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Viernes, 3 de octubre de 2003

mentiras verdaderas

Ni darky ni cool, como pretenden algunos, Carolina Fal es una intérprete dotada, trabajadora y reflexiva que refulge tanto en el teatro haciendo a Lorca o a John Ford, como en una telenovela difícil de resistir, donde interpreta a Martina, embarazada por el galán Diego, que ama a Julia. Pero en estos días, Martina ha recuperado la ilusión y quizá la espera se le haga más dulce gracias a un romance en puerta con un recién llegado.

 Por Moira Soto


La adolescente de negros ojazos, pelo largo y piel nacarada que llegó de Mercedes a los quince para probar suerte en Clave de sol, ya está doblando esa edad y ha avanzado en forma vertiginosa como actriz hasta situarse entre las mejores de su generación. Carolina Fal, aunque desaprovechada por el cine, está en un espléndido momento de su profesión: el año pasado deslumbró en La casa de Bernarda Alba que se ofreció en el San Martín (donde venía luciéndose reiteradamente), y en la actual temporada se permitió hacer en simultáneo Dios perro, en el Centro Cultural Recoleta, y la shockeante telenovela Resistiré (Telefé). Además, ha escrito un guión, Monoblock –el rumor asegura que es excelente–, que dirigirá Luis Ortega, con la propia Fal, Graciela Borges, Rita Cortese y Silvia Süller.
“Qué difícil es zafar de complacer el deseo masculino según lo imponen los medios”, protesta la actriz y ahora escritora en el despojado estar de su casa, blanco sobre blanco. “Las modelos no representan a las mujeres reales, es un endiosamiento que confunde, enferma, tergiversa valores. Porque los valores interesantes no están en las tetas y el culo. Si hay algo de la tele que no me gusta en este momento es que haga creer eso, me parece un abuso que trae consecuencias serias, que pone el foco en un sitio superficial, de pura apariencia. Muy nocivo para todas las mujeres, terrible para una chica de trece años que recibe eso. Lo digo desde la experiencia: tuve muchos problemas con mi cuerpo, con mi alimentación, desde que empecé en la tele. No te dejan escapar de esa permanente exigencia de agradar físicamente a esa mirada masculina que se supone homogénea. En eso, yo sigo sufriendo algo que me parece ajeno a la profesión. Aunque no como antes, y en la tele, no en el teatro por cierto. Podés ser muy buena actriz, pero te van a pedir que salgas divina. Que te obliguen a estar siempre perfecta físicamente te aleja de lo que sos realmente. Hasta las conductoras de noticieros parecen modelos.”
En Resistiré, Fal es Martina, la contrafigura de la protagonista Celeste Cid (Julia). Después de perder a su hijito en un accidente, Martina anduvo un tiempo enajenada, como una exangüe Ofelia, entre el deseo de morir y el de vengarse. Pero pasaron muchas, muchísimas cosas en la novela, algunas verdaderamente insólitas, y éste es el momento en que Martina, embarazada del ya casi tenebroso galán Diego (Pablo Echarri) que ama a Julia, empieza a tener un brillito de ilusión en la mirada, provocado por la irrupción de Leandro (Pablo Rago).
–¿Seguís con el entusiasmo de comienzos de año, cuando Martina estaba bastante loca?
–Por supuesto. Es que ésta es una novela en la que la estamos pasando tan bien... Mirá, creo que es difícil crecer actoralmente en la televisión, aunque quizá se pueda aprender otras cosas. Pero ésta es la primera vez que me pasa algo sí: todos traemos al set cosas para mejorarlo que se está haciendo, todos aportamos espontáneamente un plus, algo personal para sumar a la novela. A mí me conmueve que esto suceda, Y ahora lo tenemos a Pablo Rago, alguien que hace que la escena esté viva, alguien que te mira de verdad. Un verdadero placer.
–Y parece un gentil candidato para Martina embarazada del primer Pablo (Echarri), en una novela que se lo ha permitido casi todo...
–Todo: a veces nosotros mismos nos sorprendemos: después de esto que pasó hoy, ¿qué más?
–Es cierto que “Resistiré” nos ha ofrecido incesto, crímenes diversos, crueldades variadas, toda la gama del erotismo, héroe romántico que se vuelve sombrío, heroína confundida... Y lo gracioso es que aparece Jean Pierre Noher evacuando ruidosamente en el inodoro –situación justificada dramáticamente– y en la tele se rasgan las vestiduras, empezando por la señora Mirtha Legrand. Parecería que nadie vio “Tonto y retonto”, “Pink Flamingos...”
–Yo estoy entre pensar que hay mucha gente pacata, y a la vez descreer de que esté justificado y preguntarme: ¿por qué les choca tanto? ¿Es que no lo pueden reconocer en ellos mismos?
–Ya Hitchcock nos contó que una de las situaciones de mayor vulnerabilidad era estar en cueros bajo la ducha (si andaba cerca Anthony Perkins).
–Es que el baño es un lugar muy íntimo. Yo personalmente soy muy escatológica, hablo de esos temas con la mayor naturalidad. Lo genial en esa criticada escena es que el tipo no está en condiciones de pararse, de defenderse.
–Para la pregunta ¿qué más puede brindar “Resistiré”?, siempre hay alguna respuesta imprevisible, como la actitud de Leonarda bajándole el cierre a Ponce, y que esta acción se muestre desde dentro del pantalón.
–Sí, ¡subjetiva del pene! Esa toma la hizo un chico que es cámara, buenísimo, él dirige cuando falta un director o agregan un móvil. Después la cámara se alejaba y ahí estaba Tina Serrano en medio del campo verde, de rodillas, moviéndose acompasadamente... Por supuesto que no hablamos de sexo explícito, aunque yo creo que se viene el cine porno con arte. O quizás haya que agregar escenas explícitas al cine no pornográfico...
–Eso es precisamente lo que propone el teórico español Román Gubern.
–Yo creo que se va a dar ese paso muy pronto.
–Pero ¿no se supone que los actores representan la calentura, que no les sucede de verdad?
–Se supone que mienten...
–¿Con sinceridad? ¿Mentiras verdaderas?
–Exacto. Algo verdadero tiene que suceder, aunque todo el resto sea mentira: que yo me estoy mirando con el actor, por ejemplo, y no hablo de pasarse la mirada por la cara. El contacto tiene que ser cierto.

Un asunto de vida o muerte
–¿Qué pasa cuando una actriz se larga a escribir un guión titulado “Monoblock”?
–Actualmente, mi sensación es de mucha angustia al terminarlo.
–¿No lo tenías listo hace tiempo?
–Nunca lo termino, creo que ésta es la última versión.
–¿Te lo tienen que arrancar?
–Sí, necesito que eso pase, aunque duela. Y lo que siento, te decía, es una angustia muy hermosa, pero angustia al fin. Un gran vacío, como si hubiera puesto todo lo que tenía ahí. Algo que me sucede después de cada trabajo: me invade el miedo de no volver a llenarme, o de llenarme de lo mismo. Después, cuando pasa ese momento y estoy frente a un nuevo desafío, me doy cuenta de que ese miedo era infundado. Que la imaginación esinagotable. Y si estás despierta, atenta, receptiva y amás lo que hacés, el interior se vuelve a llenar y una empieza a combinar elementos para que surja algo diferente. Y hago nuevas cosas poniendo todo lo que tengo, no conozco otra manera. Por eso me dio mucho pudor mostrar ese guión, llevárselo a Graciela Borges, a Rita Cortese. La semana que esperé la opinión de ellas fue tremenda para mí. Porque mientras lo escribía no me di cuenta de lo personal que era. Todo lo que estaba poniendo de mi infancia, mis miedos, lo que para mí es el sentido de la vida. Lo escribí de una manera muy inconsciente. Y cuando lo entregué advertí que estaba entregando un pedazo de mí enorme, que me estaba poniendo en evidencia en mi parte más vulnerable.
–¿”Monoblock” es tu primera creación como escritora?
–Es lo primero que escribí sin pensar si sabía hacerlo. Frente a la computadora me pasaba a veces que empezaba a tomar conciencia de que estaba haciendo algo por primera vez, creando algo que quizás alguien iba a dirigir, y luego se proyectaría en una pantalla... Y ya no podía seguir escribiendo. En cambio, trabajaba mejor, con más fluidez, cuando pensaba sólo en el texto. Cuando ellas lo leyeron y Graciela me llamó para decirme cosas muy lindas, que quería hacerlo, y Rita opinó de manera semejante, fue muy movilizador. Me dije: tampoco es fácil soportar que se cumpla el sueño. Si me pongo a imaginar la filmación, se me sale el corazón del pecho. Cuando lo leo, me asombro de cuánto hay de mí en ese guión: siento en mí muy nítidamente la infancia como motor de todo lo que hago.
–Alguien dijo que la infancia era la patria del hombre, se supone que también de la mujer...
–Yo la siento como mi fuente, la riqueza que puedo tener proviene de allí. La música que yo escucho y me llega al corazón, me remite a la infancia. También creo que Monoblock me reconcilió con mi origen, y esto me parece fundamental. Creo que no se puede renegar de donde una viene, creo que está todo mal si lo hacés. Viví mucho tiempo peleada con mi vida anterior, pensando que no era buena. Y haciendo lo que creía que había que hacer en materia de música, lectura... Y hubo algo después de Monoblock, y quizás antes porque por alguna razón lo escribí, que me hizo entender que no hay otro camino que aceptarse, ser quien una es, lo más puramente posible. Eso, que supieran encontrar su esencia, es lo que me gusta de muchos artistas, empezando por Leonardo Favio.
–¿La escritura de Monoblock te resultó terapéutica?
–(Risas) Ahora sé que sólo se puede trabajar con lo que es propio. Lo que no significa que te guste todo lo tuyo. De todos modos, Monoblock no es mi historia, ni tampoco es que yo planificara escribir un guión: sencillamente, no pude hacer otra cosa, durante un verano entero, que sentarme frente a la computadora desde la 1 a las 8 de la mañana. Para mí fue de vida o muerte.

Soñar, soñarse
“Marcello Mastroianni es un actor al que admiro profundamente. Leí su libro de testimonios, basado sobre la película del mismo título que vi después. Me tocó mucho lo que Mastroianni dice: yo no entiendo a esos actores que tiene que sufrir para actuar, que someten su cuerpo al dolor o engordan diez kilos para un personaje o si tienen que hacer a un rengo, renguean un mes. Yo voy al set, cuenta Marcello, Fellini me dice ‘la situación es ésta y ésta`, y ya está. A mí eso me alivia, me salva que alguien a quien respeto tanto diga eso. Porque yo también pienso que actuar es una mentira. No comprendo cuando alguien me habla de seguir enganchado al personaje tres horas después de hacer la escena. Como no estableciendo la diferencia entre vida y arte: ni estamos contando la vida desde la ficción ni hay que sentir realmente lo que se actúa. Actuar es jugar. A veces me parece raro que me paguen por disfrutar, crecer, aprender.”
–¿Te has sentido dependiente del deseo del director, del productor, del escritor?
–Ahora me parece importante, al menos para mí, escribir, seguir estudiando. Una no puede quedarse esperando que suene el teléfono, esperando que alguien sueñe con vos. Te tenés que soñar vos misma. Cuando era más chica, cuando confiaba menos en mí, cuando pensaba que todo el poder estaba en los otros, me pasó de quedarme esperando.
–¿De dónde sale esta actriz que se sube a la Martín Coronado del San Martín para hacer una gran Martirio en “La casa de Bernarda Alba”, y se le escucha cada palabra, cada sílaba, aun en la última fila?
–No sé si se trata de una técnica o de haber roto algo. María Herminia Avellaneda fue una directora que me enseñó a llorar con la boca abierta. Tenía diecisiete y me llamó para hacer una Alta Comedia. En una escena tenía que ponerme a llorar. Me costaba mucho expresarme, había algo en la garganta que se me cortaba. Lo que hacía era chiquitito porque no me animaba. Y María Herminia me gritó por el talkback: “abrí la boca”. No me lo olvido más: fue como si me hubiera sacado un tapón. En el teatro sería: confiar en lo que una tiene adentro y tirarlo hasta la última fila. Hay ocasiones en que hay que lanzarse al precipicio. Te da pánico en el momento, pero después se te abren mil puertas. Técnica de la voz, no estudié nunca. Si yo tengo que hablar de un formador, de un maestro, te nombro a Carlos Gandolfo. Creo que lo mejor que hizo conmigo fue facilitar que yo encontrara mi propia técnica. El enseña una, pero después hay que personalizarla. Ahora me encuentro respondiendo a cosas que él me enseñó, pero que tuvieron que madurar mucho adentro.
–¿Qué otro directores, aparte de Avellaneda y Gandolfo, te marcaron?
–Leonardo Favio.
–La pregunta era sobre los que te dirigieron a vos.
–Es que no puedo dejar de hablar de él. Es fundamental en mi vida. Vi Soñar, soñar, y a mí se me abrió el pecho como un melón. Muero por trabajar con Favio. Siento por él algo pasional. Me identifico mucho con el mundo que cuenta, con sus sentimientos. Creo que pone la vida en cada cosa que hace. Que pone amor, comprensión, compasión. Bueno, Bergman también me atrae, una locura. Gritos y susurros es una película que no se puede creer, con esa belleza tan dura, lograda en medio del dolor más profundo, de la desolación más grande. Bergman ama a los actores, eso se trasluce. A las actrices, más todavía. Persona es impresionante.
–¿Puestistas teatrales con los que trabajaste?
–Mirá, a mí me gustan mucho los directores que me dicen lo que tengo que hacer, no los que me dejan hacer lo que quiero. Me parece bien que me marquen el esqueleto general. Roberto Villanueva es un director que el primer día de ensayo tiene puesta la obra. Y mi trabajo es ver cómo hago lo que él me está pidiendo, llenar el espacio que ya está diseñado. Villanueva me marca cosas como “te ponés la mano en la frente cuando decís tal cosa”, y lo mío es lograr la verdad de ese gesto. Si confío, como me ocurre con Villanueva, me gusta llenar la consigna del director. Sus Variaciones Goldberg me partieron la cabeza. Me emocionó mucho Fabián Vena, pero Alfredo Alcón también es un grande, muy generoso, te lleva hacia él, te eleva.
–¿Ahora te largás con “Panorama desde el puente”, de Arthur Miller?
–Sí, para estrenar a comienzos de la próxima temporada. La puesta es de Luciano Suardi. Estoy entusiasmada, es un director muy inteligente. También tengo muchas ganas de hacer teatro circular, de estar muy cerca de la gente, algo que estamos pensando con Vivi Tellas. Empezamos a ensayar Panorama... en noviembre, pero ya nos estamos reuniendo una vez por semana. Me parece una pieza redonda, perfecta, sólida, que fluye. Por otraparte, no sé si tendré otra oportunidad de hacer a Cathy, estoy grande. Tuve que elegir entre esta obra y Platonov, de Chéjov, y pensé que para esta última todavía me queda tiempo.
–¿Te gusta volver al San Martín, a los horarios, la seguridad?
–Mirá, yo entro en el San Martín y estoy en mi casa. Soy una persona que necesita mucha disciplina, rutina. Me desbordo, me voy del camino fácilmente. Por eso me contiene algo que tiene que ver en cierta forma con el colegio. Aparte, el San Martín, con esas salas, esos espacios, para mí representa el teatro.
–Allí tuviste muy buenas experiencias, a partir de Griselda Gambaro.
–Sí, realmente: empecé con Dar la vuelta, de Griselda. Oleanna, Casa de muñecas, Amanda y Eduardo, La casa de Bernarda Alba... Fue hermoso hacer ese Lorca. Kive Staiff me llamó y me dijo: “Me gustaría que fueras Martirio. Vos podés ser Adela, cualquiera te elegiría para Adela, pero me parece que como actriz te conviene Martirio”. Y así como hoy me pasa con Cathy, me pregunté cuánto tiempo más me quedaba para hacer a Adela, quizá ya no la haga nunca. Pero sentí que lo que Kive me decía era muy acertado. Y fue un placer increíble hacer ese personaje.
–La verdad es que dabas miedo sobre la escena, escalofríos. Se notaba que estabas actuando peligrosamente.
–Es lindo cuando un actor da algo. Es bueno ese tipo de miedo ¿no? A mí cuando un actor me gusta mucho no puedo evitar pensar en mi propia vida. Siento que no me alcanzan los sentidos para abarcar el mundo, me da como un ahogo, como si no supiera qué pedazo morder. Cuando veo a un gran actor, me pregunto cuánto está entendiendo, cuánto está abarcando. Es el caso de Alejandro Urdapilleta, me encanta el personaje que hace en Sol negro. El es una persona hermosa. Yo creo bastante en la inteligencia del actor: por visceral que sea nuestra profesión, es imprescindible la inteligencia. Tomar el riesgo también, por supuesto. Creo que el que no se anima a meterse en zonas propias que le parecen oscuras o que lo asustan, no puede asustar en el escenario.
–Volvamos a nuestra telenovela favorita que nos va a durar hasta fin de año, y después nos dejará a muchas en la orfandad, con el síndrome de abstinencia.
–(Risas) Sí, volvamos. Yo no me canso de hablar bien de Resistiré porque todo funciona maravillosamente, incluida la edición, que es impecable. Esta novela se permite todos los riesgos en el filo del papelón. Funciona porque todo está fundamentado dramáticamente, y el relato tiene mucha humanidad. Dentro del elenco hay gente extraordinaria que, como te comentaba, aporta más allá de lo habitual. Por ejemplo Tina Serrano, que se metió con lo que había que meterse. No le tiene miedo a ningún desafío, es audaz, inteligente, tiene ideología. El galán no tiene una moral convencional. Transa con cosas que un protagonista de novela no puede transar. Lo de Pablo Echarri es jugado. Tampoco la protagonista es una santa que se preserva para el héroe. Martín Slipak, que hace a César, el chico que adopta Claudia Lapacó, es excepcional, de una madurez increíble para su edad. Como no puedo nombrarlos a todos, quiero decir que Resistiré tiene un responsable muy importante; Gustavo Marra, un productor absoluto. El armó el elenco, lo peleó, lo logró.
–Algunos críticos no supieron ver el cambio que representaba, y por ejemplo, en el caso de la Gloria de Leonor Manso, optaron por la referencia fácil: decir que repetía el personaje de la madre de “Vulnerables”.
–Cuando no tiene nada que ver. Bueno, es una mirada muy gruesa, cortita y superficial: Gloria tiene otro perfil, otra cabeza, otro corazón. Me encanta su costado trucho, su sentido moral inestable, que carezca de auténtico instinto maternal aunque en esta etapa trate de componer las cosas.
–¿No extrañás un poquito la época en que estabas loquísima y andabas con el revólver en la cartera, lista para usarlo con Doval?
–Extraño que Martina los últimos tiempos tenga acción. Un poco de nostalgia me da, sí. Ahora está un poco más sana, reconciliada con la vida. Pero también es un alivio hacerla en esta etapa, querer morir y matar todo el tiempo es agotador.
–Qué bueno sería que en esta tira zarpada, Martina, la chica embarazada por el hombre que no la ama, tenga un romance, en ese estado, con otro tipo...
–Sería muy lindo, muy fuerte. Nunca vi en una novela a una mujer embarazada teniendo relaciones con alguien que no es el padre. No te puedo decir más, por el momento. Pero sin duda se presta al juicio moralista apresurado, a que aparezcan todos los mitos sobre la maternidad. Me encantaría, ya se rompió con lo previsible al embarazar el galán a la contrafigura, no a su pareja romántica.
–Sin embargo, hubo algo convencional en ese episodio: el discurso moralizante, pro vida a cualquier costo, que pronunció Hugo Arana.
–Gloria fue el único personaje que en una escena le dijo a Martina que ella se había hecho un aborto, que había sido doloroso, pero reconoció que no le podía indicar a su hija lo que tenía que hacer. Parte de ese discurso pensé que estaba bueno.
–Sí, pero no dejó de ser culpabilizador: te vas a arrepentir si lo hacés. También se estigmatizó el aborto que se hizo Vanina a los quince, cuando probablemente era la salida más correcta...
–Sí, lo dramático hubiera sido que lo tuviese. Creo que en lo que respecta a Martina no estuvo desarrollado el problema del aborto, no se profundizó un tema tan importante. Quizá no le interesaba a los autores. Es un tema muy difícil de abordar en nuestro país, aunque me parece que empieza a salir a la luz.
–¿Cuándo comienza el rodaje de “Monoblock”?
–En marzo. Mi sueño es que Monoblock empiece diciendo “A Leonardo Favio”, que nos ha influido tanto. Para mí es ideal trabajar con Luis, que en principio es mi mejor amigo. No sé si hubiera podido darle el guión a otra persona. La primera escena de Monoblock nos sentamos a escribirla juntos, después seguí yo. Tenemos una especie de comunión con Luis, a veces pienso que estuvimos en la misma panza, aunque venimos de lugares opuestos, pero hay algo de fusión y de entendimiento muy fuertes. Soy feliz sabiendo que él existe y que es mi amigo. Monoblock nace de un momento de mucha desesperanza, de mucho autodaño. Escribirlo limpió todo eso, fue un purificador, nos iluminó.

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