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Martes, 21 de abril de 2015

CULTURA › ESCRITORES LEERAN EL LIBRO DE LOS SUSURROS POR EL CENTENARIO DEL GENOCIDIO ARMENIO

Palabras contra la muerte y el silencio

La iniciativa mundial fue convocada por el Festival de Literatura de Berlín y la Lepsiushaus Potsdam. Aquí se realizará hoy a las 17 en la librería Dain Usina Cultural y participarán Tununa Mercado, Ana Arzoumanian y Juan Pablo Bertazza, entre otros.

 Por Silvina Friera

Demasiada muerte y tanto silencio después, las voces hablan en más de cuarenta ciudades del mundo. Cientos de intelectuales armenios –poetas, músicos, diputados y clérigos– fueron detenidos el 24 de abril de 1915 en Constantinopla (Estambul en la actualidad) y luego deportados al interior de Turquía, donde fueron asesinados. Los números crudos no hablan, pero “dicen” mucho: un millón y medio de armenios fueron masacrados a manos de los turcos entre 1915 y 1923, un genocidio que el Estado turco no reconoció. El Festival de Literatura de Berlín y la Lepsiushaus Potsdam convocan a una lectura mundial de El libro de los susurros, de Varujan Vosganian, con motivo del centenario del genocidio del pueblo armenio. Los narradores, poetas y ensayistas Ana Arzoumanian, Andrea Jeftano-vic (Chile), Ezequiel Alemian, Eduardo Alvarez Tunón, Mercedes Araujo, Sandro Barrella, Juan Pablo Bertazza, Jorge Consiglio, Pablo Katchadjian, Alejandro Kaufman, María Pía López, Tununa Mercado, Carlos Skliar, Perla Sneh y Susana Szwarc leerán fragmentos de la novela de Vosganian y textos propios hoy a las 17 en la librería Dain Usina Cultural (Thames 1905), con entrada libre y gratuita, actividad organizada por la Asociación Cultural Armenia. También participará la cantante Valeria Cherekian.

¿Por qué el primer genocidio del mundo moderno en planificarse y ejecutarse de forma sistemática ha sido tan invisibilizado? “Es un borramiento del crimen tan tremendo como el crimen mismo. Nada explica por qué no fue visto, reconocido ni condenado como otros genocidios. Pero los turcos sí vieron el crimen. Para matar hay que ver a la víctima, saber dónde clavar, dónde quemar, cómo arrojarla al agua, cómo llevarla a la muerte por hambre”, advierte Tununa Mercado a Página/12. La autora de En estado de memoria y Yo nunca te prometí la eternidad, entre otras novelas, va a leer un texto de la escritora y psicoanalista María Teresa Poyrazian, publicado en Córdoba, en la revista de filosofía Nombres (1997). “Diversos testimonios dan cuenta de la particular voluntad de aniquilamiento que animó a este genocidio, caracterizado por una obsesión por la dispersión, dispersión de los habitantes, dispersión de los restos humanos, destrucción de monumentos e iglesias, arrasamiento total de muchos pueblos, cambio de nombre de otros, prohibición de usar la lengua, levantamiento de los cementerios –enumera Poyrazian–. ‘Exterminen –ordenaba telegráficamente Talaat a sus ayudantes– a todos los niños en edad de recordar.’ ‘No va a quedar ni un armenio para el museo’, declaraba Kemal Atartuk.”

“Los sucesos de la Primera Guerra Mundial y la posterior caída del Imperio Otomano pusieron el foco del mundo en la consolidación de las nuevas naciones. El fin de la guerra coincide con el fin de los imperios centrales. Así se conforma el moderno Estado turco, bajo los armisticios y tratados de paz que distribuyen territorios. La entrega a los franceses y británicos de Jerusalén y Bagdad se hizo a cambio del silencio. Luego los dispositivos de memoria fueron edificados sobre la propia cultura centroeuropea, dejando los acontecimientos de Asia Menor en la periferia de los reclamos de verdad y reparación”, plantea Ana Arzoumanian, quien leerá un fragmento de Mar Negro, libro que publicó por el sello chileno Ceibo Ediciones. “La novela bascula entre la memoria y el olvido a través del personaje principal: un hombre escapado del genocidio armenio que se gana la vida haciendo fotos en las plazas de Buenos Aires. La foto como prueba fallida del duelo del objeto expone rostros autónomos y mutilados del resto del cuerpo. El dispositivo fotográfico actúa como entierro, como institución, evocando una grafía de la muerte. Un devenir imagen-devenir personaje. Así, el lugar de la exhibición se convierte en una especie de consolación. El trauma se escribe en un lenguaje intoxicado donde la lengua es un campo de batalla, conjugándose en una gramática sostenida en la confusión de los tiempos. Un clima de violencia paraliza la acción y el pensamiento; la rutina del deportado, la manera en que el cuerpo ya no le pertenece.”

Arzoumanian (Buenos Aires, 1962) es autora de los libros de poemas Labios (1993), Debajo de la piedra (1998), El ahogadero (2002) y Cuando todo acabe todo acabará (2008), y las novelas La mujer de ellos (2001) y Del vodka hecho con moras, entre otros títulos. “Así como un niño tiene noción de los elementos imaginarios de los cuentos que le fueron relatados, pero no su comienzo único y exacto porque ese continuo ficcional lo constituye y lo conforma, así funcionaron esas historias de muerte y horror para mí. Fueron mis cuentos infantiles; los relatos que contaba mi abuela en su jardín debajo de su nogal frondoso. Más tarde, la escuela transformó esos cuentos de infancia en documentos de reivindicación y justicia. Yo vivía en Valentín Alsina, un barrio eminentemente armenio, en una calle que se llamaba Armenia y a tres cuadras de un colegio armenio que no sólo funcionaba como institución educativa, sino también como centro deportivo y social. Allí aprendí el español, ya que entré al colegio con la lengua armenia, allí fueron los bailes de adolescencia. La Argentina apareció recién en la Universidad”, recuerda la escritora que tiene “familiares sin cuerpos”, víctimas del genocidio. “Esa expresión encierra en sí misma toda la dinámica traumática de los efectos del genocidio. Tener familiares sin cuerpo es saber que uno tiene familia, pero no sabe de sus rostros. Así se convierte en imposible su representación, lo que queda es el relato que llena de manera fragmentada lo que no está.”

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Arzoumanian leerá un fragmento de Mar Negro, que publicó por el sello chileno Ceibo Ediciones.
Imagen: Bernardino Avila
 
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