Jue 21.04.2011
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CINE APICHATPONG WEERASETHAKUL HABLA DE SU FILM EL HOMBRE QUE PODíA RECORDAR SUS VIDAS PASADAS

“Creo en la transmigración de las almas”

El director tailandés, ganador de la última Palma de Oro del Festival de Cannes, ofrece algunas claves sobre su película: “Me interesa explorar el funcionamiento de esta máquina de tiempo que es el cine, hay fuerzas misteriosas que esperan ser reveladas”.

› Por  Michel Brocca

Si la consagración dependiera de los premios, tal como la cultura mediática se empeña en hacer creer, entonces El hombre que podía recordar sus vidas pasadas representaría la definitiva consagración del nativo de Bangkok Apichatpong Weerasethakul, a quien, para evitar complicaciones, en ámbitos del cine de arte se conoce simplemente por “Joe”. Reconocido como uno de los motores de renovación cinematográfica en lo que va del siglo, la presentación internacional de Apichatpong tuvo lugar en 2002. En ese año ganó, en Cannes, el premio mayor de la paralela Un Certain Regarde, por su segunda película y, posiblemente, primera obra maestra, Blissfully Yours. Con la segunda de ellas, Tropical Malady (2004), llegó a la Competencia Oficial del festival de la Costa Azul, ganando el Premio Especial del Jurado, segundo en importancia de esa sección. En 2010, la tercera obra maestra (cuarta, si se cuenta Syndromes and a Century, de 2006) resultó la vencida y “Joe” recibió la Palma de Oro, por la película que para su distribución internacional se conoce como Uncle Boonmee Who Can Recall His Pasts Lives.

Film de fantasmas en el que los muertos conviven con los vivos bajo otras formas biológicas, El hombre que podía recordar sus vidas pasadas (título con que Uncle Boonmee se estrena hoy en Argentina) es parte de un proyecto mayor, al que AW ha dado el nombre de Primitive Project. Centrado en la provincia de Isan, al nordeste de Tailandia –donde AW pasó su infancia, juventud y buena parte de su vida adulta–, Primitive Project tiene por eje los adolescentes de la ciudad de Nabua. Además de la película, Primitive Project se completa con una instalación en siete pantallas simultáneas, otra en una única pantalla, el cortometraje A Letter to Uncle Boonmee y un libro de arte que documenta todo el proyecto. En la entrevista que sigue, AW hace referencia a la inesperada inspiración en ciertos viejos programas de la televisión taliandesa, su creencia en la reencarnación, la convicción de que el cine puede servir como conjuro de espíritus, su fascinación por el primitivismo y la idea de que es en la banda de sonido donde reside la esencia de la película.

–¿Qué lo llevó a filmar El hombre que podía recordar vidas pasadas?

–Hace unos años, el abad de un monasterio que estaba cerca de mi casa me contó la historia de un hombre mayor, que un día llegó al templo para ayudar con las actividades cotidianas y, de paso, aprender meditación. Un día, este hombre, que se llamaba Boonmee, le contó al abad que cuando se hallaba en estado de meditación profunda, podía ver sus vidas pasadas desfilar frente a él, como una película. Se veía a sí mismo como un búfalo, una vaca, incluso como un espíritu que vagaba por las planicies del nordeste de mi país. Esta historia impresionó al abad pero no lo sorprendió, porque no era la primera de este tipo que escuchaba en su vida. El abad llegó a publicar un libro sobre este hombre, que se llamaba El hombre que puede recordar sus vidas pasadas. Lamentablemente, cuando el libro llegó a mis manos Boonmee ya había muerto.

–¿Cree en la reencarnación?

–Creo en la transmigración de almas entre humanos, plantas, animales y espíritus. La historia del tío Boonmee muestra la relación entre el hombre y el animal, y al mismo tiempo rompe la línea divisoria entre ambos.

–¿Considera que el cine está en condiciones de conjurar esos espíritus o fantasmas?

–Creo que las historias que las películas cuentan se convierten en memorias compartidas entre quienes las filman, los actores y el público. Desde esta perspectiva, filmar una película no es muy distinto de crear vidas pasadas. Me interesa explorar el funcionamiento de esta máquina de tiempo que es el cine. Tiene que haber fuerzas misteriosas que esperan ser reveladas, en la medida en que muchos de los fenómenos que en otro tiempo se consideraron “magia negra” fueron confirmados científicamente. Para mí, una de las formas en que esas fuerzas pueden manifestarse es a través del cine.

–Hasta tal punto modificó el libro original que aunque el título aluda a vidas pasadas, en la película las referencias a ellas son muy vagas.

–En el guión original eran más concretas, pero finalmente preferí dejarlas más libradas a la imaginación del espectador. Daría la impresión, viendo la película, de que Boonmee pudo haber sido un búfalo, también una princesa. Yo creo, sin embargo, que él puede haber sido todos los seres vivos que aparecen en la película: los insectos, las abejas, el soldado, el bagre y así sucesivamente. Hasta puede haber sido su hijo-fantasma y su mujer-fantasma. De este modo, se refuerza la asociación entre cine y reencarnación. Tal como lo veo, el cine es la herramienta con que el hombre puede crear otras vidas, universos alternativos.

–¿Incluyó elementos autobiográficos, como suele hacerlo en sus películas?

–Sí, esta vez quise recordar a mi padre, que murió de insuficiencia renal. En mi versión, Boonmee sufre de esa misma enfermedad. Todo el equipamiento médico que aparece en la habitación es una reproducción de la habitación que mi padre ocupaba en el sanatorio.

–El elenco está integrado tanto por actores profesionales como por amateurs. ¿A qué se debe esa mixtura?

–Cuando se quiere reproducir el estilo de actuación del cine primitivo, como en este caso, creo que nadie puede hacerlo mejor que un actor amateur. El actor que hace de Boonmee trabaja como soldador y el que hace de Huay es cantante.

–En alguna ocasión dijo que El hombre que podía recordar sus vidas pasadas es un homenaje al cine que veía en su juventud. ¿A qué clase de películas se refiere?

–Más que películas me refiero a programas de televisión. Cuando era joven, en mi país todavía se filmaban programas en 16 mm, de esos de estudio que tenían aquella famosa luz “dura” y directa. Había apuntadores que les “soplaban” las líneas a los actores y los actores las repetían mecánicamente. Los monstruos quedaban siempre en las sombras, cuestión de disimular el maquillaje y los trucos de mala calidad. Por eso justamente se les ponían unas luces rojas muy fuertes en los ojos: para que los espectadores pudieran localizarlos. Recién más tarde, cuando yo mismo empecé a filmar películas, pude ver las viejas películas de horror, anteriores a esos shows. Creo que también me influyeron ciertos libros de historietas que se publicaban en mi país. Las tramas eran sencillas y los monstruos siempre eran parte del paisaje. En mi película intenté hacer lo mismo.

–También los efectos especiales que usa parecen primitivos.

–Lo son, hasta el punto de que más que efectos especiales se trata de efectos ópticos. Los concebimos de forma similar a como se hacía en ciertas películas antiguas. Curiosamente, esos efectos, más simples y arcaicos, resultan más caros que los realizados con computadora. Por ejemplo, en la escena de la cena utilizo un espejo. Para no complicar la iluminación hubo que usar un espejo muy grande, y ese espejo costó plata...

–La película incluye una historia de amor entre un pez y una princesa. ¿Se inspiró en alguna fábula o leyenda del folklore de su país?

–Lo que quería era rendir tributo al llamado royal costume drama (“dramas reales de época”), con una historia que habla de la posible hibridación entre el humano y el animal. Es un recuerdo de esas viejas series de televisión de las que hablaba antes. En esas series solía haber animales parlantes y personajes disfrazados. Yo le añadí un elemento sexual. La princesa no se siente satisfecha con su aspecto físico y trata de transformarse copulando con los animales (en este caso un pez), de forma eminentemente sensual. Del mismo modo, el hijo de Boonmee se transforma en mono porque no está contento con la vida que lleva. En general, lo que trato de plasmar en la película es la conexión entre lo animal y lo humano.

–Da la sensación de que puso especial cuidado en el trabajo con los sonidos.

–Absolutamente. El del sonido es un tema que me obsesiona. Llevo muchos años trabajando con el mismo técnico de sonido y a esta altura tenemos mucha complicidad. Todo el sonido de la película está manipulado. Cada pájaro que se oye o insecto que se percibe... todo está enfatizado para narrar mediante el sonido. Quería que el espectador advirtiera todos los niveles de vida que hay en el noroeste de Tailandia. Lo que hicimos fue ir previamente a la localización, para grabar toda clase de sonidos. ¡Es increíble la cantidad de ellos que puede llegar a haber! Esto nos permitió un gran catálogo sonoro, que usamos a lo largo de toda la película. De hecho, considero que es en la banda de sonido donde está la verdadera esencia del film.

–¿Y qué puede decir sobre la estructura de la película, que no responde a la linealidad narrativa occidental?

–La película habla de recuerdos y los recuerdos nunca se presentan de forma lineal. Tampoco los pensamientos. En la película el tiempo se separa en dos, dando pie a una multiplicidad de universos, que se abren a toda clase de interpretaciones.

Traducción, selección e introducción: Horacio Bernades.

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