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Viernes, 11 de enero de 2008

EXPERIENCIAS

El rumor de las voces propias

Lejos del modelo asistencialista, cerca de la autogestión y las tradiciones, mujeres wichí de distintas comunidades, todas ellas de Formosa, trabajan desde hace algunos años para descubrir las virtudes de la organización. Empezar a hablar entre ellas, romper tabúes sin olvidar su cultura, dar nuevos valores a su trabajo son sólo algunas de las herramientas que cambian sus vidas.

 Por Soledad Vallejos

Antes no se conocían entre ellas. La vida, para estas mujeres wichí, podía ser solitaria cuando de compartir experiencias que podían hermanarlas se trataba. Cada una de ellas vive en una comunidad diferente, cada comunidad tiene un territorio en particular, alejado de las demás, con sus propias rutinas cotidianas, sus vínculos familiares, sus días. Siempre tuvieron en común, eso sí, el monte: ese espacio árido y generoso que puede ser patio de juegos para las niñas, fuente de fibras para los tejidos de las mujeres, de trabajo para los varones. Es un espacio que reconocen como propio desde la infancia, y cuyos sonidos, grabados en un cd, las acompañaron durante los días que estuvieron en Buenos Aires, mostrando su trabajo, contando sus vidas, explicando cómo conocerse entre ellas, organizarse, les está permitiendo cambiar sus vidas sin cambiar quiénes son. De eso se trató Los colores del monte. La experiencia de organización de las mujeres indígenas, una exposición de arte y artesanías que a fines de diciembre convirtió la entrada del Centro Cultural Paco Urondo (de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA) en una pequeña ventana a lo que viene pasando en una región de Formosa desde hace seis años.

–Antes venían a trabajar con nosotras de otro proyecto, pero eso no nos sirvió –dice Silveria Samuel, de la comunidad Santa Teresa.

¿Por qué?

–Porque cuando las mujeres nos queríamos organizar se terminó el proyecto, se terminó el tiempo que tenían. Después empezó este otro.

¿Lo del anterior sí les sirvió para empezar esta organización?

–Sí. Y entonces vino ella, Fabiana (Menna, la antropóloga que las ayudó a organizarse). Pero nos costó, porque vinimos diciendo que si uno va a las reuniones, uno va a perder el tiempo. Porque cuando yo me iba a la reunión, estoy horas en la reunión, llego en mi casa tarde...

¿A vos te pasó de decir “no voy a perder el tiempo en eso”?

–Sí.

¿Y cómo te convenciste de ir?

–Es que después me fue pareciendo importante. Con las reuniones que tuvimos pudimos saber qué problemas teníamos, cómo arreglarnos, dónde se tiene que ir, hasta dónde se puede llegar.

“A las niñas wichí les enseñan a hilar el chaguar para realizar las bolsas, a recolectar los frutos del monte, a cómo relacionarse con los varones, etc. Nos enseñan, entonces, a ser mujer, según lo que nuestra cultura piensa que debe ser una mujer.” Así comienza uno de los textos de Derechos sexuales y reproductivos de las mujeres wichí, el cuadernillo producido por la Fundación Gran Chaco y la Fundación Niwok –con el apoyo de la ONG italiana CIN y el CNM– que recoge las experiencias de los talleres en los que, entre 2005 y 2006, se reunieron mujeres de distintas comunidades para lo impensable: hablar de lo que, por tradición, no se habla. En esas reuniones fueron venciendo la timidez y encontrándose, no sólo entre ellas, sino también con profesionales médicas como Silvia María Kelly y la antropóloga Fabiana Menna. Muchas de ellas, pero no todas, hablaban castellano, y eso que puede parecer un obstáculo importante, sin embargo, fue una ventaja.

“La resistencia de las mujeres wichí, en realidad, al comienzo, si existía, era a hablar: pero no era en realidad por resistencia, sino por timidez. Claro, la dificultad grande es la lengua, pero a la vez el hecho de que otra gente no la sepa puede ser útil. Ahora ya no pasa, nos conocemos, tenemos confianza, pero al principio sí hubo momentos en que si yo estaba ahí, el hecho de que ellas pudieran hablar en su lengua, sin que yo me enterara qué decían, estaba bien. Era como marcar límites de parte de ellas: ‘en esto te hacemos entrar, en esto otro no’.” Eso explica Fabiana Menna, la italiana que por vínculos familiares un buen día de principios de los ‘90 viajó para conocer Argentina, y diez años después regresó para terminar su tesis de antropología. El trabajo debía llevarle tres meses, terminó quedándose dos años, tiempo en el que conoció –gracias a un proyecto de años anteriores, del que hablaba Silveria antes– las comunidades de Formosa. Los dos años, finalmente, se convirtieron en un cambio radical y un nuevo proyecto de vida: radicarse en Formosa, vivir de cerca las experiencias de estas comunidades, dar una mano a las mujeres wichí a organizarse, lejos del modelo asistencialista y cerca del empoderamiento y la autogestión. ¿Cómo lograr, de principios de 2000 a ahora, que un objetivo tan ambicioso comience a tener frutos? Revirtiendo los esquemas tradicionalmente aplicados por proyectos bienintencionados, y atendiendo, estrictamente, a pautas culturales propias de la comunidad wichí, para hacer, de ellas, herramienta de un cambio respetuoso de tradiciones propias.

En el mundo wichí, la realización de artesanías es una definición de género: se dedican a ellas las mujeres, que conocen los tintes de las plantas del monte (el verde sale de la yerba mate, el azul del fruto de guayacán en un tono y del fruto de la uva del monte en otro, el fumé del carbón) y las técnicas complejísimas de tejido, que toman la planta de chaguar y la convierten –tras un proceso– en fibras aptas para trabajar. Se trata de saberes estrictamente femeninos y detentados por mujeres adultas: las niñas son niñas y juegan como tales; solamente al promediar la adolescencia comenzarán a dedicarse con más atención a las tareas textiles; cuando llegan a la adultez, conocen las técnicas, los diseños, los pasos que convierten a cada mujer wichí en artesana. La división de géneros hace que el mundo doméstico, con sus intimidades y sus tareas cotidianas, sea el ámbito femenino; los varones tienen a su cargo tareas relacionadas con los alimentos y otras maneras de sustentar la reproducción familiar. “Todas las mujeres son artesanas –explica Menna–. Es como decir que sos mujer, es la definición misma de género. Es toda una esfera separada. Eso se transforma en una herramienta útil, para mantener la independencia.”

Esa separación de ámbitos fue, precisamente, lo que se convirtió en herramienta básica para comenzar el proyecto de la Fundación Gran Chaco: en tiempos del comercio justo, las artesanías que realizan las mujeres tienen potencial para insertarse en circuitos comerciales en condiciones más ventajosas que en otras épocas. Al organizarse, al conocerse entre ellas y poder tramar redes entre comunidades, pudieron ir logrando un frente común, desde el cual negociar y entablar contactos. Con pequeños créditos (a partir de programas del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, por ejemplo), se pudieron ir solventando compras de materiales, realización de papelerías y viajes a ferias, para encontrarse con posibles compradores y dar a conocer la experiencia de las comunidades. Sobre esa base, sus artesanías dejaron de ser elementos de uso solamente en sus propias familias para transformarse en mercancías con las cuales ganar dinero y hacer la diferencia en el sustento de cada casa. Uno de sus vínculos comerciales más sólidos, por ejemplo, es con el diseñador Marcelo Senra. No se trata tanto de una profesionalización que busque convertirlas en grandes productoras como de una organización que potencie lo que ya existe, les permite construir y asignarles nuevos valores y acceder a una cierta independencia sin dejar de ser ellas mismas, sin generar obstáculos ni desordenar un sistema de vida que reconocen como propio.

Las reuniones entre mujeres de distintas comunidades fueron el paso inicial de toda la experiencia: cifró el éxito en la apuesta de romper ciertos silencios. Pero ¿cómo empezar cambios en la tradición sin que eso signifique una ruptura con aquel mundo en el que se ha crecido, en el que cada una de esas mujeres se reconoce desde niña? Pues hallando lo que tenían en común esas setenta participantes, alentando que quince de ellas se convirtieran en líderes para coordinar talleres, facilitando espacios de encuentro para que pudieran compartir experiencias vinculadas con su salud sexual. A lo largo de los encuentros fueron venciendo la timidez y poniendo palabras a experiencias vitales largamente silenciadas. Partieron de una base: “Es importante que hablemos de nuestras preocupaciones y nos apoyemos las unas en las otras para mejorar la salud de todas”. Elaboraron su propio concepto de salud: “es no tener dolores ni preocupaciones en el cuerpo y el espíritu” (un concepto que entronca con la tradición wichí, en la cual la salud no se define con una sola palabra; también se parece a la definición de la OMS); compararon sus propias creencias con aquellas prácticas que se realizan en los centros de salud o en los hospitales donde eventualmente se tratan, y concluyeron que “las creencias tradicionales wichí revelan cierta sabiduría, y coinciden en muchos puntos con los planteos de la medicina occidental, porque son el resultado de siglos de observación de los fenómenos humanos y naturales”.

El pequeño manual que resultó de ese proceso recurre mayoritariamente a la primera persona, a frases cortas, y explicaciones en español pero también en lengua wichí, porque funciona más como trascripción de momentos de los talleres que como folleto diseñado desde alguna oficina de salud. El material tanto puede estar dirigido a la propia comunidad, para servir de herramienta que replique los resultados de los encuentros, como a profanas, que intenten acercarse a la vida de estas mujeres. La experiencia se habla a sí misma, y por eso reproduce algunas de las cuestiones que más inquietudes despertaron, sin olvidar el recuerdo de lo que marcan las tradiciones, lo que ellas eligen rescatar de sus culturas y las cosas que van incorporando. “Según la tradición wichí –explica el apartado sobre el ciclo menstrual–, cuando viene la primera menstruación, nech’e tä nowaithi, la familia hace una choza y la adolescente se queda ahí por el período que dura el ciclo”, “tener la menstruación es natural”, “en lengua wichí, nowaithi quiere decir persona con miedo, es decir que la mujer en este tiempo tiene que respetar determinadas normas”, “la menstruación se calcula con el ciclo de la luna, iwel’a”.

“¿Qué valor –se preguntaron– tienen hoy nuestras creencias y las recomendaciones de los antiguos? Tenemos que tomarlas en consideración porque, en muchos casos, coinciden con los consejos de los médicos. Según las creencias, por ejemplo, se aconseja que la mujer embarazada no coma alimentos muy pesados, como por ejemplo los animales silvestres, mientras que se espera que se alimente de pescado, frutos silvestres y miel (...) Lo que diferencia la tradición wichí del pensamiento científico es el entorno en el cual se enmarca la práctica y la explicación que se le da. Cuando se aconseja no comer animales silvestres, ya sea por no generar el enojo del espíritu dueño o por no debilitar el cuerpo de la mujer, lo que más cuenta es la prescripción de no comer el animal, en lo cual las dos culturas coinciden perfectamente.”

El embarazo adolescente es uno de los cambios que los últimos años trajeron a las distintas comunidades de Formosa. Silveria Samuel, Yolanda Pérez y Norma Rodríguez han pasado los 30 años y ven con preocupación las diferencias entre lo que fueron sus adolescencias y las que se viven actualmente. “Antes, cuando no hubo escuelas, no hubo embarazos precoces. Los chicos de antes –dice Silveria– eran diferentes. Pero ahora van a la escuela, salen, están juntos, ya van cambiando las costumbres. Ven otras cosas afuera y ellos quieren hacer lo mismo. En las costumbres wichís, estaban de un lado los chicos varones, y las chicas tenían que ir a otro lado. En las escuelas ahora se juntan los chicos y hay algunas chicas que ya se acostumbran a salir de noche.”

¿Cuándo ustedes eran adolescentes era distinto?

–Sí. Ahora las chicas empiezan a juntarse con los amigos, salen de noche. Como ellos empiezan a salir de noche y hay algunas mujeres, los chicos las invitan. Empiezan con la bebida y ahí todo. Después, también pasa que hay familias que tienen problemas por separación. Y hay chicas jóvenes que dicen “yo no voy a escuchar lo que dice mi mamá, porque mi mamá se separó de mi papá, está con otro tipo, y ella no tiene derecho de decirme nada, porque ella hizo lo que quiere y yo voy a hacer lo mismo”. Entonces lo que vinimos hablando cuando hicimos el curso fue también esto, los problemas que traen la separación de los padres.

Y es que tradicionalmente, aun cuando las comunidades puedan llevar vidas distanciadas unas de otras, hacia su interior los vínculos son fuertes. A los talleres asistieron, fundamentalmente, adultas, la mayoría de ellas madres, muchas de niños pequeños. ¿Cómo hicieron para asistir sin los niños? “Los dejé con mi familia”, explica Silveria, y da una pista de cómo es la vida cuando las redes comunitarias sostienen las individualidades, y cómo ciertas tareas, ciertos cuidados de las personas más vulnerables pueden ser responsabilidad de todo el grupo, en lugar de cargar exclusivamente en una persona. En ese mundo en el que las dimensiones de las comunidades (una de las conclusiones de los talleres fue que el embarazo adolescente y otros conflictos nuevos también se deben a “vivir en una comunidad grande”, porque “antes, cuando las comunidades eran más pequeñas, no había tantos embarazos precoces”) permiten los cuidados y los vínculos, ciertos cambios pueden vivirse como cimbronazos, que modifican de algún modo la vida cotidiana a cada uno de los integrantes de ese universo.

Para saber más de la experiencia de la Fundación Gran Chaco: www.granchaco.org.ar

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