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Viernes, 18 de febrero de 2005

SOCIEDAD

Hijas de la isla

Maciel es un barrio al que el habla cotidiana insiste en identificar como isla aunque no lo sea, quizá dibujando con las palabras una geografía lejana y abandonada que se traza en los hechos. Entre elevados índices de desocupación, recuerdos vagos de una época dorada (debida al turismo sexual) y luchas cotidianas, las mujeres del lugar están (re)descubriendo las bondades de compartir charlas y organizarse, porque, dicen, “a lo mejor seamos nosotras las que tengamos que pegar el grito para que no nos dejen morir a todos en el olvido”.

Por Roxana Sanda

Un bote de cincuenta centavos separa La Boca de la isla Maciel, ese barrio tajeado por un brazo negro del Riachuelo nunca saneado y asfixiado por la propia historia, entre robos, muertos, prostitutas y hambre. Porque aunque allí hay tres comedores, uno que funciona en la escuela Nº 6 y otros dos en manos de punteros justicialistas, a las madres no les alcanza para darles de comer a sus hijos. En la mal llamada isla (hasta una guía Lumi da cuenta de eso), las mujeres apuran el paso ahí donde haya algún alimento porque, dicen, los planes que reciben del municipio de Avellaneda son escasos en recursos y dinero. De poco les sirve un bolsón semanal de comida cuando –hay que aclararlo– en esa entrega va un litro de leche que estirar durante por lo menos cinco días. “Hay madres con bebés, con tres, cuatro, seis hijos, que no tienen ni para arrancar, y ahí empiezan los problemas, los chicos andan desnutridos, no hay plata, la comida no está” enumera Andrea Romero, que vive con un Plan Trabajar, su marido y tres hijos: Fernanda, de 10 años, Belén, de 8, y Kevin, de 7.

Desde hace tiempo, Andrea observa con desdicha los cimbronazos que sacuden cortinas adentro esas casas ásperas de material y chapa, donde los hombres comulgan con la desocupación, los hijos se desbandan sin opciones y las mujeres desafían la mala estrella con algún plan bonaerense de 120 pesos que lograron arañar, porque ni ésos ni los puestos de manzaneras conforman. “Me amarga ver cómo los pibes se drogan, salen a robar o se lastiman entre ellos; me da miedo porque yo no quiero eso para mis hijos ni para mí.” Tanto motivo junto la decidió, junto con otras madres, a acompañar el anclaje de la Asociación Miguel Bru, que desde 2004 propone para cada sábado reuniones sin chicanas, talleres y debates en el club Tres de Febrero, una antigua caja de cemento de los años cincuenta que reivindicó su olvidada función social en esa rueda de mujeres, chicas y varones adolescentes descubriendo en el cruce de sus voces la posibilidad de construir sin tanto dolor. “Doña, ¿usted cree que puede salir algo de todo esto?” “¿Y? ¿Vio que acá no somos todos chorros, que también podemos hacer cosas buenas?” preguntan el Santa, que está por ser padre, y José, tragándose el mundo con esos ojos color agua.

El instante fundacional del barrio Maciel se sitúa en 1887, dos años después de fundado el partido al que pertenece, Avellaneda, y muchos antes que los que cuenta el distrito que la absorbió, Dock Sud. Para las estadísticas, sin el “docke” Maciel no existe, tanto que desde hace décadas las cifras poblacionales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos y de la Dirección Provincial de Estadísticas globalizan en el polo petroquímico toda información que provenga de ese otro lado del charco, pajonal a fines del siglo XIX, geografía de explotados en astilleros y frigoríficos como La Blanca, el Wilson o el Anglo, a principios del XX. Las crónicas obreras de la época relatan que el Anglo tenía apuntadores junto a las letrinas, que anotaban el número de chapa de los obreros y descontaban media hora del jornal a los que tardaban más de cinco minutos.En 1917 habilitó un galpón como albergue de desocupados, entre los que había esclavos negros traídos del Africa y que la empresa ocupaba como rompehuelgas. Los que trabajaban en la “cámara fría” caían como moscas por la tuberculosis. Los que lograban sobrevivir a esta vida se volcaban a las fondas, las casas de juego o a alguno de los 40 prostíbulos que ofrecían la compañía de mujeres a satisfacción y administraban un flujo constante de dinero por distribuir entre políticos de turno, cafishos y policías. Uno de los más célebres era El Farol Colorado, que albergaba a pupilas francesas y polacas secuestradas por la organización de trata y tráfico de mujeres Zwi Migdal. “Pero en esa época la prostitución era el centro económico de la isla. Todos los comercios vivían de las prostitutas: ellas compraban en el almacén, en la farmacia, en la tienda de ropa”, aclara María Echeverría, una militante de los derechos humanos con asiento en Dock Sud y los zapatos gastados de caminar las veredas del centro de la isla, los pasillos de la villa del fondo y las orillas del barrio San Martín, donde los perros se secan desde las tripas antes que meter la lengua en ese amasijo de riacho, brea y basura en el que cada día se arrojan 368.000 metros cúbicos de aguas servidas y las industrias escupen otros 88.500 metros cúbicos de un cóctel de metales pesados.

“¿Qué pasó en todo este tiempo? Que con Menem no quedaron ni las putas. Por allá atrás –María agita el brazo sobre su cabeza y ríe– habrá tres putas melancólicas, pero de aquéllo no quedó nada.” Y mucho menos, por cierto, los “oficios” anexados al trabajo sexual, como el de las palanganeras encargadas de cambiar el agua de esos recipientes enlozados con los que se higienizaban clientes y prostitutas. En la actualidad, las palanganas cotizan alto en anticuarios de San Telmo y el resabio de las mujeres que se advertían en los pasillos de las casitas sobrevive en ofertas callejeras y a la intemperie con “las chicas de la esquina”, como bautizó el barrio a un grupo de veinteañeras en situación de prostitución.

“Yo no tengo nombre”, habla una de ellas sonriente pero apurada. No hay nota, no hay tiempo. “Las esquinas no se dicen; total, las conocen todos”, concluye sin más.

–¿Y la policía?

–Y... ya se sabe cómo es esto. Con ellos arreglás o te corren.

La policía está ahí, siempre. Los vecinos explican que se ve de todo: patrulleros de las comisarías tercera, primera, pero lo que más se ve brillar son “las cacerolas” del Comando de Patrullas de Avellaneda, porque Isla Maciel es territorio considerado “de riesgo”. “En una de las oficinas de la tercera hay un mapa del partido con puntos rojos y azules. Habíamos ido a pedir por un chico que se llevaron y el comisario me dijo ‘¿ve ahí, donde está lleno de puntos rojos? Bueno, ésa es la Isla Maciel’. Entonces supe que las áreas que ellos definen como más peligrosas las recorre el Comando de Patrullas, pero también confirmé mis sospechas de un plan sistemático de exterminio sobre estos jóvenes”, desliza María. En la isla, son pocas las mujeres que no tengan hijo, marido o hermano complicado de alguna manera por la ley y son muchas las que rezan por algún hombre muerto en la familia. Nombres fusilados por otros nombres de policías; víctimas de gatillo fácil como Omar Lencinas, de 24 años, que en 1992 cayó con un balazo en la nuca. O Diego Pavón, fusilado por policías en 1995 y a los 13. O Luis Alberto del Puerto y Oscar Alberto Maidana, muertos en 2001 en un cerco policial. Las encerronas continuaron sobre las familias de esos finados, sobre sus amigos y sus madres. Algunas, como Juana del Puerto, Lucía Maidana y Victoria Cardozo, decidieron crear una Comisión de Derechos Humanos que fracture la muerte sistemática, los abusos y las torturas policiales.

“El año pasado le presentamos a (el ministro de Seguridad León) Arslanian un informe en el que denunciamos 16 casos documentados de abuso en lacomisaría tercera de Avellaneda”, dicen las madres, que a partir de la comisión y del apoyo del taller de derecho popular que dan abogadas del Centro de Política Criminal (Cepoc) intentan unirse para sacar a sus hijos de la comisaría, reclamar en juzgados o rescatarlos de los institutos de menores.

–Y nos sostenemos entre todas –asegura Andrea–, porque es difícil estar peleando sola a las tres de la mañana, sabiendo que a tu hijo lo tienen preso y te lo niegan.

–¿No lo quieren largar?

–No, te niegan que tu hijo esté detenido ahí. El no está, ¿entendés? No existe.

Rocío es linda, linda. Lo que las abuelas dirían “toda una señorita”. Rocío tiene 15 años, el pelo tirante atado a la nuca, el porte erguido y una picardía mal disimulada que se le asoma en esa risa que tienen las personas alegres. Ella asiste a algunos talleres y a todas las reuniones de sábado con una carpeta, su compañía más valiosa desde que empezó a armar el listado de los chicos desnutridos de la isla. “Hasta ahora contabilizamos unos 35, con los papeles del centro de salud que certifican la desnutrición; son 19 mayores de seis años y el resto menores. Pero calculamos que en total deben ser cerca de cien chicos en esas condiciones.” Un dato ilustrativo: la doctora Olga Ramos, actual jefa del servicio de Nutrición y Diabetes del Hospital de Niños Pedro de Elizalde, relató que en 1962 se desempeñaba en el centro de salud de la isla, y ya en esa época había desnutrición aguda.

Por estos días las mujeres andan envalentonadas. Quieren inaugurar un comedor “que abra los fines de semana, porque de lunes a viernes la gente va a los que funcionan, pero los sábados y domingos no come nadie”. Entienden que sería un sitio donde las madres con hijos pequeños y las embarazadas obtengan su vianda. Sólo resta hallarle techo al proyecto.

Rocío ofrece espacio en la junta vecinal a la que asiste su papá. La mamá de Rocío –el mismo cabello tirante sobre la nuca, figura encarnada en madraza– advierte sobre lugares difíciles o alianzas no recomendables. Guadalupe avisa que en el fondo de su casa hay una construcción que sólo ruega por techo de chapas, “pero tengo un freezer y la cocina se la compramos a los botelleros”. Los chicos quieren alquilar, cocinarían a leña si fuera preciso. El asunto es remontar la urgencia. A propósito, en Sin Censura: la famosa Isla Maciel, el periódico surgido del taller de periodismo –que dicta María Eugenia Ludueña– una de las mujeres participantes, Miriam Monzón, traza un plano exacto del hambre, la desidia y la vida. “En estas cuadras todo es más barato: las salchichas, el café y la ropa. Pero en el fondo de la isla, donde viví hasta hace un año, la vida para los jóvenes carece de sentido: de lunes a lunes, siempre es lo mismo. Se levantan a las 11, desayunan pan con mate, se sientan adelante hasta que les agarra hambre, almuerzan un guiso, duermen, vuelven a comer y salen durante toda la noche. No hay trabajo acá adentro, más que en las remiserías. Casi todos tienen planes sociales: limpian la plaza o barren las calles. Mi marido trabaja afuera de la isla. El creció acá y ni loco se va. Los pibes lo respetan. Pero es muy difícil conseguir un trabajo... cuando se enteran de que vivís acá. A pesar de todo esto yo tengo un sueño: que la isla vuelva a ser como antes, cuando nuestros familiares y amigos podían entrar y salir sin que tengamos que hacerles una custodia personal.”

A Antonia Portaneri sus compañeros de la Asociación no le ofrecieron resistencia a la propuesta de iniciar un taller de género en la isla, aunque sí debió explicarlo “un rato” a algunos y discutirlo con fervor ante otros que intentaban retrucarle con una problemática de clases antesque de género. En vano: está acostumbrada a replicar hasta el hartazgo que cuestiones como violencia, abuso, aborto y anticoncepción “cruzan a todas las mujeres, sin distinción de clases. En el contexto de la isla, con una participación femenina tan alta, no podía faltar este taller como espacio propio donde hablar acerca de esa violencia particular que sufren las mujeres y algo que fuera sólo para ellas les interesó muchísimo”. Sábado por medio, unas quince mujeres, adultas y adolescentes, ensayan la tarea nada sencilla de mirarse a los ojos y poner al desnudo situaciones íntimas que no desean que otros conozcan. A diferencia del resto de los talleres que brinda la Asociación, en el de género las palabras salen apretadas, a los empellones, da la impresión que cuesta tomar aire y exhalar una explicación de los conflictos privados o la violencia. “Saben que esas cosas pasan, pero no les resulta fácil pensarlo –dice Portaneri– y a la vez es muy fuerte porque empiezan a contar cosas que les parecen naturales y desde ya que no lo son.”

–¿De qué hablan?

–Nosotras hablamos de sexualidad.

–Hablamos del aborto, que acá pasa bastante.

–Hablamos del sexo. De la violación.

–¡Pero acá violación no hubo nunca! Pinta una de otro lado, de repente.

–Sí que hubo violación.

–¿A quién? (dicen un nombre).

–¡Si era la novia del pibe que se lo hizo!

–Pero la piba dijo que la violó.

–Ah, bueno, pero si era pareja no puede decir nada.

Algunas de las chicas aseguran que cuando se inició el taller empezaron a organizar el pensamiento. “Hablar de sexualidad nos ordenó un poco la cabeza, comenzamos a tener información que antes no teníamos y a entender que la violencia también puede estar dentro de casa.”

–A mí el padre de mi hija me recagaba a palos.

–Están drogados y les pegan a las mujeres...

–Este me pegaba careta. Ahora, por suerte, hablamos todo piola, terminó todo bien.

–¿Volvieron a estar juntos?

–No estamos juntos. No quiero estar más.

“Están pasando con gran esfuerzo desde un proceso social hacia otro político y comienzan a entender que son sujetos de derecho”, y a discutir la necesidad de acceder a la Justicia, a una organización popular, a la salud, a los métodos anticonceptivos, a negarse a situaciones que las ponen contra las cuerdas de su propia integridad, señala Portaneri.

–¿Cuando la mujer no tiene ganas y el hombre la agarra de prepo es violación?

–Llega la noche y las mujeres estamos cansadas por la casa, los chicos y el hombre por ahí te quiere joder y te agarra de prepo.

–De esas historias saltan los embarazos y después los abortos.

–El no se quería cuidar y no dejaba que me cuidara, pero yo me cuidaba a escondidas.

–Es que lo más coherente sería que entre la pareja decidan cómo cuidarse. Hay mujeres que se cuidan porque no quieren tener más hijos, pero al hombre le conviene que siga teniendo para atar a la mujer en la casa y que no tenga libertad.

Para ellas no existe un significado preciso de lo que supone ser mujer en la isla, ni siquiera les interesa encontrarlo. Sí las desvela, en cambio, sacudirse ese estigma de condenados que parece sobrevolar su historia y las de sus seres queridos. “¿Ves el pilote sobre el agua? Arriba le pusieron ese mantelito de puntillas que ahora está roñoso y una cabeza de muñeco”, señala una de las chicas sin nombre. “Yo creo que es un altar que hizo una piba o que se lo hicieron a ella, no estoy segura. Pero cada vezque lo miro pienso que lo pusieron ahí para avisar a los que llegan que ‘a esta isla la cuidan las mujeres’. Qué sé yo, a lo mejor es así, nomás. A lo mejor seamos nosotras las que tengamos que pegar el grito para que no nos dejen morir a todos en el olvido.”

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Andrea Romero y Yesica Baez.
 
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