rítmica, como What do U want me 2 do?. Y está el Prince amante de los solos a la Hendrix (The marrying kind), y el deforme que une potencia, precisión en cortes rítmicos cercanos a lo marciano y un arreglo de voces arrasador en If eye was the man in ur life. Y el que invita a la partuza sexy, de oscuridades perversitas, en Life’o’the party, es decir “el alma de la fiesta”. Y todo con un arte que abunda en esquemitas sobre los modos de comportamiento del sonido, cortes transversales del canal auditivo y gráficos de frecuencias, como para recordar que la música tiene que ver con la inspiración artística, pero también con una sólida serie de reglas físicas.
Es decir: Musicología I, dictada por un profesor algo extravagante, con botas de taco, estola púrpura y un pasado que incluye lo indiscutible, lo legendario y también lo mediocre. Vamos, que nadie es perfecto, y aunque suene linda Cinnamon girl es como la hermanita tonta de todo el disco, y Dear Mr. Man atrae desde lo sonoro pero resulta algo naïf en sus protestas por el agujero en la capa de ozono. Prince se puede dar esos lujos. Con este disco, además, acaba de renovar su crédito por otro buen tiempo: los verdaderos soldados del funk siempre sirven para otra batalla.

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