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Viernes, 26 de mayo de 2006

LIBROS

Conjuros contra el tiempo

La edición de textos inéditos de Silvina Ocampo (Invenciones del recuerdo y Las repeticiones y otros relatos, Sudamericana) permite espiar a través de sus ojos –y de la memoria de su olfato, tan precisamente anclado a la infancia– el modo en que ayuda a construir una gramática de la niñez: ritos, tabúes, prejuicios, miedos, ángeles guardianes, golosinas y asombro que no duermen nunca. Un universo tan inquietante como dramático que para colmo podría hallarse en la propia memoria.

 Por Liliana Viola

“Siempre hay un momento en la infancia en que una puerta se abre y deja entrar al futuro”, advirtió el escritor inglés Graham Greene. Y no resulta difícil suponer a Silvina Ocampo detrás de esa puerta, como una loca pequeña con sus trenzas largas y vestido almidonado jugueteando a entreabrirla o a trabarla con zapatito Guillermina y medias blancas. Espiar, dejarse tragar por el futuro y regresar en harapos. “Para mí eran horribles las fiestas. Se esmeraban en hacerme unas largas trenzas. Luego me las planchaban. Yo las dejaba hacer... Y finalmente me quedaba un pelo precioso. Todo el mundo decía: ‘¡Pero qué bonito pelo tiene esta chica!’” Atolondrada, camina por pasadizos y corredores en su casa natal de Viamonte 550 para visitar a sus cuatro tías solteras o a los canarios, hacer de hija menor entre 24 balcones sin contar las buhardillas; refugiarse entre criadas, ironías de su clase, clases de pintura, un matrimonio, anteojos parecidos a los de su hermana Victoria, la traducción de autores –como el mismo Greene, De Quincey, Emily Dickinson– que también auscultaron la niñez. Su particularidad frente a la mayoría de los intentos de acercarse a la edad misteriosa es que consiguió liberarse de dos clásicas condenas: la nostalgia por el Edén perdido que atormentaba a Proust y donde seguramente reside todavía El Principito, o la furia que le hacía declamar al viejo Lewis Carroll: “Por nada del mundo volvería a vivir aquellos años”. Cuando ella recuerda su propia niñez, escribe en tercera persona como reconociendo que para hablar en serio de una misma cuando fue chica, hay que aceptar partirse en dos. Y una vez pasada esta prueba, comparte con todos los memoriosos los tópicos de la infancia. Por ejemplo, aparece también el relato sobre los dibujos malentendidos por los adultos que tanto hicieron sufrir a Saint-Exupéry. Pero la pequeña Silvina, que luego del rechazo de su obra no se hizo aviadora sino que estudió pintura en París con Giorgio De Chirico y Fernand Leger, nos presenta el camino inverso al del pobre niño de seis años que dibujaba elefantes y no sombreros: “Un día descubrió que una hoja de papel carbónico / podía obrar milagros. / Calcó una bailarina tan mal, /que todo el mundo creyó que no la había calcado,/ sino más bien que era un engendro de su imaginación./ Vio que la hoja con su desdichado dibujo / pasaba de mano en mano. Luego, enardecida por el éxito,/ calcó un caballo”.

¡Oh infancia, oh amiga!

Apostada en este incierto umbral, a pesar de reconocer en entrevistas que sufrió mucho “por ser tan sensible sin que ninguno de los grandes de la casa se diera cuenta”, Silvina Ocampo convida a los lectores con un banquete: el instante justo en que la candidez se topa con la otra parte. Si se produce una catástrofe, también hay celebración. Como cuando los chicos aplauden los golpes de los payasos o despiden con pañuelos a los que se van al cielo. Clodomira, la planchadora que aparece en su primer libro de cuentos, sonríe recordando la angustia que le causaban los acróbatas del circo y siente ganas de aplaudir cuando sus dos hijos se arrojan desde un tercer piso y caen aplastados contra el suelo del patio. La mayoría de sus personajes son infantes, si no son víctimas o victimarios de infantes, o conviven con cunas vacías. En una crítica ante la aparición de su libro de cuentos llamado La furia, en 1959, Abelardo Castillo enumeraba con cierta saña y también con precisión el elenco de Silvina: “Los niños de Silvina Ocampo, que acaso ocultan (o denuncian) la Divinidad, son espantosos. Es cierto. Hay niñitos que asesinan al abuelo (El vástago) y que, corriendo el tiempo, son el abuelo. Niños brujos (Los amigos) que ocasionan cataclismos y, rezándole al Demonio, perpetran la muerte abominable del amiguito. Hay, también, alguna niña (El vestido de terciopelo) que se divierte muchísimo y dice qué risa: a la madre la estrangula un dragón estampado; párvulos piromaníacos (Voz en el teléfono), quienes, encerrando a la gente en un cuarto, juegan, encantadores, a prender fuego a los papeles previamente apilados junto a la puerta con la inmediata defunción –por incendio– de todas sus mamás. Alguna otra niña (La boda) desliza arañas venenosas en el rodete de una contrayente, quien, fulminada por la ponzoña, muere en la iglesia. Hay paralíticos y pitonisas. Hay, además, niños meramente espectadores: observan atentos cómo, en una tintorería, la gente mayor plancha con prolijidad a un jorobadito. Desdichadamente, el jorobadito se rompe”.

Tanto sus cuentos como sus poemas habitan en lo fantástico pero rondan también lo que cualquier adulto acusaría como “el disparate”. Y esto se debe a que las leyes de sus relatos son las leyes propias de ese reino animal o vegetal en el que las personas guardaron sus secretos antes de crecer. En fin, la literatura de Silvina Ocampo, contribuye, como lo hacen los cuentos de Oscar Wilde, los recuerdos de Tolstoi, la obra completa de Hans Christian Andersen, incluso la rabiosa pero ingenua carta de Kafka a su padre, a construir una gramática de la niñez: ritos, tabúes, prejuicios, miedos, un ángel guardián, golosinas y asombro que no duermen nunca. “Podré olvidar muchas experiencias de la vida, pero no las de la infancia –decía en una entrevista de 1979–. Siempre recuerdo esos versos que dicen: ‘¡Oh infancia, oh amiga!’ Nuestra infancia es ciertamente nuestra amiga, pero nosotros no fuimos amigos de nuestra infancia porque entonces no existíamos como somos ahora. Aquel ser desvalido que fuimos a veces nos conmueve porque nadie pudo comprenderlo del todo salvo nosotros, que todavía no estábamos a su lado.”

Lo real siempre es más raro

La editorial Sudamericana acaba de publicar un texto inédito en el que se puede leer cómo la autora hizo todo lo posible por sentarse al lado de su infancia, aunque fuera a destiempo, y consolarla, reanimarla, mostrarle su sincera amistad. El libro se llama Invenciones del recuerdo y es una especie de arqueología de sus primeros años escrita en verso libre. Este libro editado a más de diez años de su muerte entabla un diálogo directo con el primero que ella misma publicó en 1937 y cuyo título parece justamente su reverso a través de un espejo: Viaje olvidado. Esa primera edición constituía a simple vista una serie de cuentos fantásticos, pero, alejándose un poco, como aconsejan hacer con los cuadros impresionistas, se aparecían como recuerdos de la infancia de las hermanas Ocampo, distorsionados y salvajes. Victoria le dio una tibia bienvenida con su clásico tono de quien comete una infidencia: “Estos recuerdos, relatados bajo forma de cuentos y mezclados de abundantes invenciones, habrían podido ser los míos; pero eran distintos, muy distintos de tono. Desde el fondo de un pasado común, vivido en la misma casa, inclinado sobre el mismo catecismo, abrigado por los mismos árboles y las mismas miradas, estos recuerdos me lanzaban señales en el lenguaje cifrado de la infancia, que es el del sueño y el de la poesía. Cada página aludía a cosas, a seres conocidos, en medio de cosas y de seres desconocidos, como en nuestros sueños. Este juego de escondite, esta coalición de una realidad que se ha vuelto irreal y un sueño que se ha vuelto realidad nunca me ha impresionado tanto como en el Viaje olvidado. Precisamente porque conociendo el lado de la realidad e ignorando la deformación que esa realidad había sufrido al mirarse en otros ojos que en los míos, me encontré por primera vez en presencia de un fenómeno singular: la aparición de una persona disfrazada de sí misma”.

En el prólogo de las hasta hoy desconocidas Invenciones del recuerdo señala Ernesto Montequín, el editor de estos textos recuperados entre cajas y múltiples versiones corregidas, que el libro está compuesto por fragmentos escritos en distintas épocas: los primeros, alrededor de 1960, los últimos en 1987, y que algunos de los episodios ya habían sido mencionados en otros cuentos y poemas. Ella misma alguna vez definió este trabajo que no pensaba publicar como una “historia prenatal”. Porque lejos de todo impulso confesional, propio de las memorias y diarios íntimos, parece estar guiada por el afán de descubrir y retener la experiencias que forjaron su imaginación. “¿Para qué sirve inventar?”, anuncia en los primeros versos, a modo de pacto secreto con la verdad; y luego agrega: “Lo real es más raro”. Y a partir de esta premisa, este libro se lanza a reconstruir los fragmentos del raro universo infantil. Como en un viejo catálogo, aparecen las marcas de la educación de las niñas, los prejuicios de clase, los modales, las travesuras y las emociones de las familias modelo de principios de siglo. “Y el veinticinco de mayo azul en los balcones/ de la calle Florida/ cuando la bandera al pasar,/ llevada por algún soldado serio/ no sabía por qué le daban ganas de llorar/ durante los desfiles militares.” Pero a su vez, el mismo inventario tan poético como atemporal nos despliega las habilidades que todos tenemos, siempre y cuando no se haya abierto la puerta de la que hablaba Graham Greene. Para empezar: la capacidad única de la infancia para definir a la gente, los horarios y las casas según los olores: “Y la maestra de baile olía a talco de violetas sudado; y el confesor, a cepillo húmedo, y la maestra de labor, a sémola tibia, y la maestra de piano, enana, a tecla de marfil”. Otra habilidad, otorgarles dignidad a los objetos: “Eran animales domésticos esas alfombras que dormían enrolladas/ los muebles y las arañas, vestidos de fantasmas!”. “Los abanicos que nadie la prestaba eran como mariposas:/ abrir y cerrarlos mal era un crimen.” Y también a las partes del cuerpo, capaces de redimir a sus dueños aun cuando éstos fueran unas tías horrendas con cara de nuez pelada o de orejón amarillento: “Como dije anteriormente,/ los pies calzados con botines o con zapatillas/ de cualquiera de las dos tías abuelas/ eran más humanos que ellas mismas./ Los había observado debajo de las mesas, / cuando alejados de las conversaciones triviales/ tenían un diálogo arcano, lleno de brillo y de signos/ que interpretaba a su modo, /cuando nerviosos se agitaban diciendo no o diciendo sí,/ tal vez, o puede ser, o nunca”. Este largo poema que se extiende en unas 180 páginas coloca en primer plano lo que por costumbre o por descuido habíamos dejado en el segundo. Nos pone de nuevo en contacto con los sufrimientos exquisitos e inexplicables de la niñez: “Dios nos da demasiadas cosas./ Desatendemos sus dones/ por eso nos castiga”.

La naranja maravillosa

Invenciones del recuerdo integra una colección que ya cuenta con otro título, Las repeticiones y otros relatos inéditos y que anuncia una novela desconocida, La promesa y ejércitos de la oscuridad. A su vez la misma editorial acaba de reeditar uno de sus más conocidos libros para niños: La naranja maravillosa. Silvina Ocampo escribió tanto para adultos como para chicos. Es autora de El cofre volante y El tobogán, por solo nombrar algunos. La crítica la ha destacado por su osadía de eludir a los niños y niñas rozagantes y bondadosos, por “ir en búsqueda de lectores dispuestos a aceptar lo inaceptable, a vivir en un estado permanente de suspensión de la incredulidad, sin que los aliente la promesa de recompensas, ni los intimide la amenaza de aventuras aleccionadoras”. No es ésa su gran originalidad teniendo en cuenta la tradición de la literatura anglosajona del siglo XX en los que Edith Nesbit o Roald Dahl ya hicieron de las suyas. Si bien Silvina Ocampo para niños sigue siendo la misma, agrega ciertos gestos: escribe con la impaciencia con la que un niño lee, breve y resumido, no explica su mirada deformada de las cosas y aunque juegue con el humor negro protege a sus pequeños lectores con finales felices. Lilia y Violeta, esas chicas tan parecidas, por ejemplo, terminarán partidas por un rayo mientras sus ángeles guardianes estaban distraídos en cuidarlas de los resfríos. Pero luego llegarán juntas al cielo y desde allí, convertidas en ángeles, se dedicarán a proteger al par de ineficaces guardianes que fallaron. Y el malvado padrino del pobre huérfano (El amigo de Gabriel) al final del cuento dará su vida por hallar al puma que tanto deseaba el niño y en las dos últimas líneas va a redimirse sin mentir: “Gabriel y el puma volvieron a trabajar en el circo, pero durante las vacaciones iban a Copina con el padrino, que para no quedar solo, trató de ser muy bueno”.

Se podría inferir por las anécdotas, las biografías y estos últimos textos recobrados que todo empieza y termina en los primeros días. No sólo los temas, sino también los rasgos de su estilo. Dice en otra entrevista: “Mi primer cuento jamás se publicó. Era una nena cuando lo escribí. Mi profesora de inglés me había encargado una composición y yo inventé una historia de dos príncipes encerrados en una torre. Era larguísima. Llené 12 cuadernos. La profesora quedó admirada y asustada por la extensión. Me dijo: ‘Esto no se debe hacer. No hay que escribir tanto. Es muy caro. Se gasta mucho papel, mucha tinta, muchas plumas mucho tiempo para leerlo’. Desde entonces comprendí que la literatura debía ser barata y, por eso, había que escribir corto. Por eso mis cuentos, en general, son breves”.

¿Se debe culpar al mundo de los adultos por la brevedad de Silvina? O agradecer por eso y otras tantas cuestiones. Ninguna de las dos cosas se puede hacer con los maestros, las tías, los animales embalsamados, los que disfrutaron de escandalizar a niños y niñas. Silvina Ocampo hizo su trabajo, dejándolos a todos congelados en las acciones que creyeron perdidas: “No vio nada al principio, luego vio algo que no desearía haber visto./ Entre los pliegues blancos de una camisa, / tal vez, un perro recién nacido, / tal vez./ Inmediatamente dejó de mirar./ No tardó Chango en volver a entrar en su cuarto./ –¿Viste? ¿Te gustó? / Qué necesidad tenía de mostrarle un perro recién nacido por la cerradura de la puerta./ Si lo hacía era porque juzgaba el acto vergonzoso. / Lo miró de soslayo./ Algo que no era un perro recién nacido asomaba por los pliegues de su camisa,/ adentro del pantalón entreabierto”. Silvina Ocampo escribió todo el tiempo sobre la infancia y, cada vez que pudo, desde ella. Más allá de los futuros que irrumpan en cada lectura, hay algo en estos textos que nos vuelve a hacer coincidir con Graham Greene cuando decía, esta vez como un conjuro: “De todos modos, en el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad”.

Lo que falta en los recuerdos de infancia es la continuidad:
son como tarjetas postales,
sin fecha,
que cambiamos caprichosamente de lugar.
Algo se interrumpe y se corta para siempre.
Creo no equivocarme
al colocar aquí los preparativos de su primera comunión,
las clases de catecismo en la iglesia de la parroquia.
En aquellos días, su amiga predilecta, Agata,
jugaba continuamente con ella.
La perspectiva de tomar la primera comunión juntas
las unía más que de costumbre.
Le gustaba ser su cómplice en las mentiras
o en las desobediencias,
pasar de grado juntas,
usar los últimos zapatos sobre todo,
y los mismos libros de estudio.
Siendo sus hermanas todas mucho mayores,
salvo su hermano que había muerto,
se sentía muy sola.
Agata se volvía importante para ella,
por el mero hecho de tener su edad.

Invenciones del recuerdo, Ed. Sudamericana.

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Tres dibujos realizados Silvina O. entre 1935 y 1984 y un retrato tomado por Adolfo Bioy Casares
 
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