Vie 21.07.2006

EL PAíS  › OPINION

El que viene de otro siglo

› Por Mario Wainfeld

En amable contradicción con la ley de la oferta y la demanda, las Cumbres de mandatarios de la región abundan pero no se devalúan. En una época de resurgimiento de la política, de crecimiento del PBI y del poder de los Estados, los cónclaves no son cáscara hueca. Se discuten y hasta se dramatizan los intereses nacionales, se ponen sobre la mesa los conflictos. Desde luego, no todo lo que se dice es sincero, no todo lo que se discute se publica, pero lo que se conoce se parece sorprendentemente al núcleo de lo que pasa. Esta Cumbre es, no más, la del ingreso de Venezuela como socio pleno al Mercosur, la de Bolivia como la cenicienta a la que se quiere sumar al proyecto común, la del entredicho por las pasteras, la de los reclamos de Paraguay y Uruguay por las perdurables asimetrías con Argentina y Brasil. Una liturgia repetida –las fotos colectivas, las que perpetúan abrazos cariñosos, la pilcha uniforme como mensaje– busca transmitir la idea de estabilidad, de control, tan cara a todos los gobiernos de la tierra, aun los que se reclaman reformistas o revolucionarios.

Nada hay de irracional pero sí de sobreexigente en las tareas impuestas a esos hombres y mujeres que deciden demasiadas cuestiones, en tiempos demasiado breves, sometidos a cruces de exigencias no siempre compatibilizables. La primera, al menos en un orden conceptual porque sin ella se derrumba todo, es mantener su legitimidad siempre jaqueada y medida día a día como jamás ocurrió en la historia de la humanidad. Otra, muy propia de la época, es mantener los equilibrios fiscales a los que nadie renuncia ni aún los apodados populistas. Otra, tratar de expresar como únicos (o al menos como congruentes) los intereses nacionales de comunidades históricamente muy facciosas. Otra, que interpela a todos, es hacerse cargo de que son representantes populares (muchos de ellos plebiscitarios) de los países más desiguales de la tierra.

Nadie podrá decir que todo lo que se cocina en las cumbres es lo mejor para todos, si tal cosa existe. O que sea atinado. Pero hay que tener una visión muy sesgada o interesada (hay quien las tiene) para negarle una racionalidad centrada en intereses materiales (y aún simbólicos) de los países y los líderes en cuestión.

Claro que a veces aparece Fidel Castro. Y entonces cambia la escala. Hugo Chávez hace lo suyo para hacerse notar y detonar amores y odios fenomenales. En ese sentido, no le va nada mal. Los debates, las pasiones que suscita son desproporcionadas al –no irrelevante– peso que tiene su país en la región. Pero Fidel es otra cosa. Cuba ya no exporta la revolución, su acción exterior se concentra en socializar la capacidad adquirida en acciones sociales, medicina primaria y educación básica. Pero el potencial simbólico de Castro sigue siendo el mismo que antaño cuando la isla era vanguardia de la revolución. Ahora es, entre otras variables, una nación que defendió tenazmente su supervivencia en un contexto crecientemente hostil. Y que perduró, contra toda previsión, a la implosión del bloque socialista.

Fidel es el último representante de una estirpe de líderes que encarnaron a sus países para más de una generación, un portento que difícilmente alcance cualquier otro protagonista de esta cumbre. El peso emocional y mediático de Castro es desproporcionado a su poder económico y político. Por eso, todo lo dicho en las primeras líneas de esta nota debe reescribirse tras lo sucedido después de las ocho de la noche de ayer. Llegó Fidel y todo cambió. La Cumbre de Córdoba será aquella en la que estuvo Fidel.

En tiempos de racionalidad económica, de globalización de las comunicaciones, con el atavío y el bagaje que porta desde mediados del siglo pasado, Castro rompe los equilibrios relativos. No será sencilloterminar de explicar por qué, lo que quizá justifique acudir a una cita algo larga para los usos periodísticos, pero ahí va. La escribió Bernard Chapuis en Le Monde, tras la muerte de Mao Tse Tung. Decía así: “Cuando un dirigente sacralizado muere de ancianidad en el mundo los pueblos desamparados consideran, sin embargo, esa muerte una muerte violenta.

Cuando los estudiantes del año 3000 abran sus libros de historia en las páginas del siglo veinte leerán quizá: URSS, Stalin; Yugoslavia, Tito; Gran Bretaña, Churchill; Francia De Gaulle; China, Mao.

Preguntarán entonces: ‘¿Eran los nombres de las capitales?’. Se les contestará ‘no, eran los nombres de los dioses de ese siglo’.

Y los niños de las escuelas del futuro sacudirán la cabeza pensando qué difícil sería para los hombres vivir en un tiempo en el que los dioses habitaban entre ellos”.

Fidel sigue vivo, claro. De cualquier modo, ese texto habla de él. Y de nadie más que aún habite en este planeta.

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