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Domingo, 8 de noviembre de 2009

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

La ventaja comparativa

Las primeras globalizaciones –los imperios de la antigüedad– se hacían anexando territorios extranjeros. No tenían por fin entregar alimento a las poblaciones ocupadas, ni metales preciosos, sino precisamente lo contrario. Los reyes mismos financiaban las expediciones y su expectativa era ver en cuánto se incrementaba su tesoro al regreso. Con el tiempo, sin embargo, observadores perspicaces, como Adam Smith, notaron que el método de invadir y fundar una colonia tenía costos, que debían ser sopesados con los bienes extraídos de los territorios de ultramar: funcionarios coloniales y fuerzas de ocupación, pérdidas de vidas y bienes, etc. Acaso el último intento fue la invasión inglesa al Río de la Plata. Fracasada aquélla, el saqueo colonial tomó otro cauce: en la ecuación de ingresos y gastos se suprimió el rubro “gastos”, y el país viejo se limitó a negociar con los países nuevos “como si” éstos fuesen naciones autónomas y soberanas. Muy pronto el ingenio de los economistas vino en auxilio de la nueva política económica. En 1815 el coronel Robert Torrens, en Ensayo sobre el comercio exterior de cereales fijó la noción de “ventaja comparativa”, base de la teoría del comercio internacional. Un ejemplo ayudará a entender la esencia del principio. Si en la Argentina (país A) cuesta capturar un ciervo 1 día de trabajo y un castor ½, se cambiarán 2 castores por 1 ciervo, es decir 1 día de trabajo del cazador de ciervos por 1 día de trabajo del cazador de castores. Un ciervo valdrá 2 castores. Si en Brasil (país B), cuesta capturar un ciervo 1 día de trabajo y un castor ¼, se cambiarán 4 castores por 1 ciervo. Un ciervo valdrá 4 castores. Si el país A fuera más eficiente que B en una línea de producción, y el B más eficiente que A en la otra, hay una base evidente para intercambiar. Pero el país B no es menos eficiente que el A en ninguna producción. Y el país A no aventaja al B en ninguna producción. No habría razón aparente para que se junten y comercien. Pero no es así. En su obra Torrens discutió en contra de la política de restringir la importación de alimentos, y sostuvo que podía ser ventajoso importar, aun cuando las condiciones locales para producir los bienes importados fuesen más ventajosas que las prevalecientes en los países proveedores. En 1817, David Ricardo en Principios de Economía Política presentó el argumento de Torrens ilustrado con un ejemplo numérico.

DNI 100 por ciento argentino

En estos días las autoridades sorprendieron al país con la presentación de un nuevo DNI producido en todas sus etapas por técnicos argentinos. La sorpresa se debe a que, no hace mucho tiempo, otro gobierno había iniciado negociaciones con una empresa extranjera, para producir el mismo producto que hoy se anuncia, aunque a un costo varias veces superior. Aquel caso, supuestamente, equivalía a reconocer una ventaja comparativa de la empresa extranjera y una desventaja comparativa de la tecnología local. La flamante situación echa por tierra algunos mitos, como el de la menor eficiencia relativa de la industria argentina y el de la menor eficiencia de la producción por el Estado. El caso nuevo permite pensar en el comienzo de una etapa, signada por un incremento importante en el empleo industrial. En efecto, varios productos que hoy se importan o se producen localmente a precios muy altos, podrían sustituirse por productos obtenidos a menor costo. Desde la década de los ‘90, cuando importaba muy poco si una lamparita era fabricada en el país o en el exterior, fue desapareciendo la oferta local de zapatos de cuero, y fue reemplazada por la oferta de zapatos brasileños, fabricados con materiales inferiores, como cartón y plástico. Claro, a precios mucho más bajos. Acaso pueda explicarse esa situación como el reflejo de la caída de la calidad de vida del país en general. Pero quisiera que alguien me explique que este país no tiene una ventaja comparativa para producir artículos de cuero. Otro caso es el de los medicamentos. Desde hace años, una de las Fuerzas Armadas produce los medicamentos de mayor uso, que sus miembros pueden obtener a muy bajo precio. Si la producción pudiera expandirse para abastecer no sólo a integrantes de las Fuerzas Armadas, sino a la masa de jubilados, que gastan gran parte de sus haberes en remedios, el efecto sería equivalente a un aumento de haberes, que vaya si los necesita al sector. Sólo hace falta perder el miedo a los laboratorios. Un último caso: la obtención de energía eléctrica a partir de la fuente eólica. Existe la experiencia de Pico Truncado, donde la necesidad energética se cubre mediante molinos de viento importados desde Alemania. Fabricarlos en el país no sería muy difícil y la escala de producción ilimitada, dada la extensísima superficie, en su mayor parte desaprovechada, de las provincias de Chubut y Santa Cruz.

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