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Viernes, 5 de noviembre de 2010

ENTREVISTA

“Por atacarla a ella, atacaron a todas”

Giuseppe Cocco, politólogo y profesor de la Universidad Federal do Rio de Janeiro (UFRJ), analiza los elementos que estuvieron en juego durante la campaña, tanto en contra como a favor a la hora de elegir una mujer presidenta.

 Por Veronica Gago

Sorprendió con explicitar su objetivo de igualdad de género apenas la consagraron los votos. En una campaña caldeada en las últimas semanas por la cuestión del aborto, Dilma Rousseff había evitado pronunciar esa lengua: la del sexo-género. Tras el triunfo, resaltan ahora las características de la primera mujer presidenta del Brasil como modo de explicar su éxito y como cantera de datos para hacer diagnósticos del futuro próximo. Dilma salió electa el domingo pasado, gracias a que había sido electa previamente por Lula como su continuadora, aun cuando nunca había competido por un cargo de elección popular. ¿Cómo funcionará como heredera? Ya se habla de un Lula siguiendo sus pasos en la sombra. Un argumento más que ambiguo: a la vez que le suma un capital de confianza a su futura gestión, obliga a que deba validar su propia performance política, más allá de su antecesor.

De pasado combativo (primero militó en Política Operária y más tarde en uno de los grupos guerrilleros principales de Brasil: Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares), luego transitó por distintos cargos políticos en gobiernos locales y nacionales desde los ’90. Madre de una hija y economista reconocida, Dilma no se doblegó ante el ajetreo de la campaña a pesar de la detección de un cáncer el año pasado. ¿Cómo se conjugó como imagen política su extensa militancia y carrera profesional con su problema de salud?

Giuseppe Cocco, politólogo y profesor de la Universidad Federal do Rio de Janeiro (UFRJ), también editor de las revistas Global y Lugar Común, analiza aquí algunos de estos interrogantes sobre la flamante mandataria.

–¿Qué tipo de figura política ha logrado construir Dilma? ¿Los medios subrayaron su presentación como mujer débil, enferma?

–El régimen discursivo de la oposición fue doble: por un lado, se decía que ella no tenía historia y que era apenas un “fantoche” de Lula; por otro, se insinuaba que era autoritaria y –sobre todo por Internet– la oposición hizo una campaña sucia sin precedentes, presentando a Dilma como terrorista y ladrona, por haber participado de la lucha contra la dictadura. Fue una campaña de tipo fascista que en seguida se desdobló en fundamentalismo religioso, acusando a Dilma de estar “contra la vida”, por la cuestión del aborto. O sea: la derecha se manifestó como fascista y fundamentalista y –para atacar a esta mujer que decían que era débil y sin personalidad– atacaron los derechos de las mujeres y sobre todo de las mujeres pobres como un todo.

–Sin embargo su imagen logró afirmarse...

–Ya en la primera vuelta Dilma consiguió afirmarse (no ganó entonces por apenas 3 puntos percentuales) con la personalidad de una mujer que participó activa y estratégicamente de la gran experiencia del gobierno de Lula, siendo allí una pieza clave. En la segunda vuelta, Dilma se mostró firme en los debates en vivo, como una candidata por derecho propio. En el primero, atacó abiertamente la campaña que Serra había organizado, denunciando sus mecanismos sucios y autoritarios. En el último debate, delante de una platea de casi 100 electores, mostró su voluntad para hablar de programas, para discutir. Ella no tiene las formas de Lula, ella tiene su propia démarche.

–¿Cómo se intensificó la campaña previa a la segunda vuelta?

–La segunda vuelta estuvo también marcada por la movilización social, por la apropiación de la candidatura de Dilma por parte de muchos: ella estaba obligada a hacer un equilibrio electoral sobre cuestiones delicadas (religión, aborto, derechos humanos, sexualidad), pero la movilización callejera, las redes sociales, la apoyaban y producían una Dilma múltiple: luchadora, gay, black power, judía, musulmana, madre de santo (figura de la religiones afrobrasileñas), una mujer radicalmente democrática.

–¿Es una pura continuadora del legado de Lula o se esperan otras cosas de su gestión? ¿Cuáles?

–En primer lugar, claro que habrá continuidad: el gobierno de Lula tiene más del 80 por ciento de aprobación, después de ocho años de gobierno. En el nivel internacional, creo que habrá continuidad total, con la participación de los actuales equipos (Marco Aurelio García y el ministro Amorim). Al mismo tiempo, pienso que Dilma tiene condiciones para avanzar y lo hará. Dispone de una mayoría en el Congreso mucho más favorable que la que tenía Lula. Puede avanzar en la Reforma Política, en la Reforma Tributaria, también en las políticas de cuotas raciales en las universidades federales, en la expansión de la democratización de las políticas culturales (los “puntos de cultura” que están siendo realizados en Argentina también). Creo que ella ampliará aún más las políticas sociales (de distribución del ingreso) e intentará acelerar el ritmo de crecimiento económico. Aquí se tratará de ver cómo la aceleración del crecimiento va a ser atravesada, por un lado, por las políticas de distribución del ingreso y, por otro, por una política adecuada de respeto al medio ambiente.

–¿Esas dos cuestiones serían las más desafiantes para su gestión?

–En esas dos líneas se definen dos desafíos importantes, con conflictos que pueden atravesar la base del gobierno: una es la cuestión del medio ambiente y del crecimiento, algo que apareció con fuerza en la candidatura de Marina Silva; una segunda cuestión está ligada a la dinámica de los megaeventos (mundial de fútbol, olimpíadas) en la ciudad de Río de Janeiro, donde un alcalde de derecha (pero ligado a la coalición de gobierno) está haciendo una política contra los pobres, de remoción de las favelas, de gentrificación.

–¿Qué significa para la cultura política brasileña el primer triunfo de una mujer como presidenta?

–¡Significa que los dos mayores países de América del Sur son hoy gobernados por mujeres! Es un cambio importantísimo, por lo que esto implica para el futuro y por lo que implica como maduración del proceso de esta última década. Es una conquista de este formidable ciclo político de los gobiernos progresistas en América del Sur. En el mismo sentido, que los temas de autonomía y de desarrollo (de trabajo y de empleo) estén siempre presentes hace que en la realidad tengamos una dinámica política completamente innovadora, algo que habla del respeto a la potencia de la diferencia, de la democracia. Esto no es apenas simbólico (que ya es mucho), es productivo, o sea, constituyente: ¡nos encontramos en las calles en defensa de Dilma, así como en la Plaza de Mayo después de la muerte de Néstor!

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Imagen: AFP
 
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