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Domingo, 13 de noviembre de 2016

ENFOQUE

Lejos de la revolución

 Por Claudio Scaletta

No están claras todavía las variables objetivas para predecir los lineamientos de la política de Donald Trump. Lo mínimo que se necesita para una prospectiva con alguna seriedad es conocer al equipo que acompañará su gestión, al menos para salir del universo de especulaciones y demonizaciones. Aunque siempre es bueno ser precavidos, también es apresurado hablar de los efectos comerciales sectoriales. Primero porque el cierre del comercio no es un hecho, luego porque en los primeros nueve meses de 2016 sólo el 7 por ciento de las exportaciones locales se dirigieron a Estados Unidos; un porcentaje relativamente menor, pero que se dispara en algunos complejos agroindustriales, como biodiesel, arándanos y vinos, entre otros. Los problemas para Argentina que lleguen de afuera vendrán de otra parte; de la pérdida de grados de libertad de la economía local.

Desde una economía periférica, entonces, lo que interesa son las tendencias que marcarán su interacción con los centros cíclicos globales. La idea de una economía con una dinámica centro-periferia, una concepción desarrollada por el estructuralismo latinoamericano a mediados del siglo XX, pone en primer plano la existencia de algo que hoy parece obvio, que el sistema económico es global. Aunque la historia de la globalización del capitalismo pueda remontarse a la expansión europea a partir del siglo XV, resulta claro que la integración global experimentó una aceleración impresionante con la financierización, un proceso cuya línea de largada fue la crisis del petróleo de 1973 y, específicamente, el posterior reciclaje de los petrodólares a través de los bancos de las economías más desarrolladas. En líneas generales, la vía de dominación (“dependencia”) centro-periferia pasó del plano comercial al financiero, es decir; las finanzas como mecanismo central de extracción del excedente, relegando, pero no excluyendo, al canal comercial. Su ideología, esa que las nuevas derechas dicen que ya no existe, o que cambio de forma, fue el neoliberalismo plasmado en el Consenso de Washington que sucedió a la “edad de oro”, la de los Estados benefactores consolidados en el auge de la segunda posguerra.

En esta línea, uno de los efectos intelectuales más interesantes provocados por el triunfo de Trump es haber puesto en primer plano el debate sobre las formas presentes de la globalización y el rol de los Estados. Los temas complejos son más fáciles de abordar si se parte de un punto de entrada simple. Así, la reacción antiglobalización que algunos analistas leen en la sumatoria del Brexit más el triunfo de Trump sería un conjunto de resistencias locales al gobierno de las corporaciones. En concreto, al gobierno mundial de facto de alrededor de un millar de firmas transnacionales que controlan, ellas solas, el grueso del producto global y, a través de diversos lobbies e instituciones, a los Estados nacionales.

Situándose en los países centrales el concepto más sencillo para entenderlo pertenece a la organización industrial, el outshoring. Buscando mejorar su estructura de costos, las empresas multinacionales globalizaron también la producción desplazando a terceros países líneas de montaje completas y generando desocupación y abandono las ciudades industriales tradicionales, eso que en Estados Unidos se nombró dramáticamente como el Rust Belt, el “cinturón del óxido”, conformado por los antiguos estados manufactureros que rodean la margen sur de los grandes lagos. Lo que en la edad de oro del capitalismo funcionó como una manera de superar barreras comerciales, en la etapa de financierización se convirtió en estrategia sistémica de reducción de costos y maximización de ganancias. Las claves de este proceso fueron retratadas ya en una película de 1991, Other People’s Money (“Dinero ajeno”) en la que se observaba como un fondo de inversión, liderado por el personaje de Dany de Vito, realizaba una toma hostil y desguace de una vieja empresa industrial familiar, una expresión romántica el espíritu emprendedor e industrial estadounidense y, también, de la lucha épica entre Main Street y Wall Street, entre la industria y las finanzas. Desde entonces la financierización nunca se detuvo y el resultado fue el aumento de la riqueza global, pero también la desigualdad y la crisis de 2008-2009.

A pesar de la reconversión, en regiones como el Rust Belt no sólo se oxidaron las viejas fábricas, sino que se pauperizaron poblaciones enteras de ex obreros industriales. Según los analistas sería aquí donde abundaría un núcleo de resentimiento antisistema y, por extensión, antiglobalizador, que habría apuntalado el triunfo de Trump, una de cuyas promesas fue, precisamente, apostar al inshoring, fabricar fronteras adentro, y entonces “Make América Great Again”. Una reacción similar de empleados desplazados y descontentos habría experimentado en Gran Bretaña, la que explicaría el voto disruptivo por la salida de la UE. En términos de la ciencia política clásica, la reacción frente al aumento de la desigualdad provocada por la profundización del gobierno global de las multinacionales sería un voto antisistema, pero por derecha. Invirtiendo a Charly García, el pueblo pide sangre no cerca, sino “lejos de la revolución”.

¿Qué significa esto para Argentina? La Alianza PRO optó por un modelo que eliminó todas las trabas a los flujos que demandan las subsidiarias locales de las multinacionales, tanto en términos de importaciones como de remisión de utilidades, y dejó de lado al escaso capital local de los sectores industriales sensibles. A la vez, vía el pago a los buitres y 45.000 millones de dólares de nueva deuda, reestableció los lazos de dependencia con el capital financiero y sus organismos multilaterales. La apuesta PRO, entonces, fue por un modelo de desarrollo dependiente del gobierno global de las corporaciones que, según sus cálculos exóticos a la lógica económica básica, se materializarían a través de la malograda lluvia de inversiones. Su modelo de mundo es el del Consenso de Washington, un modelo arcaico que incluso deja de lado el multilateralismo y el nuevo peso de China como centro cíclico competitivo de la OCDE. Es decir; un mundo que atrasa por lo menos un cuarto de siglo.

Con estas decisiones de “reconexión” de matriz noventista, la Alianza PRO desarmó todos los mecanismos de protección del mercado interno y desarrollo autónomo que hoy permitirían enfrentar un escenario internacional más adverso. Pero no sólo eso; también aumentó su grado de dependencia del poder financiero. El punto crítico es que las decisiones fueron esencialmente malas tanto en el contexto de continuidad que hubiese representado un triunfo demócrata, como en el de riesgo potencial, y sólo potencial, de Trump. Volviendo al Charly de Cerca de la revolución: “Y si mañana es como ayer otra vez, lo que fue hermoso será horrible después. No es sólo una cuestión de elecciones”.

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