Mar 04.07.2006
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OPINION

Las complicaciones del negocio

› Por Guillermo Schavelzon *

Algo ha sucedido. Lo que tendría que ser una relación de aliados (la del autor con su editor) se ha convertido en difícil y tensa. Siempre ha habido algunos intereses enfrentados y otros comunes; como durante décadas las editoriales eran dirigidas por su propietario, una cara visible y estable que a lo largo del tiempo manejaba el negocio con un ojo en la literatura y otro en los números, al final ambas partes siempre conciliaban. Estos editores “tradicionales” (diríamos hoy) y sus leales colaboradores no todo lo hacían por dinero. El editor francés Jerome Lindon jamás pensó que iba a ser rentable publicar a Claude Simon o a Samuel Beckett, como lo fue años después cuando ganaron el Nobel. Sudamericana publicó a Cortázar y siguió con toda su obra, aunque Los Reyes vendió seiscientos ejemplares. Emecé publicó varias obras de Borges y sólo vendía quinientos ejemplares. Con estas cifras, hoy ninguno de ellos podría conseguir editor para su segundo manuscrito. A Marguerite Yourcenar le ofrecieron el equivalente de cincuenta dólares por Alexis o el tratado del inútil combate, su primera novela, y se enojó con el editor: “Me llevó cinco años escribirla y quiero que sea considerado como un trabajo, no un simple pasatiempo”. El anecdotario es enorme, por supuesto.

He aquí el eje del problema: la exigencia de una rentabilidad que el negocio editorial difícilmente puede obtener. La concentración de las editoriales en grandes holdings, con negocios muy diversos donde se exige una rentabilidad elevada, ha traído al mundo del libro unas exigencias que los editores no están preparados para afrontar. Muchos de los nuevos gerentes –obviamente, como en todo, hay excepciones– hablan a los escritores de marketing, obsolescencia del producto, mix price, mainstream market y una serie de cosas que un (o una) novelista no puede ni quiere comprender. El alejamiento o el cambio de casa de los editores, y la rotación de los interlocutores es el origen de que una relación se convierta en imposible. Hace años un escritor entraba a una editorial como quien ingresaba al matrimonio: para siempre. Ahora se acabó. En Europa, por ejemplo, donde la rentabilidad de las editoriales fue durante décadas del cuatro al cinco por ciento anual, hoy se les pide del quince al veinte por ciento. La tensión que esta demanda genera dentro del equipo se termina transmitiendo de manera electrizada a los autores, que se desconciertan y no saben qué hacer. Hay mucha, muchísima gente que escribe y quiere ver sus libros publicados, mientras que en este panorama los editores quieren publicar cada vez menos. La tensión que esto genera es muy difícil de gestionar.

* Agente literario argentino residente en Barcelona.

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