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Viernes, 30 de mayo de 2008

PERFILES

El patrimonio del trabajo

Detrás de la disputa por la rentabilidad de la soja hay otra que no deja de jugarse en el terreno del discurso. Hoy decir campo parece una referencia monolítica a quienes se acumulan a los costados de las rutas o lucen vistosas boinas en los actos públicos. La actividad del campo, sin embargo, no se acaba en las grandes extensiones sembradas. Aquí, una integrante de la Mesa Campesina del Norte de Neuquén cuenta su experiencia y tiñe con otros colores la vida en el campo.

 Por Maria Sol Wasylyk Fedyszak

Elda tiene 51 años, cinco hijos. Nació y vivió toda su vida en el mismo lugar. Para describir cómo es un día en el campo primero hay que definir la época del año. Pero antes de que comience el relato esperan sobre la mesa de su casa torta frita y chivito a la cacerola. “El presente que se le puede hacer a una persona que hace mucho que no viene o que viene por primera vez es carnear un chivo y hacer un asado, y el mate. Esa es una tradición acá en el norte de Neuquén”, dice. El almuerzo está listo.

¿Cómo es un día en el campo? “Las actividades son distintas de acuerdo con la época del año. Desde agosto hasta diciembre es una tarea agotadora. Así haya lluvia, viento, sol vos tenés que estar”, dice. A partir de agosto se preparan las tierras para las huertas si es que la gente no trabaja en huertas otoñales porque si es así, en esta época, mayo, ya hay que preparar la tierra. “Cuando empezás a sembrar la semilla tenés que asistir la huerta porque se llena de yuyos. Si no llueve, hay que regarla, pero el peor trabajo es el de los animales. En septiembre, a partir del 20 o 25, las chivas comienzan a parir y no se las puede descuidar. Hay casos en que hay que ayudarlas a parir. Eso lo han hecho mi marido y a veces mis hijos, tratando de salvar a la madre.” Cada chiva da dos crías al año y a veces tres. “Hay zorros y perros que vienen a comerse los chivitos. Cada vez que pare una chiva, que a veces en el día son muchas, 20, 30 y a veces hasta 100, hay que mantener al chivito siempre cerca del corral porque si se los deja lejos se pierden o viene el perro, el zorro o el águila, y se llevan la cría.”

A veces, la chiva pierde su cría en el monte porque se olvida, “a eso se llama desahijar”, cuando la chiva deja de querer a su chivito. “A esos chivitos se los llama guachos y hay que amamantarlo en otra chiva o en la madre, pero hay que atarla porque sola no le da la teta a su cría.” A la chiva que no es la madre “no se la puede obligar a que quiera a un chivito que no es de ella. A veces los quieren pero es un gran trabajo, es una lucha y hay que hacerlo mañana y tarde porque si no el chivito se cría mal y en invierno se muere”, relata Elda.

La familia de Elda tiene cien chivas, pero cuenta que en su zona son los que menos tienen y subraya que “el campo no da para más”. El problema de las tierras, la disputa por ellas, los atropellos a los campesinos, los arrebatos son una constante en todo el país, y el norte neuquino no está exento de eso. “Me molesta mucho cuando un desconocido viene a ocupar tu tierra. Yo sé lo que es pasar toda una vida en la tierra, trabajarla, criar los animales. Ese es el patrimonio que uno tiene para su familia y un día cualquiera viene un juan pérez y dice que todo eso es suyo cuando uno nunca vio a ese juan pérez hacer nada por esa tierra.”

Hace un tiempo que Elda viene escuchando que hay vecinos que quieren vender sus animales porque ya no saben qué hacer con ellos por la falta de espacios para que pastoreen. “Irse de su lugar de origen, de donde nacieron y se criaron. No les queda otra a esta gente porque ya están tan apretados, amontonados. No sé qué va a ser de esa gente.”

Cuando su familia perdió unas tierras que poseía desde hacía más de 20 años quedó internada del disgusto. “No sé si me subió la presión pero tenía tanta impotencia, tanta bronca. La luchamos mucho para tener lo que tenemos.”

Elda se vincula por primera vez con la Mesa Campesina en mayo de 2006. La problemática principal que se aborda desde esta organización es la tenencia de la tierra como marco de todas las problemáticas estructurales de la familia campesina como la producción, el acceso a los servicios básicos, la educación, la vivienda y recursos naturales. Ella comenzó como participante y hoy es representante de su zona en las reuniones generales que hace la organización y trabaja en el área de difusión. “Me enteré de la existencia de esta organización una vez que hubo problemas por una disputa de tierras y se pasaba el conflicto por la radio y se decía qué día se hacían las reuniones de la organización y fui a unas de ellas con mi marido y mi hijo.” Hoy no se podría imaginar su vida sin la participación en la organización. “Aprendí los derechos que tenemos a través de la Mesa Campesina. Aprendí a defenderme.”

Elda no pudo ir a la escuela de chica. “Cuando tuve mucha necesidad de aprender a leer y escribir tenía 14 años. Aprendí leyendo mucho, al principio de lo que leía no entendía nada, pero cuando aprendí a leer ya sabía escribir porque antes todas las letras grandes que veía las copiaba, aunque sin saber lo que significaba, entonces tenía ejercitada la mano.” De más grande, durante el gobierno de Alfonsín hubo un programa de alfabetización nacional. “Daban clase por Radio Nacional y yo la escuchaba. Todo lo que se iba diciendo en la radio uno lo leía en una cartilla. Ahí aprendí a escribir imprenta. Además venía un docente una vez por semana a tomar examen y siempre yo salía bien.” Para Elda, el no haber podido estudiar fue una de las peores cosas que le ocurrió en su vida, junto a la pérdida de sus padres de chica. Si hubiese tenido la posibilidad hubiera estudiado veterinaria o ingeniería agrónoma. “Me hubiese gustado estudiar, capacitarme en muchas cosas. Pero vivir, viviría siempre en el campo.” Eso no lo cambiaría por nada.

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