Sáb 15.05.2004

ECONOMíA  › PANORAMA ECONOMICO

El Abad que se disfrazó de espía

› Por Julio Nudler

“Seguimos cazando en la jaula de los titíes, y no en la de los leones”, se molesta el tributarista A cuando Página/12 le pregunta por los inspectores encubiertos cuyo lanzamiento anunciaron Roberto Lavagna (Economía) y Alberto Abad (AFIP). “¿Qué negocios gordos estarán protegiendo con estas cortinas de humo?”, se zafa. La misma fuente (se las identifica con letras porque la mayoría, aunque no todas, pidieron no ser individualizadas para poder hablar con más libertad) afirma que el chiquitaje no mueve el amperímetro de la recaudación, y cita el ejemplo del desvío impune de gasoil por una petrolera multinacional, o casos que involucran a fuertes grupos empresarios locales. Pero también nombra a una célebre cadena de híper y supermercados, que evadía enormes sumas mediante facturas apócrifas de proveedores supuestos, o importando vía tradings inexistentes, pero por caja vendía todo sin omitir nunca un ticket. ¿De qué serviría vigilarle las cajas?
Otra pregunta dirigida a Economía/AFIP: ¿cuántas veces allanaron los locales de Liniers donde se proveen los buscas y todo se opera en negro? O La Salada o el Mercado Central, donde nadie se mete. Quien compra en negro necesariamente venderá en negro, a menos que quiera pagar impuesto sobre ganancias ficticias, fruto de haber vendido sin poder documentar sus costos. Por ende, para cortar la cadena de negreo es mucho más eficaz ir a las fuentes, precisamente lo que no suele hacer Impositiva. Para saber cuánta leche se vende sin registro en un barrio, lo primero es ir a La Serenísima y obtener cuántos litros le compran por día los almacenes del lugar. Después sólo es cuestión de cruzar datos, sin que nadie necesite camuflarse de nada.
Dos inspectores de la AFIP hablan como fuentes encubiertas para este diario. Citan, ante todo, el reglamento que los obliga a identificarse ante cada contribuyente, llevando una orden de intervención, firmada por un juez administrativo, que los haya facultado a efectuar tareas de fiscalización en ese domicilio. No contar con ese respaldo –dicen– abre la posibilidad de que cualquiera pueda entrar en cualquier negocio, tomándolo de un padrón. “Esto creará mucha inseguridad para los contribuyentes –advierten– y puede prestarse a abusos.” Valoran el factor sorpresa (es decir, no darse a conocer antes sino después de realizar una compra para evitar que el comerciante se cubra entregando el debido comprobante, cuando en general no lo hace), pero ven muy peligroso el mecanismo del disimulo.
Pero dicen más. Dicen que “la guita no está ahí, en los chiquitos, sino en otro lado, en los grupos concentrados, que tienen muy buenos asesores contables y jurídicos, y no cometen la torpeza de no facturar”. Sin ir tan arriba, a la luz del día está el caso de las líneas de colectivos, que evaden mediante esos empleados apostados en paradas estratégicas, donde, so pretexto de agilizar el trámite, expenden unos tickets de talonario que en realidad son truchos. Perjudican al pasajero, porque en caso de accidente no le servirán para reclamar la indemnización del seguro puesto que carecen de los datos del viaje, que sí figuran en los boletos que despachan las máquinas a bordo. Pero además engañarían al fisco, porque esos boletos no quedan registrados.
Con ese dinero negro y tal vez otro, hay líneas (los inspectores tienen los números) que pagan bajo cuerda, diariamente y en efectivo, a los choferes cada vuelta suplementaria efectuada la jornada anterior. En realidad, el transporte público se vigila a sí mismo: los únicos inspectores que se ven son los de las propias empresas. Nunca sube un inspector de Transporte, de la CNRT, de la Municipalidad ni de la AFIP. Rara forma ésta de controlar un servicio público.
Si algo les sobra a los inspectores son anécdotas. Uno cuenta que en el establecimiento de Corrientes y San Martín, solar donde supo estar La Fragata, suelen entregar un ticket que dice que no es válido como factura. Esos comprobantes sólo pueden utilizarse cuando una cafetería o un restorán le proveen en cuenta corriente a un edificio de oficinas, para cobrar recién a fin de mes, ocasión en la que entregan una factura válida. Pero es ilegal usar esos tickets para ventas en efectivo. Sin embargo, muchos cafés los emplean para evadir.
Otro caso común es el de “los gallegos que se roban entre ellos” en el negocio gastronómico. El patrón oficia de cajero adicionista, pero convirtiendo a los mozos de su turno en cómplices, induciéndolos a efectuar cierto porcentaje de ventas en las mesas sin registración. Cuando un socio le pasa la caja al otro, que llega a la tarde, en realidad le transfiere un estado de cuenta ficticio. El segundo gallego hará otro tanto, y en conjunto defraudan al fisco, además de robarse recaudación entre ellos, sobornando a los camareros con una porción del negreo.
El otro inspector cita el caso de La Continental, una cadena de pizzerías que, como en el local de Perón y Callao, no entregaría el ticket a los parroquianos, a menos que lo reclamen. Pero problemas como ésos pueden resolverse, si hay voluntad de fiscalizar, con el antiguo método, nunca derogado, del “punto fijo”, un inspector que se sienta a una mesa y permanece allí días enteros, según un método de alternancia que le permita, al cabo de cierto tiempo, determinar el verdadero giro de ese negocio. Es lo más opuesto que quepa imaginar al inspector encubierto, pero mucho más sensato como método, ya que el objetivo es forzar al blanqueo de las ventas, sin perseguir el propósito de labrar un acta de clausura. El cierre puede perjudicar desproporcionadamente al evasor, pero además afectar a sus empleados, que quedarán suspendidos, y muchas veces también al público, sin que la DGI gane verdaderamente nada.
El tributarista C, en cambio, es un entusiasta del encubrimiento, cuando se utiliza con inteligencia y no para picardías. Reniega del “garantismo” aplicado en el campo socialmente nocivo de la evasión tributaria. En grandes porciones de la Argentina –asegura– se evade escandalosamente, mucho más que en la Capital. Por ende, todo lo que se haga para que las empresas y los comerciantes facturen y vendan en blanco le resulta bienvenido. Pero el tributarista D no entiende por qué Impositiva se la pasa lanzando iniciativas que luego ni aplica ni deroga. Por ejemplo, la de interceptar a quien salga de un negocio con una compra y pedirle el ticket o la factura que debieron haberle dado. Es el procedimiento que en Chile sigue usándose con éxito, pero en la Argentina sólo se implantó teóricamente. “Con esto pasará lo mismo”, anticipa.
Como todo asesor impositivo, el D enumera agravios de la AFIP contra clientes suyos. Por ejemplo un muy importante restorán de Recoleta, que le extendió a un comensal una factura manual a las 2 de la madrugada porque –según asegura– la impresora se había averiado y a esa hora no había quién pudiera resolver la falla. El hecho –una mera infracción formal, según el experto– derivó en un acta y una suspensión por una semana, que le causaría a la firma un enorme perjuicio económico y de imagen, salvo que en este último aspecto le permitan disfrazarla de un cierre por vacaciones. Pero apelaron, y el asesor predice que en esos trámites se perderá un año. Todo a partir de una cena de menos de 200 pesos.
Un ex sabueso de Impositiva, de bajo perfil pero célebre en la profesión por su lucha contra el fraude, sostiene, en torno de la constitucionalidad del método solapado, que no siempre puede aplicarse un mismo principio. Y da ejemplos: no debe obligarse a nadie a extraerse sangre contra su voluntad, ni para establecer si es portador del HIV ni para determinar su ADN, pero sí corresponde la compulsión cuando se trata de medir el dosaje alcohólico en alguien que está manejando unauto. En este sentido, dictamina que la figura del inspector espía es constitucional si se la crea mediante un instrumento legal válido. Pero ahí termina su adhesión.
“Otra vez le apuntan al chiquitaje”, reprocha. No ve la facturación como un elemento inequívoco: alguien puede sobrefacturar para lavar dinero, ejemplifica. Tampoco sirve ese método para controlar las abusos que cometerían las telefónicas en su facturación. “Quizá no esté mal recurrir al disfraz del inspector como cliente común, pero es un modo desparejo de fiscalizar y no garantiza la igualación del riesgo de evadir en toda actividad y a todo volumen de negocios”, explica. Es decir: se puede usar el procedimiento en un pequeño comercio, pero no en un gran supermercado.
También él archiva en su memora historias de abusos fiscales. Como los cometidos por inspectores transformados en agentes instigadores. Van a un comercio, compran algo, dicen no necesitar ni querer factura, y de ese modo provocan un ilícito que de inmediato sancionan, en general con el propósito de arrancar una coima. O para hacer méritos, porque Impositiva exige cierto rendimiento a sus agentes. La fuente recalca, basado en su larga experiencia, que “las actas labradas pueden contener cualquier disparate, y el contribuyente sufre una total indefensión frente a ese extraño instrumento público, cuya veracidad puede resultar indemostrable.”
Para los dos inspectores en activo arriba citados, no es seguro que la Justicia convalide las clausuras que van a dictarse mediante los espías. “La jurisprudencia suele ser adversa al fisco. Hay muchos fallos que voltearon cierres porque la DGI no había respectado todos los procedimientos formales. En este caso se empieza por vulnerar las formalidades establecidas”, advierten. Puede suceder, por tanto, que luego del impacto mediático, en concreto las actas se conviertan en papel mojado.
Pero, ¿los inspectores de la AFIP siguen cometeando? Las fuentes coinciden en que la situación mejoró, al menos a ese nivel. Nadie se juega respecto de lo que pueda estar pasando arriba de todo. Sin embargo, a nivel más pedestre no abundan tanto el apriete y el cohecho. Uno de los tributaristas relata el caso de un cliente suyo, al que le determinaron, sin razón verdadera según él, una diferencia de 800 mil pesos, sugiriéndole que con 100 mil podía arreglarse. Pero empresario y asesor decidieron no pagar nada. Esa firme actitud disuadió a los sabuesos, que se fueron sin acta ni mordida. En otros tiempos no hubiesen cejado tan fácilmente.

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