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Viernes, 18 de febrero de 2005

TEATRO

Seducida por el riesgo

Ella soñaba con hacer Antígona, pero José María Muscari le ofreció interpretar a Electra en una personal versión de la tragedia de Sófocles. Y Carolina Fal aceptó a ojos cerrados, dispuesta a correr todos los riesgos. Ahora está encantadísima de haber asumido el compromiso de protagonizar Electra Shock, que finalmente se estrena en el Lorange.

 Por Moira Soto

En este preciso momento, toda ella –con su pelo largo aclarado, botas cortas blancas, vestidito negro de breteles y un agua mineral en la mano– está concertada en Electra Shock, la libérrima versión de la tragedia de Sófocles que dirige el joven y prolífico José María Muscari. Después de varias postergaciones por no concretarse la habilitación de la Ciudad Cultural Konex, la obra se presentará en el teatro Lorange, con funciones regulares de jueves a domingo. A Carolina Fal, más allá de la ansiedad inevitable frente al estreno de prensa que tendrá lugar el martes, se le trasluce el júbilo que le procura esta nueva y arriesgada experiencia a la que se ha lanzado, casi se podría decir precipitado, incondicionalmente.

En el último par de años, Fal estuvo descollante en la televisión, el teatro y el cine: fue Martina, la madre determinada a vengar la muerte de su hijito en la añorada novela Resistiré; Catherine, la sobrina de Eddie Carbone en Panorama desde el puente, en el San Martín, bajo la refrescante mirada de Luciano Suardi, y la tristísima Nena de Monobloc, la excepcional película de Luis Ortega, coprotagonizada por Graciela Borges y Rita Cortese, que se estrenará en la próxima temporada y cuyo guión fue escrito por la propia Carolina Fal. Pero la actriz prefiere hablar del presente inmediato: “Es que me desprendo muy fácilmente de las cosas que hago. Me parece que es sano. Tampoco guardo ninguna de las notas que me hacen. Apenas las miro por arriba para ver si no me desfiguraron mucho, y las tiro. Respecto de los trabajos, no significa que no los quiera, que no los haya valorado. Pero no los arrastro: la nostalgia es un sentimiento que no me atrae. Por supuesto que en el caso de Resistiré se produjo ese vacío de no trabajar todos los días, de no volver a encontrarme con ese grupo en que se había generado tanto afecto... Además, en casos así surge la pregunta sobre lo que vendrá después. Sobre todo si, como sucedió con esa novela, te queda un buen sabor y deseás que lo que ocurra luego sea mejor... Esa es la parte más difícil de cumplir acá en la televisión: quizá pasen años y años hasta que suceda algo tan especial”.

Hondamente conmovida por la muerte de Carlos Gandolfo, Fal comenta que leyó en el diario El País, de Madrid, “una nota escrita por un actor, Juan Echanove, sobre la desaparición de Henry Miller. Y aparte de mi propio sentimiento por Miller, me emocionó mucho ese texto porque las cosas que decía Echanove expresaban mis emociones respecto de Gandolfo cuando comprendí que ya no iba a estar más: no me había imaginado nunca el mundo sin él... Una fuente de sabiduría de la que pude tomar, por suerte. Y el agua que tomé la tengo adentro, incorporada, la muerte no me la puede arrebatar. Nadie me quita este tesoro. Hoy pensaba que eso es el amor en el sentido más puro: alguien que te da conocimiento, que te enseña. El fue la persona que me dio las primeras cachetadas sobre el oficio, que me hizo dudar, cuestionarme. La persona que más preguntas me llevó a hacerme en lo que concierne a la profesión de actriz. Que más miedo me hizo sentir, pero también que más me ayudó a encontrarme conmigo misma. A veces me pregunto qué habría sido de mí de no tener la suerte de encontrarme con ciertas personas, en qué manos habría caído...”.

Electra en vez de Antígona

“Siempre tuve la idea de hacer Antígona, nunca se me había ocurrido Electra, la verdad”, admite sonriente. “Pero no bien me llamó José para hacerla, no dudé. Ni siquiera leí su adaptación antes de darle el sí. Quería trabajar con él desde hace rato: no pude hacer Desangradas en glamour porque se extendió la temporada de Oleanna, la pieza de Mamet que hice en el San Martín. Tenía la intuición de que él iba a sacar algo de mí que nunca había aflorado, cosa que efectivamente hizo: una mirada más insolente, menos formal frente al teatro. Me llevó a romper con un estilo de puestas en las que fui dirigida hasta ahora, y que nada tienen que ver con esta de Electra Shock. Creo que andaba necesitando toda esa irreverencia. Sabía que él iba a hacer una locura y quise trabajar directamente con la adaptación, no volví a leer el original para evitar las comparaciones. Quería ponerme en sus manos, con total disponibilidad. A mí me seduce mucho este tipo de riesgos. No pregunté nada, lo único que deseaba era ir a poner el cuerpo. Había visto otras obras de él y quería hacer la experiencia.”

–¿Entraste realmente sin vueltas y sin temores en su juego?

–Al principio me resultó fuerte, te puede dar un poco de miedo lo que él propone: empezar de entrada con marcaciones muy exteriores, muy desde la forma. Si me hubieses preguntado en ese primer momento el sentido de algo, no habría sabido responderte. No porque no existiera ese sentido, pero apareció después. El arranque fue sacarme la vergüenza, tirarme a la pileta y hacer todo al revés de mis experiencias anteriores. Desaprender, digamos. Creo que fue muy bueno empezar del lado contrario al habitual.

–Tu entusiasmo resulta contagioso.

–Es que estoy muy contenta. Me pasa algo para mí inédito: me da mucha alegría hacer la tragedia. Me resulta enormemente liberador, aunque tenga que transitar zonas de dolor, de furia. Me gusta que tenga música, que terminemos todos bailando. Me voy del ensayo bien, como si algo se disipara. Habitualmente, los actores salimos de hacer una obra de teatro y necesitamos ir a comer, a tomar un café, nadie se puede ir enseguida a su casa a dormir. Quedás como con una carga adentro. Y acá el baile final disuelve eso.

–¿Dirías que Muscari encontró otra manera de producir la catarsis, es decir, la purificación?

–Sí, logró algo absolutamente purificador. También me pasan otras cosas diferentes en esta puesta: por ejemplo, hay un momento en que tengo que mirar al público, cosa que yo no había hecho nunca antes. Y entonces me miro con alguien, hago realmente contacto. Es un momento muy intenso, de una gran integridad, porque la persona que me mira está en cierto sentido totalmente desnuda. Tan asustada como yo que la estoy mirando, y que me asusto porque me está entrando esa mirada y se produce una pausa, chiquita, aunque yo siga con lo que tengo que decir. Pero lo que siento es que se abre una grieta, y que vuelvo a la escena modificada, con esa mirada adentro. Es muy, muy lindo. Me tienta mucho detenerme ahí, tengo miedo de quedarme porque es un espacio de mucha pureza para mí. Esto es algo que no te ocurre cuando estás hablando normalmente con alguien, nunca te mirás de esta manera. Aquí la agarro in fraganti a la persona, y a la vez yo estoy indefensa... como siempre en el escenario. Por eso, porque es un momento de tanta verdad resulta tentador instalarse.

–¿Por qué Electra necesita tanto de Orestes para llevar a cabo su venganza?

–Ella también espera al hermano en la versión de José, pero yo mato a Egisto, y Orestes a Clitemnestra, la madre. Me preguntaba si Electra necesita familia para matar a su familia. Si hay algo que la detiene por grande que sea su sed de venganza. Algo que no le permite matar a su sangre, acaso necesita compartir esa responsabilidad, alguien que laapruebe. Hay una debilidad en Electra dentro de su fortaleza. En cierta forma, es un animalito herido. Está agotada, envenenada. Está con un dolor elevado a la enésima potencia que le está atenazando el estómago permanentemente, no puede salir de ahí. Presa de un dolor, ella es como una llaga viva.

–¿La venganza como una forma de la pasión?

–Sí, una obsesión implacable: vengar la muerte de su padre, la traición de su madre. Desde el principio, me imaginé a Electra como una princesa llena de moretones. Una princesita moretoneada, tan distinta de Crisótemis, la hermana. Me gusta mucho trabajar con la actriz que la interpreta, Julieta Vallina. Me emociona, entiendo por qué me gusta actuar. Entra ella y yo descanso. Es decir, encuentro apoyo, me siento a salvo. Porque una puede llevarse bien en el escenario pero esta química raras veces se da. Me pasa que mientras estoy actuando pienso “uy, qué bien le salió esta vez esa parte”. Y me encanta que suceda esto. Ahí se me cruza Gandolfo cuando me decía: “Ya vas a poder incorporar todo, ya vas a poder pensar en el escenario”. Hoy leí un concepto que me impactó en un libro de Eugenio Barba: él dice que el actor debe hacer un boquete en la coraza de la técnica. Hay momentos mágicos en que eso ocurre.

–¿Esta experiencia te llegó en un momento propicio para trabajar sin red?

–Quizá sí. Porque hay un miedo de trabajar sin red, de arriesgarse a lo desconocido. Pero ese miedo duró una semana, después se convirtió en puro goce. En la primera hoja de un diario íntimo escribí a los trece años, con grandes letras y marcador especial “Yo amo el teatro”. Ahora vuelvo a sentir lo mismo, haciendo algo que tiene que ver con el show, que nunca había hecho.

–¿Te has preguntado cómo serían las funciones en la Antigua Grecia, en esos anfiteatros enormes ocupados por un público bien popular?

–Me encantaría que algo de ese clima volviera. Esa cantidad de gente mirando y participando. Qué bueno, me imagino a un público con ojos más sorprendidos que el de ahora. Con ojos más hambrientos, menos cargados de prejuicios, más vírgenes y receptivos. A la vez, ese teatro en Grecia tenía algo que ver con lo sagrado, sin dejar de tratar temas tan humanos, existencia. En el caso de Electra, a través de una familia bastante desquiciada. De locos (risas).

–¿Creés que la relación de Electra con su padre tiene rasgos incestuosos?

–Si bien esta adaptación de José empieza con un monólogo que alude a las implicaciones de esa relación, yo nunca la pensé por ese lado. Siempre me pareció lo menos interesante del mundo ponerme a averiguar si era incestuosa o no.

–De todos modos, en esta puesta aparece explicitado, puesto en evidencia ese erotismo que suele circular subterráneamente en las familias...

–Sí, en la familia de Electra hay un erotismo que esta puesta pone al descubierto. En ese sentido, es una familia promiscua. Ese aspecto está exteriorizado, casi satirizado diría.

Electra Shock, en el Teatro Lorange, Corrientes 1372, 4373-2411, jueves a las 21, viernes a las 23, sábados a las 23 y a las 0.30 (en la trasnoche funciona el 2 por 1) y domingos a las 19, entradas desde $ 15.

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