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Viernes, 28 de enero de 2005

DEBATES

La moral de [email protected] [email protected]

La Iglesia española pateó el tablero pero, antes de que las fichas se mezclen, el Vaticano las puso en su lugar: el preservativo es inmoral, ¡absténganse!, tronó la jerarquía. Pero ¿a quién le habla? Porque sus fieles, igual que los creyentes de otros cultos igualmente divorciados de sus altos mandos fundamentalistas, tienen opiniones y prácticas propias que aquí se animan a defender en pos de una fe que contenga y no que expulse.

 Por Luciana Peker


Póntelo, pónselo. Mmm, no, mejor no, no te lo pongas ni se lo pongan. Por un momento, la Iglesia española se alineó con la consigna más famosa a favor del sexo con preservativo, pero después se rectificó, dio marcha atrás, y volvió a insistir con su campaña anticondón.
“Pero se mueve”, terminó diciendo, volviendo a decir, en 1616, Galileo Galilei cuando fue obligado a retractarse por explicar que la Tierra se mueve alrededor del sol. El paso en falso de la jerarquía eclesiástica española se parece a la presión contra Galileo. Porque, más allá de deseos y valores, la Tierra se mueve.
Sin embargo, este paso en falso, este falso avance que terminó en doble retroceso, dejó más claro que nunca que la Iglesia –por lo menos todavía- no está dispuesta a ceder su discurso sobre sexualidad, ni siquiera para recomendar el único método de protección de una enfermedad que ya tiene 39,4 millones de infectados en todo el mundo según cifras de Naciones Unidas, y que –sólo en 2004– le costó la vida a 3,1 millones de personas.
La condena al preservativo es el límite con más costo político de la Iglesia católica. Aunque no es la única postura inamovible y polémica: también hostigan el divorcio, los anticonceptivos, el aborto, la investigación con células madre y la educación laica, además de relegar a la mujer a un lugar muy subordinado dentro de las estructuras eclesiásticas. Pero su posición no está aislada. En el contexto mundial hay una ola de rebrote conservador basada en discursos religiosos. Los evangélicos más duros acaban de sentar a su representante, George W. Bush, en la casa Blanca, y saben que eso garantiza fondos para los planes que promuevan la abstinencia, la fidelidad y la virginidad y recortes para los proyectos que impongan más concisas barreras de látex para el sida.
Mientras que, en el mundo, también crecen los musulmanes con una interpretación del Islam más hostil hacia la sexualidad y la mujer.
“Se ve en muchas partes del mundo una revancha de los conservadores que han cooptado la agenda política. Es preocupante contemplar la pérdida de derechos que fueron ganando con sangre, sudor y lágrima. Bush eliminó fondos para la educación sexual, a costa del cuerpo de la mujer. Da miedo, sinceramente”, evalúa Judith Van Osdol, una pastora norteamericana -residente en la Argentina– de la Iglesia Evangélica LuteranaUnida y coordinadora continental de la Pastoral delas Mujeres y Justicia de Género del Consejo Latinoamericano de Iglesias.
“En nuestro país la Iglesia es peligrosa –señala Mónica Tarducci, antropóloga y miembro del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA–, por algo envían a sus catequistas como huestes medievales a hostigar a las miles de mujeres que se juntan en los Encuentros Nacionales. Pero lo peor es que los políticos le temen y no se atreven a enfrentarla. Por eso, entre otrascosas, la Argentina todavía no firmó el Protocolo opcional de la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw).”
En la Argentina, la avanzada ortodoxa es palpable. A fines del año pasado, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires no pudo aprobar la Ley de Educación Sexual (a pesar de que poco tiempo antes se había avalado la entrega gratuita de anticonceptivos y la unión civil entre homosexuales) por expresa presión política de la Iglesia católica, esta vez también apoyada por amplios sectores evangélicos. Casi al mismo tiempo, la muestra del artista plástico León Ferrari fue hostigada por fieles religiosos, cerrada por la Justicia, reabierta y, finalmente, nuevamente cerrada, esta vez por el propio Ferrari, que se cansó de los niveles de presión contra una exposición artística.
“La educación sexual, para mí, hoy ya ni es algo discutible. ¡Hay que empezar ya! Pertenecer al tercer o cuarto mundo, como es el caso de Argentina, nos da la única ventaja de que no necesitamos inventar nada, sólo debemos copiar lo que hicieron aquellos a quienes les fue bien”, apunta la ingeniera Mónica Zetzsche. Ella es la Presidentade la Asociación Cristiana Femenina Mundial (YWCA), una organización ecuménica y, además, la mamá de un alumno de 14 años de una escuela religiosa porteña. “Soy católica practicante y mi hijo va a un colegio religioso porque creo firmemente en la educación en valores de la Iglesia en general y en el sentido que le puede dar a la vida especialmente en períodos como la adolescencia, pero también creo que debe modificar su perspectiva o los adolescentes seguirán huyendo a buscar lo que no encuentren”, alerta.
En la medida en que las grandes religiones ponen candados, se abren las puertas de otras creencias. “Hay cosas de las religiones que no cierran: a la gente, a esta altura, no le podés decir que no tenga sexo –grafica la periodista Carla Czudnowsky–, por eso, a pesar de que hay una gran vuelta a la espiritualidad, proliferan más otras doctrinas, como el yoga, el chamanismo o control mental. Y la verdad es que hacer meditación, leer a Osho o comer arroz, como mucho te va a hacer perder 15 minutos. No es peligroso. En cambio, salir a coger sin forro sí es peligroso.”
Desde una religiosidad responsable, Mónica Zetzsche advierte: “Hay que asumir que el inicio sexual es cada vez más temprano y que lo que está en riesgo es la vida de nuestros hijos”. Ella es uno de los mejores ejemplos de que la avanzada religiosa no es estrictamente religiosa. Están más callados, más dispersos, tienen menos poder, pero son muchos los religiosos no fundamentalistas que pueden definirse por acuerdos básicos que no se discuten: la educación sexual, la planificación familiar, la necesidad de mayor igualdad para las mujeres y la recomendación de usar preservativo.
“Para la iglesia luterana, el preservativo es una acto de responsabilidad y un signo de sabiduría –destaca Lisandro Orlov, pastor de la Iglesia Evangélica Luterana Unida y coordinador de la pastoral ecuménica VIH-SIDA-. La Iglesia siempre estuvo a favor de la vida y todo aquello que me ayude a preservar la vida es ético y es moral. Tampoco el preservativo es un mal menor porque no es un mal, es un bien. No será perfecto, pero sí genera un bien. Esas cosas tienen que quedar muy claras.” “Me da pudor intelectual tener que responder cuál es mi postura sobre el uso del preservativo”, confiesa el rabino Daniel Goldman. El pudor no es por vergüenza de lo que no se habla, sino por obviedad. “Yo les digo a todos los adolescentes de mi congregación la célebre: ‘No seas forro, usá forro’. Resulta absurdo que estemos discutiendo todavía sobre el uso del preservativo y los métodos anticonceptivos, más en nuestro país; cuando hay tantos pibes pidiendo por las calles, centrarnos en el condón nos condena a no avanzar en dilemas morales legítimos, como ser la inequidadsocial. Pero estoy convencido de que en esto las religiones institucionalizadas tenemos mucha responsabilidad.”
Esa responsabilidad –que tal vez en el futuro tenga un peso equivalente al que hoy se le da a la actuación de la Iglesia durante la Inquisición– es la que está frenando, por ejemplo, la educación sexual en las escuelas en nombre de la sagrada familia. Mónica es tajante: “Los padres y los maestros pueden acompañar el proceso de educación sexual pero no conducirlo, porque debe estar a cargo de personas capacitadas. Yo personalmente tengo una comunicación abierta con mi hijo y el tema del preservativo es claro, como cuando lo llevo a vacunar, sé que lo estoy cuidando. Pero él una vez me preguntó: ‘¿Mami, y qué hago si la chica no quiere que use preservativo?’. Para este tipo de dudas de los adolescentes deben existir profesionales preparados que nos ayuden a dar respuestas también a los adultos que nunca recibimos este tipo de educación”.
Hay quienes no creen, no necesitan o no están dispuestos a creer. Y hay quienes sí. Creen, pero no en una fe ciega. Hay una fe siglo XXI.

No fornicarás
Casi a contramano de la actual hegemonía mundial, José Luis Rodríguez Zapatero aprobó en España una ley de casamiento y adopción entre homosexuales y prepara otro proyecto que facilita el divorcio, entre otras avanzadas progresistas que provocaron fisuras con la Iglesia. Por eso, acorralado por la cantidad de frentes abiertos contra el Gobierno, el vocero de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino, le dio un sí, el 18 de enero pasado, a la Ministra de Sanidad, Elena Salgado. “Los preservativos tienen su contexto en una prevención integral y global del sida”, declaró. La postura recorrió el mundo como un avance histórico. Por 24 horas. Al otro día, la Iglesia católica española aclaró: “El uso del preservativo implica una conducta sexual inmoral” y, por si quedaba alguna duda, que “no es posible aconsejar el uso del preservativo”. En tanto, Javier Lozano Barragán, Ministro de Sanidad del Vaticano, enfatizó: “El sexto mandamiento lo dice claramente: ‘No fornicar’. Y ésta no es una posición negativa, sino que lo hacemos para defender la vida”.
La fallida renovación generó más reacciones adversas de las que nunca se habían volcado explícitamente contra el Vaticano. “Lo que parecía un paso de la Iglesia Católica con la bota de siete leguas del gigante del cuento para salir de la caverna y adaptarse a la modernidad ha quedado en agua de borrajas. ¿Acaso la supervivencia de la Iglesia Católica no vale un condón?”, se preguntaba Mario Vargas Llosa en un artículo publicado en La Nación. Mientras que el diario español El País se pronunció en un editorial: “Una moral sexual que anteponga los principios a la persona y cierre los ojos a la amenaza del sida es inhumana. Si valiéndose de su influencia, la Iglesia insiste en oponerse o condicionar las políticas preventivas del Estado sobre el sida, además de interferir en un asunto que no le compete, se situará en una situación insostenible, pues su actitud puede constituir un grave riesgo para la salud pública”.
Ante estas repercusiones, el papa Juan Pablo II fue más lejos y criticó “la mentalidad inspirada en el laicismo”, que se está difundiendo en España. “Siempre he tenido mucho respeto por la Iglesia. Pero hace ya tiempo que los españoles, en su gran mayoría, optaron por una sociedad laica y por la separación entre la Iglesia y el Estado”, se mostró firme Zapatero. Al mismo tiempo que abogaba por promover la castidad, el Papa pidió que la Iglesia se ocupara más de las víctimas del sida. El pastor Orlov objeta esa postura: “Primero, nadie es víctima del sida, como nadie es víctima de la gripe, pero ese vocabulario ya revela los prejuicios. Las personas viviendo con HIV no quieren compasión, ni lástima, piden justicia. Y la Iglesia tiene que ser la voz profética que denuncie todainjusticia, no porque les tenemos lástima, sino porque estamos construyendo un mundo más justo. Hoy nos preocupamos más por lo que pasa en las sábanas que por lo que pasa en la sociedad. Hay que recuperar el Evangelio y su herramienta transformadora, no conservadora”.
“Hay muchos católicos que tienen una postura distinta a la de la Iglesia
–enmarca el teólogo español Enrique Miret–. Acá el 80% de los ciudadanos se declaran católicos y el 40% practicantes, pero ni siquiera ellos siguen los mandatos de Roma porque tienen muy poco que ver con la realidad y con lo que creen los españoles.”
En la Argentina hay encuestas de opinión pública que marcan que, para la mayoría de la gente, ser religioso no significa seguir las ideas que predican las autoridades religiosas. El 88% de los porteños cree en Dios (y dentro de ellos, el 67% es católico, el 9% de otro credo y el 23% de ninguna religión en particular) e, incluso, el 33% una vez al mes o más frecuentemente va a la iglesia o al templo. Pero, junto con sus creencias, el 98% de los entrevistados está de acuerdo con que la educación sexual debe ser incorporada a los planes de estudio de todas las escuelas secundarias y el 96% respalda que el Estado lleve adelante campañas de prevención de vih-sida destinadas a la población adolescente con distribución de preservativo, según un sondeo realizado en agosto de 2004 por la socióloga Mónica Petracci, del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes).
“La Iglesia debe ponerse a trabajar urgente para poder aceptar lo que está ocurriendo y encontrar la forma elegante de cuidar a su gente. Tiene que ser muy rápido porque el sida hoy no nos da tiempo y la llegada de la Iglesia es enorme y su decisión va a cambiar la historia de esta pandemia. Yo los urjo a que se sumen y nos ayuden, estoy convencida de que tienen que estar sumamente preocupados porque sus propios fieles empiezan a ser los más vulnerables”, alienta Mónica, en alusión al aumento, en todo el mundo, de mujeres con vih.

El lugar de las mujeres
Mujeres. Otra palabra que parece obvia y que también, a esta altura, despierta polémicas. Porque, a diferencia de otros segmentos sociales, las religiones todavía relegan a las mujeres a un lugar muy inferior en sus estructuras. “La Iglesia católica debe darle más lugar a las mujeres”, sostiene Mónica. “Por un estado laico que respete la decisión de las mujeres”, es uno de los lemas de Católicas por el Derecho a Decidir.
“La tradición judeocristiana está basada en la culpa frente al placer y al goce y esto incluye el placer sexual –opina Nora Sliwkowicz, sexóloga y coordinadora del departamento de género y sexualidad de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires–. Por eso se toma la genitalidad sólo para la reproducción, no para un encuentro lúdico o divertido. Y la religión judía es tan machista como la católica.” El rabino Daniel Goldman reconoce esa crítica: “Las religiones occidentales son machistas. Pero creo que el gran desafío práctico está en democratizar el culto como expresión cultural de una sociedad cuyo paradigma de la sanidad debería ser lo ‘no sexista’. En el movimiento liberal judío hay mujeres rabinos, y en mi congregación las mujeres cumplen con las mismas funciones rituales que el varón”.
Dentro del catolicismo también hay ramas que luchan por el reconocimiento oficial de sacerdotisas, algo que –con los matices propios de cada credo- ya ocurre en otras religiones. La pastora Van Osdol, también mamá de Lía y de Daniel, explica: “En la Iglesia luterana tenemos una historia formidable de lucha por la igualdad de género. Estoincluye el uso del lenguaje inclusivo en las traducciones de la Biblia y en la misa y la superación de la violencia. Además tenemos mujeres obispas en muchas partes del mundo. Ni la amistad ni el amor verdaderoson posibles entre seres desiguales. Y en la Biblia está claro que tanto elvarón como lamujer estamos creados en imagen y semejanza de Dios. Igualmente, los cambios llevan tiempo”. La antropóloga Tarducci diferencia: “Hay religiones, como los luteranos o los metodistas, que han cambiado y aceptan pastoras. Pero otras no lo harán nunca porque la subordinación de las mujeres forma parte sustancial de su filosofía. En realidad, las iglesias fundamentalistas, y en ellas colocó a la católica, perdieron ante la secularización del mundo moderno, y si en una época para el Vaticano el enemigo era el comunismo, desde hace dos décadas se centran en la defensa de la familia y contra la ‘relajación de las costumbres’ expresada en la homosexualidad y el feminismo. En eso, su discurso es igual al de los protestantes que apoyan a Bush”.
“Cuando las Iglesiaspretenden intervenir en políticas de Estado e impedir la libertad que Dios nos dio, estamos jugandoy suplantando el rol de Dios –subraya Van Osdol–. Las consecuencias son caminos que conducena la muerte. Tenemos que apoyar la vida y en especial a las más perjudicadas dentro de lasociedadmachista, que son las mujeres, y en especial a las másperjudicadaseconómicamente.” En este sentido, Goldman remarca: “Las religiones deberían evolucionar y evolucionar significa reinterpretar los textos clásicos a la luz de la realidad que a cada generación le toca vivir. La religión es la tarea de exégesis espiritualpermanente”. En sintonía, Orlov propone hacer redes entre quienes creen en que la fe no es sinónimo de retrocesos. “Los fundamentalismos tienen un discurso hegemónico que no es propiedad de una sola religión ni de una sola cultura. Es evidente que están avanzando. La resistencia también tiene que ser transversal –sugiere–, porque hay mucha gente en todas las iglesias que piensa diferente.”

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