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Viernes, 20 de octubre de 2006

MEMORIA

El pasado en presente

A principios de la década del ‘80, el Movimiento Solidario de Salud Mental asistió a hijas e hijos de víctimas del terrorismo de Estado, una experiencia pionera que luego quedó en el olvido. Ahora acaba de ser reflotada en un libro por la Dirección de Derechos de Personas y Grupos Vulnerables (de la Secretaría de Derechos Humanos), a cargo de Victoria Martínez.

 Por Roxana Sandá

El área de los derechos humanos no es un área cómoda en la realidad argentina. Nadie pretende comodidad en materia tan necesariamente militante. Se diría que es incómoda por lo menos en dos sentidos. En primer término, somos los que no queremos olvidar, los que importunamos, con la memoria de los hechos terribles contra la condición humana. Pero es también incómodo sostenerse y sostener nuestras tareas. ¡Quién quiere convivir próximo al horror y sus efectos! Solamente desde una convicción ética podemos hacerlo.” Esta reflexión del psicoanalista Fernando Ulloa prologaba en 1987 el libro Terrorismo de Estado. Efectos psicológicos en los niños, una compilación de artículos del Movimiento Solidario de Salud Mental que, a principios de los ’80, brindó asistencia psicológica a hijas e hijos de detenidos, desaparecidos y exiliados. A treinta años del golpe militar y sus despojos, que todavía asoman empecinados en desmantelarle a la sociedad el derecho a elaborar esa memoria “del horror”, como menciona Ulloa, la reedición del texto en septiembre último intenta “propiciar la reflexión sobre las consecuencias en los afectados directos y en la sociedad hasta hoy”, explica su compiladora, la psicóloga Victoria Martínez, que en la actualidad dirige el área de Derechos de Personas y Grupos Vulnerables, de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

“Era importante recuperar toda la producción que habían hecho los equipos asistenciales de los organismos de derechos humanos a principios de los ’80”, relata Martínez, que integró el Movimiento Solidario. “Esa gran producción se fue perdiendo a lo largo del tiempo por diferentes razones. Si el inicio de la democracia fue el boom para abordar estas cuestiones, con las leyes de obediencia debida y punto final, y con el indulto, aquello que había sido protagónico en la sociedad quedó cada vez más silenciado.”

–La memoria comenzó a incomodar.

–Sí, y provocó que incluso en los ámbitos universitarios, en la producción intelectual y en los profesionales que venían trabajando el tema, se fuera desdibujando. El discurso imperante era tratar de silenciar todo esto, con lo cual tampoco existió esa transmisión generacional necesaria para que se retomara el tema. La reedición de este material es un intento por recuperar la memoria y generar el debate.

–Muchos de los textos que aparecen en el libro tienen una actualidad absoluta.

–Es que los efectos que vislumbramos como pronóstico de lo que iba a suceder se fueron dando y agravando: el silenciamiento social, los efectos en las y los jóvenes que iban haciéndose adultos y transformándose en madres y padres. Nos preocupaban mucho los padecimientos psíquicos que sufrían las víctimas directas, sobre todo los que en ese momento eran chicos. Y concluimos que si la sociedad no tomaba el tema como propio, como producto de una situación histórica o político-social, esto quedaba relegado a las víctimas directas. De alguna manera se estaba determinando a esas pibas y pibes a que fueran estandartes de la memoria, no se les permitió elaborar esa situación de pérdida de sus padres desde un lugar individual más primario.

–Los efectos sobre la sociedad también fueron devastadores, al punto de contaminar aún hoy la vida cotidiana.

–Sobre todo en el tema de la impunidad. ¿Qué pasa con una sociedad que ha tolerado esta circunstancia y ha hecho la vista gorda? Eso fue generando impunidades en distintos estamentos sociales. Uno de los mayores problemas que tenemos, y que se les ha transmitido como mensaje a las nuevas generaciones, es que no hay consecuencias graves para los actos que uno realiza. Y esto da pie a que los pibes incorporen como valor el “puedo cometer cualquier acto de crueldad, de apropiación, que esto no genera consecuencias”, porque esta sociedad permitió la impunidad.

–¿La lógica represiva también logró imprimir resultados sistemáticos a futuro en la sociedad?

–Y uno de ellos es la crueldad. Cuando la sociedad tolera, justifica y naturaliza en nombre de su ideología actos de crueldad, como se hizo con el terrorismo de Estado y los delitos aberrantes de la tortura, la apropiación de niños, las condiciones vejatorias de detención, también como mensaje se está permitiendo la perversión de valores, que niega el potencial de crueldad que tenemos como seres humanos. Si uno profundiza en los daños de la subjetividad social, vemos que la impunidad y la crueldad permearon a toda la población, y esto trajo efectos concretos en los lazos con el otro y en la solidaridad social, porque el terror apela a destruirla.

–¿Podría establecerse desde una visión de género la elaboración de la pérdida que hicieron hijas e hijos?

–En esta lucha por los derechos humanos, las mujeres han tenido un rol más protagónico que los varones. Las hijas o nietas tuvieron un rol activo en esa búsqueda de verdad y de alguna forma lo preservaron. Pueden incluso presentar un rol más dinámico respecto de sus propias hijas e hijos, teniendo sobre todo un modelo de identificación de otras mujeres, como Madres o Abuelas. Eso les permitió hacer un pasaje con mayores recursos. En el caso de los varones es más complejo, porque les cuesta conectarse con sus padres desde el sentimiento de carencia o de necesidad; lo sufren más con la identificación por el lado de la militancia, y es muy difícil identificarse con una figura que tenga que seguir sosteniendo el estandarte desde lo ideológico, porque en el momento de ser padres ellos, se sienten más obligados a darles continuidad desde ese lugar.

–Hacia el final del libro, la psicóloga Vilma Palomo sostiene que la sociedad argentina de los ’80 no lograba despojarse de los efectos del terrorismo de Estado. ¿Qué nos queda treinta años después, con la desaparición de Jorge Julio López?

–Estamos aún frente a una sociedad que no ha podido hacer esta elaboración y, por otra parte, nadie da un indicio de lo que ocurrió con este hombre, con lo cual vuelven a ponernos en escena la incertidumbre de la desaparición, con todos los efectos que provoca: el terror, el que ya haya testigos que tienen miedo de testificar, que haya compañeros que trabajan en los organismos y que en los últimos años se expusieron porque pensaron que en este gobierno podían hacerlo, y ahora están paranoicos. A partir de López empezó a generarse la actualización de lo que es la figura del desaparecido, y del efecto que quería lograr la dictadura con esa figura. Uno necesita creer que este horror está superado; pero no, está vigente, con todos sus efectos.

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