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Viernes, 30 de abril de 2010

VIOLENCIAS

“Me vas a matar”

Los hijos de Wanda Taddei, de 6 y 9 años, declararon en la causa que se sigue por la muerte de su mamá. La difusión de la noticia abre el interrogante sobre la revictimización de los menores y el proceso que se sigue por el final trágico de una muerta más por violencia de género.

 Por Flor Monfort

El 21 de febrero Wanda Taddei murió en el Instituto del Quemado. No pudo resistir las infecciones que acechan a un cuerpo herido por el fuego y es imposible saber cómo hubiera afrontado la lenta recuperación que tenía por delante de haber sobrevivido.

Lo cierto es que mucha agua corrió bajo el puente después de ese entierro, “una muerte anunciada” según el padre de la víctima, quien se presentó como querellante en la causa que lleva adelante el juez Eduardo Daffis Niklison y habló con la prensa en un discurso de varias capas. Primero, dejando en manos de la Justicia la resolución de lo que él cree fue un hecho violento más de la pareja, que se “pegaban, insultaban y echaban a los demás si querían intervenir en sus peleas”, luego jurando que la suya es una familia de inmigrantes italianos, con valores tan tradicionales que mejor no preguntarle a la madre (de Wanda), porque él, el hombre de la familia, es el que tiene que salir a hablar, y que Wanda, “pobrecita”, se drogaba desde que conoció a Eduardo y “estaba afuera de nuestros valores”. Un punto de partida que pone sobre la mesa la complejidad de los cuadros de violencia contra las mujeres. Sin quererlo y en el lado de la cancha donde le tocó jugar, Jorge Taddei evidencia que la violencia en la vida de Wanda empezó mucho antes que con Eduardo Vázquez.

El martes 20 de abril los hijos del primer matrimonio de Wanda, dos varones de 6 y 9 años, declararon en Cámara Gesell guiados por una psicóloga. Hablaron, dibujaron, bostezaron y el mayor casi se queda dormido. Información que se filtró de alguna manera a la prensa (el abogado de Taddei, Leonardo Rombolá, dice que él mismo se enteró de la fecha un día antes de realizarse y que jamás hubieran querido que se sepa) y se difundió en todos los medios, a pesar de que esta medida está indicada para proteger a las víctimas y no para a exponerlas. No cabe duda de que un chico de estas edades (cualquier compañero de escuela) mira la televisión, comenta con sus papás y replica las máximas televisivas; repercusiones que no se suscriben al principio de protección que la cámara Gesell intenta resguardar. “Esta es una pericia de índole privada, por lo tanto es gravísimo, por la salud física y psíquica de los chicos, que se haya filtrado a los medios de comunicación. Empezando porque la muerte de Wanda fue violenta, estamos hablando de una mujer prendida fuego, la situación es y será traumática. En la pregunta sobre cómo van a superar estos chicos todo lo que vieron y oyeron, se suma este interrogante: cómo seguir adelante si cada uno de sus pasos es seguido por la prensa”, explica María Inés Bringiotti, docente e investigadora de la UBA de maltrato infantil e integrante de Asapni (Asociación Argentina de Prevención del Maltrato InfantoJuvenil).

La declaración de los chicos, que tiene peso legal, dejó en claro que el proceso por la muerte de Wanda debe seguir. Mientras el mayor dijo haber dormido toda la noche, el menor contó que, entre vigilia y sueño, escuchó un peso caer a la pileta (lo que él pensó fue el cuerpo de su mamá), y que Wanda gritó dos veces “me vas a matar”. “A los chicos hay que escucharlos siempre, no sólo a través de la palabra sino de los dibujos y los juegos, donde cualquier mentira o instigación se derrumba. En este caso, había una relación violenta en la pareja, y esto se repite hasta el cansancio en el discurso mediático e incluso en boca del propio padre de la víctima. Muchas mujeres golpeadas me dicen ‘yo también le pego’, pero la realidad indica que la conducta agresiva de una mujer nunca va a ser tan fuerte como la de un hombre, porque su subjetividad la culpabiliza, la llena de miedo y su tendencia, en una relación de estas características, es la de idealizar el amor. En cambio, el hombre y su formación dentro de este sistema machista y patriarcal es que todo vale para defenderse. En ese contexto es que Wanda Taddei y Jorge Vázquez no son pares, y en ese contexto tenemos una muerta, y es la mujer, no el hombre”, dice la psicóloga Raquel Disenfeld, de la Red No a la Trata y Mujeres Libres.

Y si las palabras de Jorge Taddei todavía hacen eco, las del conductor de Hacete cargo, ex niño prodigio devenido en “terapeuta alternativo”, Claudio María Domínguez, redoblan la apuesta. Para él, lo que le pasó a Wanda fue una cuestión de “karma”, algo así como una sentencia firmada antes de nacer (¿o en vidas pasadas?) que la víctima tenía que cumplir para pasar a otro estadio en su evolución como alma errante. Si bien nada de lo que diga Domínguez (confesor y acompañante de Vázquez en el proceso de duelo, según sus propios dichos) tiene valor legal, su divague místico no fue comentado por ningún programa que se indigna de los horrores que suceden en los otros. El agresor tiene su ángel de la guarda mientras la víctima arde en las llamas de su propio destino karmático.

Mientras tanto, se planifica la reconstrucción de la escena, donde Vázquez tendrá que dar cuenta de su primera declaración. En una entrevista con el noticiero de Canal 7, el ex baterista de Callejeros modificó aquella primera versión. Según el Dr. Rombolá, “Vázquez no va a poder sostener la primera versión que dio. Lo que dijo en Canal 7 se parece más a algo que pudo haber preparado su defensa, pero no fue lo que declaró la primera vez. Cada vez que abre la boca la embarra. Primero dijo que en el momento en que ella se prende fuego estaba sentado, después dijo que estaba parado, ahora dice que la botella se reventó, antes dijo que la habían tironeado. Lo cierto es que el juez, en base a lo que digan los peritos, puede cambiar la situación procesal de Vázquez a homicidio agravado por el vínculo. Nosotros queremos la verdad”. En el ámbito judicial se sabe que la instancia de la reconstrucción muchas veces quiebra al protagonista, ya sea para dejar en claro que su relato no tiene veracidad ni es mecánicamente posible sino por la crudeza del encuentro con el lugar, los colores y olores del pasado. Aunque tal vez la asesoría de Domínguez fortalece la psiquis de Vázquez al punto de hacerla de acero, se espera de esta reconstrucción un cambio de carátula.

En los tres años que llevaban juntos, matrimonio legal mediante, Wanda jamás denunció a Vázquez por agresiones. Por esa razón no podría aplicarse en este caso la Ley de Protección Integral a las Mujeres de Cualquier Tipo de Violencia.

Para Disenfeld, si bien cae de maduro que éste es un feminicidio, la indiferencia pública, la falta de defensa y empatía hacia la víctima son para remarcar. No sólo por la clásica abulia frente a los hechos violentos que ocurren de las puertas de una casa para adentro sino porque la versión final (entrevista televisiva de Vázquez mediante) siempre termina del lado de los que tienen la voz pública. En este caso, la palabra la tienen dos hombres, Vázquez y Taddei. “No hubo multitudes pidiendo por ella, orando alrededor del Instituto del Quemado, no hubo carteles. El protagonismo es el de las voces de los que pueden hablar, de los que tienen popularidad. Mucha gente me dice ‘pero él la llevó al hospital’ y me pregunto si ese es el argumento de la gente que se queda en su casa mirando la noticia sin tomar partido. Claro que la llevó al hospital, en los años que vengo tratando mujeres agredidas sus parejas se han mostrado preocupados, atentos. Es una conducta relacionada con el propio cuidado e imagen. Es la cultura de la violencia lo que tenemos que desenmascarar si no queremos seguir asistiendo impotentes al asesinato de mujeres” recalcó.

Quedan muchas piezas sueltas, pero las que vienen armando esta historia revictimizan a las víctimas y recubren de impunidad a los victimarios. Cuando finalizó la instancia judicial, el hijo mayor de Wanda dijo: “La culpa es de Eduardo y sus amigos, la mató a mi mamá, escondió la botella de alcohol y tiró su celular”. Que un chico de 9 años diga eso sobre la muerte de su madre tendría que valer, en un mundo de gente que se hace cargo, como la que interpela Domínguez desde su show televisivo, cuanto menos una condena efectiva.

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Imagen: Télam
 
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