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Viernes, 31 de mayo de 2013

SALUD I

El juego de la vida

Se acaba de conocer una noticia que cambiará el destino de muchos niños y niñas: siete meses antes de morir, en 2009, Leon Eisenberg, psiquiatra mundialmente famoso por haber descrito por primera vez el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), confesó que se trata de una enfermedad ficticia. Pero la tendencia a prescribir el psicofármaco que lo corrige se extendió más pronto de lo que él imaginaba y los estragos llegan hasta nuestros días, donde el TDAH se sigue mencionando en el DSM.

 Por Flor Monfort

Una madre espera con su hijo de 4 años en la sala de guardia de un sanatorio. El chico es muy movedizo desde bebé, pero hace días se golpeó la cabeza y la madre sospecha que es una buena excusa para que le hagan una radiografía de cráneo, algo que podría explicar la agitación continua que lo embarga a la noche, a la tardecita y, por qué no decirlo, también a la madrugada. Se le practica una radiografía y no tiene nada, pero la madre consulta con el médico de turno cuál puede ser el origen de la excitación, lo que hace al niño romper los juegos de sus hermanos si no resulta el ganador o jugar a la pelota con sus propios códigos, a pesar de que hay otros de su edad tratando de imitar a los mayores. El médico no tiene respuesta y la madre se va. Al tiempo, la llaman de la escuela: el nene rompe en llanto si en los festejos de cumpleaños de sus compañeros no le cantan a él también y lo dejan apagar la velita, además de ser el más disperso de la clase y dibujar de un modo que a la “seño” le parece un tanto extraño. La madre comparte sus inquietudes en la escuela pero en lugar de tranquilizarse suma una preocupación, si el chico no “socializa mejor” prefieren no recibirlo el año siguiente. Entonces la madre consulta con su propio pediatra de confianza, quien le habla por primera vez del síndrome de desatención o TDAH, pero le explica que es muy pronto para diagnosticar y le aconseja tranquilizarse. Todo menos tranquila está esta madre. Pero espera, y ve cómo los síntomas de su hijo aparecen y desaparecen con el tiempo, hasta que logra olvidarlos, acostumbrarse o volverlos muy cercanos como para alarmarse, aunque siguen ahí. Al mismo tiempo, el chico tiene una imaginación fascinante y saca de la nada frases y palabras que sus hermanos desconocen siendo más grandes. En preescolar las cosas empeoran: si bien el jardín accedió a guardar la vacante del pequeño, nadie lo invita a jugar y el reconocimiento de letras y números no es el esperado para su edad, según la nueva maestra. “Es muy volado”, le dijo alguna vez y sumó su calificación a la del director: “No tiene habilidades sociales”. Desolada, la madre consulta con un psicopedagogo, quien vuelve a mencionarle el déficit de atención y ella siente que le están describiendo al marido más que al hijo, pero hace caso. Va al instituto más reconocido de neurología de la ciudad de Buenos Aires y somete a su nene a una serie de estudios de sueño y coeficiente intelectual que confirman la sentencia: el chico tenía TDAH, pero la ritalina, un psicofármaco de la familia de los estimulantes, podía paliar todos esos síntomas que hacían peligrar la entrada del niño a primer grado. Sin embargo, alguien alerta a la madre de los falsos diagnósticos, e Internet se convierte en su fuente de consulta. Si bien la ritalina se usa desde los ’60, durante muchos años se discontinuó porque traía aparejado problemas de crecimiento. Sin embargo, tres décadas después, el avance de la psicofarmacología logró detener ese efecto secundario en alguna medida (podía provocar pérdida del apetito pero si estaba controlado no debía causar mayores problemas) y la ritalina volvió junto con su aliado de cabecera, el TDAH, ese trastorno que parecía identificar la personalidad del niño: falta de concentración, intereses dispersos, poca tolerancia a la frustración, pero, sobre todo, un desorden estructural en las normas de aprendizaje que lo diferencia de los chicos aparentemente “normales”. La madre acató la orden, medicó al chico y palió las llamadas de atención del colegio, pero inició un expediente interno con la culpa por suministrar una droga a su hijo menor que todavía hoy suma expedientes. Porque se dio a conocer una noticia que podría cambiar el panorama y refundar la sospecha de que su hijo estuvo medicado durante años innecesariamente. Leon Eisenberg, el psiquiatra que “descubrió” el TDAH, confesó siete meses antes de morir de cáncer que se trataba de un diagnóstico ficticio, y de un desorden que en casi todos los casos podía resolverse con tratamientos psicoterapéuticos y no con una droga.

DETRAS DE LAS NOTICIAS

Se sabe: detrás de las grandes clasificaciones y de muchos diagnósticos están las industrias farmacéuticas. ¿Eso explicaría en gran parte el boom del TDAH, que ya en la década del ’60 se puso de moda y luego se fue olvidando con el tiempo hasta renacer a fines de la década del ’90? “Los psiquiatras sabemos que los grados de madurez cortical no son iguales en todos los niños, de manera que hay algunos que parecen inmaduros a los 5, 6 años pero se resuelve con el tiempo sin medicación ni diagnósticos. Tal vez sí con terapia, pero no porque se trate de una patología neurológica en todos los casos. En los años ’60 también era ritalina la droga elegida para tratar el TDAH, entonces definido como hiperkinesia”, explica la psiquiatra Leda Luragiz, quien durante muchos años trabajó exclusivamente con chicos, y puntualiza que la ritalina es un estimulante, pero en algunos niños con gran inquietud psicomotriz se observó una reacción inversa: en vez de excitarlos los sedaba. Hace 50 años fue el boom, pero después se abandonó porque provocaba un retraso evidente en el crecimiento de los chicos. Y agrega: “Detrás de todo síntoma que presenta un niño siempre hay una historia. Hay chicos que maduran más rápido que otros pero no se puede catalogar con liviandad y sin criterios de un riguroso estudio neurológico a un chico que tiene TDAH porque no atiende en clase. La inquietud que puede tener un niño es multifactorial, y en muchos casos es funcional al medio en el que se desarrolla sin responder a una etiología neurológica. En última instancia la medicación es para tranquilizar a los maestros y/o a los padres”. Luragiz recuerda a la Dra. Thelma Recca, maestra de muchos psiquiatras infantiles, quien solía hablar de Disfunción Cerebral Mínima. En ella se englobaba la falta o el retraso en la adquisición de la regulación de las funciones que le permitían a un niño adaptarse a un grupo pero que podía adquirirse con el tiempo. Tiempo que la ritalina no da desencadenando una especie de tapón en los síntomas que atasca cualquier salida lejos de la psicofarmacología. Con relación al Dr. Eisenberg, “pienso que se atrevió a desmitificarse antes de morirse. La cantidad de medicaciones que están subvencionadas por grandes laboratorios es muy grande y es muy probable que él haya respondido a esa política. Lo que hay que preguntarse es cuánto los laboratorios o ciertas conductas fóbicas influyen sobre las conductas médicas”, afirma.

Para la madre en cuestión, la noticia implica empezar un nuevo camino, donde todas las angustias se reviven y el futuro parece incierto, ya que nadie puede decirle hoy si el tamaño de su hijo, sus comportamientos e incluso su historia no estuvo seriamente modificada por el uso de un psicofármaco innecesario. Para Luragiz es la oportunidad de volver a replantearse la medicalización de conductas socialmente molestas y diversas, algo de lo que no sólo el TDAH tiene un relato para desandar.

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