Lun 14.11.2016

EL PAíS  › OPINIóN

¿La derrota de Frank Underwood?

› Por Eduardo Aliverti

¿Cuánto de cerca quedan la conmoción por el triunfo de Donald Trump y un escenario argentino donde se supone que el problema es una economía helada, con signos evidentes de ir todo hacia atrás, en lugar de preocuparse por los efectos de las elecciones norteamericanas?

Esa pregunta es la comidilla del ambiente político e intelectual, junto con el shock que provoca en los sectores “bienpensantes” la victoria de un personaje esperpéntico. Y está insuflada por cierta mirada frívola que interroga sobre los costos agregados de la ostensible apuesta del gobierno macrista a favor de Hillary Clinton, como si, más allá de que pueda haber sido un mamarracho diplomático, las relaciones con Washington fueran a derrumbarse en función de despechos. Esa frivolidad, junto con varios apresuramientos analíticos, abarca otros costados de lo que suscita Trump. Algo de esto ya se observaba en el ensimismamiento con sus propuestas racistas y comentarios misóginos, al perder foco sobre la representatividad que tienen esos dichos en una enorme porción de la sociedad estadounidense. Pocos previeron que el discurso patriotero e “industrialista” del magnate estaba mucho más en sintonía con la furia por la pérdida del sueño americano de progreso individual, expresada tras la crisis financiera de 2008, que con la indignación del progresismo urbano y las conciencias sensibles por sus bestialidades declarativas. Un posteo circulante casi de inmediato a conocerse el éxito de Trump decía “Era Sanders, estúpido”. La ingeniosidad es contrafáctica porque es imposible asegurar que el rival demócrata de Hillary, quien la corrió por izquierda durante las primarias, habría permitido un resultado diferente en las generales. Pero sí vuelve a quedar claro que –en términos globales– la falta de respuestas del (des)orden capitalista mundial, ante la exclusión generada por una concentración de la riqueza inédita en la historia, favorece electoralmente a los denominados populismos de derecha; y, dentro de ellos, a outsiders de los esquemas partidarios cuyos espejitos de colores son iguales a la orgía financiera, antiproductivista, que origina el descontento de franjas cada vez más amplias. Las clases políticas tradicionales, presas de este sistema líquido en papelitos insostenibles con bienes materiales, ya no disponen de respuesta ante el avance del sistema anarco-dinerario. Las mejores contestaciones que hubo, denostadas como populismos de izquierda, surgieron en Sudamérica y hoy se encuentran en retroceso por sus errores de implementación política, no por sus virtudes de haber advertido lo que se venía de persistir en recetas tradicionales.

Hay otras consideraciones, antes de seguir atendiendo a la verdadera influencia en Argentina del presunto Capitán América directamente al frente de la Casa Blanca. Una, sustantiva, es que volvió a desplomarse la influencia decisiva de los medios de comunicación hegemónicos, nada menos que en un imperio que continúa siéndolo en lo cultural y militar, pero parcialmente en su influencia económica. Fue diferente lo ocurrido en las redes, donde el equipo de Trump (como el macrismo aquí) tuvo una eficacia muy superior a la de su contendiente. Pero es innegable que el electo mandatario norteamericano destrozó a cuanta encuesta quiera elegirse, reforzando lo que ya había sucedido con el Brexit y los acuerdos de paz colombianos, y que ganó contra la inmensa mayoría del establishment mediático de los Estados Unidos. En su sitio DesInformémonos, el cientista español Ignacio Ramonet, uno de los estudiosos del tema, resume bien cómo consiguió Trump invertir una tendencia que lo daba perdedor. “Este personaje atípico, con sus propuestas grotescas y sus ideas sensacionalistas, ya había desbaratado hasta ahora todos los pronósticos (…) La propia democracia, como modelo, perdió credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces (…) En Europa, por ejemplo, se multiplicaron los terremotos electorales. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado (…) La irrupción del multimillonario Donald Trump en la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever (…) Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, (…) le confirió un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha. Para muchos (…) irritados por lo ‘políticamente correcto’, que creen que ya no se puede decir lo que se piensa so pena de ser acusado de racista, la ‘palabra libre’ de Trump sobre los latinos, los inmigrantes o los musulmanes es percibida como un auténtico desahogo (…) A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la ‘rebelión de las bases’. Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos, poco cultos, y empobrecidos por los efectos de la globalización económica (…) El mensaje de Trump no es semejante al de un partido neofascista europeo. No es un ultraderechista convencional. Él mismo se define como un ‘conservador con sentido común’ y su posición, en el abanico de la política, se situaría más exactamente a la derecha de la derecha. Empresario multimillonario y estrella archipopular de la telerealidad, Trump no es un antisistema, ni obviamente un revolucionario. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado piloteando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos, a las tripas, no a lo cerebral, ni a la razón. Habla para esa parte del pueblo estadounidense entre la cual ha empezado a cundir el desánimo y el descontento. Se dirige a la gente que está cansada de la vieja política, de la ‘casta’. Y promete inyectar honestidad en el sistema; renovar nombres, rostros y actitudes (…) Todas estas propuestas no invalidan en absoluto las inaceptables, odiosas y a veces nauseabundas declaraciones del candidato republicano, difundidas a bombo y platillo por los grandes medios dominantes. Pero sí explican mejor el porqué de su éxito”.

La derecha argentina gobernante, con otro personaje a su frente institucional que proviene no del desencanto por la situación o perspectivas económicas de las mayorías, pero sí del agotamiento por las formas convencionales de la política y de liderazgos que terminan hablándose a sí mismos, se pregunta ahora qué podría pasar ante la irrupción en Washington de un adefesio que tiene mayoría en ambas cámaras del Congreso –aunque no de obediencia asegurada– y que prometió cerrar la economía yanqui justo cuando aquí se proclama la necesidad de abrirse a las inversiones. En otras palabras, una derecha ignorante, básica, con cuadros empresariales bien que no políticos y publicistas que sirven para ganar elecciones pero no a fin de tripular circunstancias críticas. Los socios ideológicos que tanto festejaron el triunfo de Macri, y tantos que lo votaron hoy espantados porque ganó Trump, ya venían preguntándose dónde estará el estadista que necesitan; y la respuesta ya no es que alcanza con Durán Barba, ni con el pintoresquismo denunciativo de la doctora Carrió, ni con los amigos estadounidenses y del mundo financiero internacional ni con el machaque anti K de los medios propios (bastaría con ver las andanadas que la última semana, coladas entre el monotema Trump, le dedicó Clarín al estado de una economía desmayada, con los industriales preocupados porque su capacidad ociosa promedia el 40 por ciento mientras lo único que hace el Gobierno es sacar cuentas ortodoxas desde el Banco Central. ¿Acaso perciben que hay un modelo pero no un plan ni un director confiable?). No hay ningún gobierno en el mundo que se haya endeudado al ritmo de éste en tan corto lapso. Se apoya con dólares de ingreso meramente especulativos para respaldar su déficit de producción, mientras espera la lluvia inversora que, además de no llegar, gracias a Trump amenaza con no llegar nunca.

Los intereses del complejo industrial-militar-financiero de los Estados Unidos están muy por delante de los arrebatos que sirven para ganar elecciones, y este Pato Donald deberá demostrar que tiene capacidad de conducción. Pero por lo pronto, el gobierno macrista desactivó todos los mecanismos preventivos contra alternativas como el triunfo de un tipo como Trump. Un ricachón vulgar, patético, heredero de una fortuna que no construyó, que supo sintonizar con las excitaciones masivas de cambio y que, se supone, deberá cumplir con alguna de las promesas que vertió. Por caso, liquidar los tratados de libre comercio que son el acuerdo entre el zorro y las gallinas –visto en concepción internacional– pero también el perjuicio para los trabajadores estadounidenses. Eso no nos interesa demasiado por aquí, y hasta podría beneficiarnos. Pero como quiera que sea, desde el punto de vista económico Argentina no representa un punto estratégico para Estados Unidos y hasta tiene problemas para venderle limones.

Entonces, no tiene sentido suponer que la victoria de Trump puede significar un cambio radical en las falsas expectativas creadas por el macrismo sobre la colaboración de Washington para allegar inversiones. Por allá tienen intereses tan permanentes como el carácter cipayo de varios de por acá.

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