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Viernes, 9 de mayo de 2003

MUSICA

Después de incubar

Mariana Bianchini, líder de la banda Panza, acaba de editar su primer disco solista, al que llamó “Post-incubadora”. Sus letras, descarnadas, describen con precisión ligeramente revulsiva el espíritu con el que fueron escritas. Nace una nueva ex niña terrible.

Por Mariana Enriquez

De chica, Mariana Bianchini era fanática de Robotech, una serie de dibujitos animados de ciencia ficción. La serie tenía dos heroínas, y Mariana no podía elegir con cuál se identificaba más: si con Lisa, la comandante de casi treinta años, fuerte y eficiente, o con Lyn Minmei, la estrella pop adolescente que deslumbraba a la tripulación con su ingenuidad y su voz. Finalmente se decidió por Lisa, y acabó detestando a la niñita pop. Al mismo tiempo, formó una banda con sus dos hermanos varones que se llamaba Mierda Exprimida. “Me crié entre varones. No tenía amigas mujeres. Con mis hermanos teníamos una vida muy endogámica, hacíamos todo juntos. Siempre me resultó más cómodo trabajar con hombres.” Ahora, que ya no toca con sus hermanos, tiene su propia banda, Panza, donde es la cantante (y la única mujer); ya editaron dos discos: Sonrisas de plastilina y el EP El marajá de San Telmo. Y como cuando era chica, se vuelve a sentir una heroína de historieta: “Me gusta la mujer como figura importante, que es muy frecuente en el comic. Por eso quizá terminé en el rock, un lugar relativamente machista. Me gusta creer que mi objetivo es incentivar al sexo femenino para que ocupe ese lugar. El rock machista es un mito. El lugar está: hay que ganarlo. Siempre me preguntan si sufro el machismo del rock. No sólo no lo sufro; ni siquiera lo siento. Es cierto que en el rock tenés que demostrar el doble que el hombre. Tenés que ser atractiva sin ser ‘puta’, tenés que cantar, moverte bien, dar mucho más que un cantante. Un tipo es aceptado con menos, sobre todo por las mujeres, que a veces somos más machistas que los hombres. Pero hay que romper con eso. Cuando empecé, me decían que lo hacía era horrible, que tenía que dejar de tirarme al piso, que tenía que hacer pop. Si les hubiera dado bola, por ahí estaría en una oficina”.

Incubando
Mariana acaba de editar su primer disco solista, a los veintisiete años. Lo grabó cuando terminó un post-operatorio que la tuvo deprimida e inactiva. Se llama Post-incubadora y lo editó el sello Ultrapop; el título refiere a la partida de la casa paterna y la vida familiar, que de tan amorosa le resultaba asfixiante. “Si vomito la cena queda mal/ si me voy de la mesa, queda mal/ Si estoy despierta y parezco muerta/ No preguntes no tengo lengua/ Si me voy de noche, vuelvo acá/ Si me escondo siempre me encontrás/ Si la tristeza me sale por las orejas/ no me mires, no tengo lengua”, canta en “La sonrisa”. Post-incubadora es el disco de una chica criada con el cuidado de una flor de invernadero que resultó carnívora. “Nadie lo notó, la nena se murió/ y renació algo mucho peor”, canta en “Chau”. Hacía tiempo que no se editaban canciones como éstas, dolorosas de tan íntimas, un diario privado pergeñado en la soledad de una habitación, que conjuga imágenes ingenuas de hadas y heroínas superpoderosas con amores retorcidos (“Sé que supuran las heridas/ sé que robaste el flujo de mi sangre/ dame el sonido de tu lengua que desafina en mis axilas/ dame miradas que me apuñalen”, en el tema “Nada”), una colección de urgencias que hablan desde el cuerpo; en la mayoría de las canciones aparecen lagañas, panzas, pies, saliva, flujo, encías, latidos. Hacía mucho que noaparecía un disco tan claramente femenino. “Fueron vómitos de angustias y fantasmas. Como en ese momento no podía hacer terapia, tenía que elaborar irme de la casa de mis viejos, amores que nunca resolví... fue decirme a mí misma todas esas cosas que termino diciendo para afuera. Tengo una imposibilidad casi patológica de mandar a la mierda a la gente.” En Post-Incubadora no sólo manda a la mierda. “Tirate del balcón que yo te miro desde acá”, desafía.
Hay algo tanguero en Mariana Bianchini, no en el estilo musical claro está, pero sí en la interpretación, en el desgarro, en ciertas letras. “Sola”, por ejemplo. “No te quiero ver ni en figurita/ como querés que te lo repita/ puedo gritártelo y empapelar toda tu piel/ Volvé...” La última palabra se alarga en un alarido eterno. “Me sorprendió que aparezca el costado tanguero, pero es que adoro el tango, soy muy argentina, me gusta el desafío de vivir acá. Casi es la única música argentina con la que me identifico. Nunca me gustaron cantantes mujeres de acá. Más allá del sexo, me gustaba Charly García como artista, pero ahora no lo puedo ver más, ya está, eutanasia para Charly. Me gusta Tori Amos, Björk, P.J. Harvey.”
La comparación más clara para Mariana, musical y líricamente, es con P.J. Harvey, la compositora inglesa que, como ella, vivió una infancia idílica y prolongada y grabó sus primeras canciones sola, en casa, canciones de una intensidad brutal, sexuales y descarnadas. Reconoce la influencia, y agrega a Faith No More, una banda de hard rock: “El cantante, Mark Patton, me partió. Lo escuché y dije: ‘Tengo que hacer algo como él, en versión mujer’”. Así, cuando sube al escenario es un remolino, pero con una voz educada y técnicamente infalible. En el rock, eso todavía puede causar alguna controversia. “Hay cantantes que me acusan de ser careta. Yo tomo clases de canto porque soy cantante. Los demás, los que no son caretas, los que no estudian, cantan como perros.”
Incómoda
“Cuando tuve una vida propia, me sentí perdida. ¿Y ahora qué hago?, me preguntaba. Para colmo, venía de formarme en la música con mi hermano, que es muy exigente, y me marcaba todo el tiempo. La falta de esa presión, conseguir la libertad, me dejó en pelotas.” En una de las canciones, esas ansias de recibir órdenes quedan claras: “Que perfume mis palabras, que calme mis latidos/ que cante como afectadita y vista bien/ construyen mi sonido, me destruyen de a poquito/ pero no dejen de hablar de mí, armen, armen, ármenme”, dice “Top-Toy”. Pero ahora está empezando a creer que ella también puede tomar decisiones. Es que en su familia, cuenta, creen que está desperdiciando sus condiciones haciendo rock. Que tiene una voz maravillosa y debería usarla para estilos más accesibles. Pero no puede. “Me siento trucha cantando el tema de Titanic. Para eso fabrico sillas.” Trabajó en bandas de covers, un destino habitual para las lindas voces femeninas. No va a hacerlo más. “Lo peor que te puede pasar es cantar en casamientos. Es horroroso. Entrás por el baño, te cambiás en un cuartito, salís por la cocina, no te dan ni un canapé, descubriste que podés llegar a un Mi sobreagudo y tenés que cantar ‘Pechito con pechito’ y alabarle el vestido a la novia. Si tenés algo que decir, no lo soportás.”
Si hay algo contra lo que Mariana reacciona, es la comodidad. Era mucho más cómodo quedarse en casa. Es incómodo subir a un escenario como front-woman de una banda de rock (“todavía está lleno de pelotudos que hablan de tus rollos y tu culo”), es incómodo soportar la mirada de los demás. En “Fantasía” canta: “Dicen que camino mirando mis pies/ dicen que ya no me visto bien/ que lloro en servilletas de papel/ dicen que estoy mal cuando creo estar bien/ dicen que yo sola no voy a poder/ dicen cuidarme y desearme el bien/ y me patean debajo de la piel”. Es incómodo confesarse como lo hace en Post-incubadora. “Es más fácil quedarse de groupie o ser ‘la mujer de’. O estar reventada para sacar carnet de rockera y que te respeten. Si me emborracho, al día siguiente no existo. Y no me interesa. La actitud está en bancártela sobre el escenario, no en la salida fácil,no en demostrar que podés tomar hasta darte vuelta. Yo me la banco. No tomo drogas porque necesito rendimiento. Soy obsesiva con eso: cantar está primero que mis hombres, que mi carrera, que casi todo.”
Pero por supuesto, es casi imposible financiarse con la música. Mariana Bianchini es, además, diseñadora de indumentaria. Empezó usando a las heroínas de comic como figurines. Le fascina el animé Evangelion, pero hace poco descubrió el comic Sandman de Neil Gaiman y encontró a Delirio, una chica enloquecida que mezcla en su look la psicodelia, el punk y una colorida ingenuidad. Es la musa de su próxima colección, que presenta por Internet (www.agente13.com.ar) o en las ferias que abre sábado por medio en su departamento. “La idea es vivir de la ropa, y que la música algún día empiece a rendir. Pero tengo confianza. Me sorprende que a la gente le guste el disco, ahora que es todo ‘Popstars’. No tuve ningún fantasma de marketing ni de construcción. Hay que confiar en uno mismo; si lo hacés bien, recibís reconocimiento. Mi trabajo nunca va a dar guita, pero sé que da prestigio.”

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