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Viernes, 2 de febrero de 2007

CINE

Compás de espera

Opera prima de Daniela Goggi, Vísperas es una película que desde el tema –una mujer espera una biopsia de útero– hasta la conformación del equipo de trabajo hace centro en lo femenino. Andrea Garrote, Ingrid Pelicori, Luciana Lifschitz y Nya Quesada forman parte del elenco de este film que se estrena el próximo jueves.

 Por Moira Soto

Ella asegura que se enfermó de cine a los 10, cuando apareció el cable en su casa y ya no pudo apagar el televisor, sintió que entraba en un hechizo: “Acordate que hasta ese momento la vida de una se acotaba a cuatro canales, y entonces yo descubro señales como TNT, donde pasaban Desayuno en Tiffany’s, La gata sobre el tejado... y Mi tío, de Tati, la película que me hizo entender de qué iba la cosa. Se me armó un imaginario condensado del cine de estudios de los años ’40, ’50, ’60. Vincente Minnelli, William Wyler, Hitchcock... Por supuesto, a esa edad yo no los veía como cine de autor, me dejaba arrastrar por la fascinación narrativa”, dice Daniela Goggi, directora de Vísperas, ópera prima que se estrena el próximo 8 de febrero. Es el quinto largometraje producido por la Universidad del Cine, donde esta joven mujer se recibió de profesora de Cinematografía con orientación en Dirección. “En un principio, pensé en hacer Letras y Cine, pero a los cuatro meses de empezar en la Universidad, estaba totalmente entregada al cine. Trabajé con personas que me fueron marcando, como, entre otras, Jorge La Ferla, Christian Pauls, Yamila Volnovich”.

Además de haber sido realizada por Daniela Goggi, Vísperas tiene otras marcas de género que la singularizan: su tema central tiene que ver con la espera del resultado de una biopsia de útero por parte de una chica recién separada, durante un fin de semana en que tiene encuentros con su hermana, su sobrina, su madre, otros parientes, va a una fiesta familiar; por otro lado, en la ficha técnica figura una sorprendente mayoría femenina: en el guión colaboraron Clara Ambrosoni y Fernanda Heredia, la coordinación de producción es de Soledad Mercère, la jefatura de producción de Laura Ponte, la dirección de sonido pertenece a Mercedes Tennina y, entre otras técnicas, la notable dirección de fotografía estuvo a cargo de Nuria Besser. Por supuesto que los varones no fueron discriminados: la música y la coordinación de sonido, por poner un ejemplo, son de Martín Litmanovich. Y lo último pero no lo menos importante, en el selectísimo elenco integrado por intérpretes de teatro de reconocida calidad, figuran Andrea Garrote, Ingrid Pelicori, Luciana Lifschitz, Nya Quesada, Juana Hidalgo, Juliana Muras, Silvina Sabater, Sofía Tizón... Y también Ezequiel Tronconi, Juan Manuel Tenuta, Héctor Díaz, Alberto Suárez.

¿Cómo se desarrolló tu relación con el teatro?

–Al comienzo, sentía una gran atracción y a la vez cierto temor hacia los actores. Tenía el prejuicio absurdo, que obviamente superé, de que si trabajabas mucho con ellos se podían apropiar de tu proyecto. Creo que los actores de teatro brindan algo extraordinario, hay un don del cuerpo que cuando la actuación está funcionando, lo recibís directamente.

Le perdiste tanto el miedo a los actores y a las actrices de teatro que armaste el elenco de tu ópera prima solo con nombres del circuito alternativo...

–Sí, cuando se abrió la posibilidad de hacer esta película lo tuve claro: ya sé qué actores y qué actrices quiero. Los había estado viendo durante diez años. Y te digo que esto de que se tratara de toda gente de ese palo creó un clima buenísimo durante el rodaje, de gran libertad de trabajo.

Considerando que el cine pide menos despliegue interpretativo ¿tuviste que bajar decibeles?

–Sí, naturalmente. Era algo que en principio me preocupaba: se trataba de no subrayar nada de la escena, no sólo desde lo corporal: no había que poner énfasis en ninguna palabra, y la mirada no tenía que construir todo un espacio que estaba ausente, sino que casi había que olvidarse un poco de estar dentro de la escena, para que la escena te gane. Pero tampoco eso que se ve en Vísperas es fruto de la improvisación, sino de mucho ensayo sobre el guión, y después, reescritura. Ensayar para mí fue un placer alucinante, los actores me dieron esa oportunidad.

Haber elegido entre tantos nombres valiosos a la genial Nya Quesada, una actriz de más de 80, de una sabiduría incomparable, habla muy bien de vos...

–Pero, por favor, si soy yo la beneficiada. Es una actriz del carajo, de una generosidad inconmensurable, de una intuición animal. Aparte, pensá que había que armonizar actores con distinta formación, distintos rasgos de representación. Había que coordinar un código entre todos, porque Ingrid Pelicori es brillante, Andrea Garrote es excepcional, pero ¿qué iban a hacer ellas dos cuando estuvieran una frente a la otra? ¿Sobre qué referente iban a trabajar, aparte de sus respectivos personajes? ¿Qué tono iban a elegir?

Ya cuando la película arranca, en uno de los tantos viajes en coche, para quienes hayan visto a ambas actrices haciendo cosas tan diversas en teatro, cada una por su lado, llama la atención la afinación que logran, haciendo esos personajes que son como polos opuestos.

–Fue difícil alcanzar ese punto, trabajar ese nivel de intercambio, porque más allá de escuelas y experiencias distintas tenés que considerar cada personalidad. Por ejemplo, Nya te otorga los poderes cuando están trabajando con ella. Yo he llegado a retarla un poquito con todo lo que la respeto. Porque como me trataba como a una nieta, podíamos tener esa confianza. Si yo pensaba todo el tiempo que estaba dirigiendo a la gran Nya en mi debut, tenía que dirigirme a ella con un “disculpe, señora Quesada”. Pero como al segundo día me trajo una agarradera tejida por ella para que no me quemara al cebar mate, ya el trato se formuló desde otro lugar. Entonces, podía pasar que Nya se fuera a la parodia en algún momento, porque ella tiene tantísimo humor. Pero a la vez es de esos actores, esas actrices que cuando les señalás algo, entienden la marca inmediatamente, hacen el cambio sin el menor problema. Algo semejante te puedo decir de Juana: su papel es chico pero su presencia tiene peso. Ella tenía que dar un fondo resentido cuando hace comentarios, Y a Juana le cuesta actuar el resentimiento, la maldad. Pero lo logró con mucha sutileza.

¿Cómo te decidís por Andrea Garrote, actriz excepcional si las hay, para el protagónico?

–Andrea no iba a ser la protagonista, pero nos reunimos, cambiamos ideas y supe que tenía que ser ella. Hice un cambio radical de rumbo. “Yo nunca actué este tipo de personaje”, dudaba ella. “Es verdad –la alentaba yo–, como Mónica no tenés ninguna cualidad, sos hostil, no podés comunicar, no tenés rasgos de intelectual...”

Una mujer angustiada que espera el resultado de una biopsia lleva a pensar en la pieza maestra de Agnès Varda, Cleo de 5 a 7, de 1962, película poco recordada cuando se habla de la nouvelle vague. También su personaje principal era una mujer sin atributos.

–Por supuesto que conozco ese film y calculo que estuvo en mi inconsciente al forjar Vísperas. Cleo... es una genialidad absoluta. Sí, su protagonista era una rubia tonta. Pero Mónica, el personaje de Andrea, ni siquiera es una rubia tonta. Ella está enojada con el mundo, asustada. Como en Cleo, también hay muchos viajes en Vísperas. Viajes y espera, todo es tránsito.

Las películas hechas por tipos –La fuerza del cariño, Quédate a mi lado– en cuanto a enfermedades de mujeres suelen preferir la fase terminal y lacrimógena.

–A mí me parece que si ésta fuese una película de tipo, empezaría donde termina Vísperas, cuando ella va a buscar el resultado, no le interesaría la espera. Y aquí viene un punto sobre el que seguramente soy consciente: toda la crítica de cine, sobre todo de los diarios, en general acá está en manos de hombres. Y sería bueno que hubiese otros puntos de vista sobre toda la producción cinematográfica. Fijate que en el Festival de La Habana, en la conferencia de prensa, hubo un tipo que se ensañó mucho porque, según él, no había ningún personaje masculino en Vísperas. Le avisé que sí, que había varios, aunque no eran protagonistas. Pero él insistía en que yo hacía una diferencia de tratamiento y terminó preguntándome: “¿Por qué sos feminista?”. “No te voy a responder a esa pregunta porque te estás saliendo de tema”, le contesté. Mirá qué retrógrado ese pensamiento: como no hay protagonistas varones, a la película le faltan varones. De todos modos, no es el caso de todos los cronistas: dos de las mejores críticas que me hicieron en el Festival de San Sebastián las firmaban hombres de cabeza abierta, de mucha sensibilidad, desprovistos de todo rastro de misoginia.

Si hay un cine de minas, Vísperas podría representarlo: tiene algo de la mirada, de las texturas, lo táctil, del acercamiento de los cuerpos, el manejo espacial que distingue a las directoras descolonizadas, como Isabel Coixet.

–Me da gracia que la nombres a ella porque acabo de terminar un artículo de 25 páginas sobre Coixet para un libro sobre el cine independiente en España. Reví sus cinco películas y vi 150 comerciales filmados por ella. Creo que una de las cosas que hacemos las directoras es idealizar menos a las minas como personajes.

¿Dirías que en tu película hay algo de fragmentos de un discurso femenino, entonces?

–Bueno, me gusta esa definición porque para mí el tema era cómo hacer una película donde un personaje está hablándose a sí mismo del miedo que tiene, y no poner voz en off, porque quizá tener mucho miedo es no tener un discurso articulado. Que el discurso se vaya construyendo a través de su comportamiento, de los acontecimientos. Mónica es deprimida, no saldría de su cama y ni siquiera se da ese permiso. Está tan asustada que quiere seguir como si nada sucediese. Hace lo que todos esperan que haga. La sobreadaptación puede representar un conflicto enorme en una situación de gran tensión. También me interesaba encontrar la manera de tratar a un personaje sin mayores inquietudes. Porque el riesgo de tener un personaje así es que lo llenes de una discursividad que no le pertenece. Quería respetar su silencio mientras la amenaza pesa sobre ella.

Vos evitás tocar fibras del patetismo y no manipulás el suspenso respecto del diagnóstico. Ella está bajoneada, se anima, se desanima, y cuando llega la fiesta familiar, no hay el clásico estallido, con revelación de oscuros secretos, recurso remanido que ni los del Dogma han soslayado.

–Es que para mí, al llegar la celebración del cumpleaños del tío, lo único que podía hacer Mónica era acompañar con palmas esto de “suspirando por mi amor...”. No corresponde la explosión, ¿los implosivos no merecen tener su película?

Tu manera de filmar el cuerpo femenino en la intimidad es de cercanía y naturalidad, sin voyeurismo.

–Creo que no hay tensión, al menos en mi caso. Y sí, está ese conocimiento de los pequeños gestos que tenemos las minas. Por ejemplo, esa escena en que Mónica está de espaldas, se pone un corpiño para ir al médico, se lo cambia... Esa boludez de si elegís el blanco o el negro, como si el ginecólogo se fuera a fijar. Y Andrea, siempre dispuesta a todo, se dio vuelta y me preguntó: “Perdoname ¿te sirve que me dé vuelta y se me vean las tetas?”. Pero no, no hacía falta.

El actor que hace de gineco es una joya.

–No es un actor, es un descubrimiento mío, Guillermo Herrera, un ejecutivo de Telefónica a quien vi hacer algo gracioso en una fiesta. Me dijo que le encantaría ser actor. Le propuse: “Vení a conocer a mi ginecólogo a ver si podés imitarlo”. Vino, miró y entendió lo que yo quería: la precisión, el tono neutro, cómo te toca un buen ginecólogo, como si casi no lo estuviera haciendo.

Corre sangre en tu película, aunque no se vea la sangre de Mónica: la oveja que choca con el auto mancha el vestido de Ana, la tintura del pelo que al enjuagarse enrojece el agua que cae sobre los pies de Micaela, las rojas formaciones cancerosas que Mónica mira por Internet, esos monstruos...

–Sí, es un monstruo el cáncer, pero es lo que hacés cuando te detectan algo: ponés el nombre en Google. Lo de la sangre no fue premeditado, quizás porque en la vida de una mujer con frecuencia estás manchada de sangre, una vez al mes, durante muchos años. Tengo un chiste que sólo me causa gracia a mí cuando se lo hago a mi novio: yo quiero que el 8 de marzo todos los presidentes del mundo se pongan un tampón en el culo y anden todo el día con eso, tomando grandes decisiones. Porque una mujer tiene que debutar en teatro o la están echando del laburo y puede tener un tampón entre las gambas, convivís con eso, conocés la sensación de la sangre caliente que fluye cuando estás indispuesta, sabés si te bajó en un momento inoportuno. A los tipos les suele dar mucha impresión esta sangre, no a nosotras. Es un clásico que se te manche la bombacha, a veces la ropa, las sábanas. Conocés el olor según los días, como un serial killer, sabés que la sangre sale más rápido con el agua fría...

El periodista que te criticó por la falta de personajes masculinos, también podría haberse molestado por la mayoría de mujeres que hay detrás de la cámara...

–(Risas) En realidad, este equipo se fue armando naturalmente, con personas que consideraba idóneas, que resultó que eran minas. Cuando vio la lista, el productor dijo: se matan al tercer día. Porque todavía está vigente el mito de que muchas mujeres juntas se rasguñan, se tiran del pelo... Y pasó todo lo contrario, nos llevamos bien, con mucha distensión. Un equipo inusual: muchas minas como cabezas de equipo y muchos tipos aceptando sin rollo ser dirigidos. Yo creo que en un laburo así buscás la afinidad, y qué mejor en una primera película que trabajar con amigas buenas profesionales, también con amigos, como el músico. En realidad, Vísperas es la ópera prima de todo mi equipo, la apuesta de la Universidad del Cine fue elegir un proyecto y poner a trabajar a personas que se habían formado allí, pero en un primer largo...

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