las12

Viernes, 30 de agosto de 2013

MUESTRA

Las extensiones salvajes

“Sikha”, el nuevo trabajo de Sofía López Mañán, descubre casi en clave voyeur la transformación de una mujer en otra desconocida, concebida desde una estética natural y aguerrida, sin perder el horizonte de la espiritualidad. Toda una declaración de principios en la obra de la artista.

 Por Cristina Civale

“Hace nueve meses decidí cortarme el pelo, lo llamo desapelo. Es un acto de negar y anular un lugar donde nunca estuve y al que quise siempre pertenecer, es cortar mi propio habitus del linaje y adoptar costumbres de otras culturas buscando llegar a mi verdadera esencia”, explica la artista Sofía López Mañán sobre su muestra Sikha, curada por Leticia Maello, donde desde un combo de fotografías y un video exhibe su cuerpo desnudo, dotado de una cabeza casi rapada, donde desde un video expone cómo con ese pelo construye corsets, esa vestimenta femenina que tiene como objetivo modelar el cuerpo, apretujándolo no sin cierto sufrimiento. Pareciera que lo que intenta López Mañán con esta obra es una transformación de su ser mujer en otra mujer desconocida, nueva, con la que quiere renacer y de la que quiere apropiarse.

Una sikha es un mechón de pelo que se deja en la corona de las cabezas rapadas de los hinduistas que están en celibato, protege el chakra Sahasrara antepuesto al tercer ojo, el que todo lo ve. En sánscrito, sikha significa centrarse en un solo punto, en un objetivo al que se accede con sacrificio espiritual, oración y limpieza.

“Sikha son todos los cuerpos que se modifican en otros cuerpos, el paso de lo material a lo espiritual –explica la curadora de la muestra–. Una transición de lo maldito y abyecto, develado en natural. Elementos ajenos al cuerpo que se construyen para modificarlo, contenerlo y cargarlo de una nueva historia de la belleza.”

Precisamente en el relato de esa otra belleza es donde se centra el corazón de esta muestra que se exhibe en la galería Pabellón 4 de Palermo Soho.

El camino de Sofía López Mañán para llegar a esta muestra, a la construcción de otra mujer desde otro concepto de belleza, más espiritual pero también más salvaje, es casi una declaración de principios de toda su obra y comienza –como casi todo– en la infancia. Según cuenta a Las12: “Tengo una familia disfuncional como cualquier familia normal. Nací en Olivos en plena guerra de Malvinas. Soy la más chica de cuatro hermanos, el paracaídas –podríamos decir–, porque tengo bastante diferencia con el que me sigue. Mi mamá es de familia inglesa y mi papá viene de familia tradicional española. Yo soy el resultado de esa mezcla. A veces recuerdo mi infancia como si hubiese estado dormida. Fui a un colegio exigente en el barrio. Se decía que sufría problemas de concentración, por eso la familia me mandó por varios años a una psicopedagoga; aún la recuerdo a María del Carmen. Después se diagnosticó un cuadro de hiperansiedad, para mí simplemente había que aceptar que me aburría. Me aburría la rutina, el orden, el memorizar. Me aburría el horario y el tiempo. Me costó un tiempo largo aceptarme en la diferencia y elegir mi camino, opuesto al que se me marcó”.

La mujer que quería transformarse nació en ese desasosiego de la infancia, cuando parecía que no encajaba en ningún lugar, donde hasta fue tildada de enferma por el simple hecho de ser diferente, y la diferencia, estaba marcada sólo por una sensibilidad aguda y un estrepitoso aburrimiento.

Es en el camino de su búsqueda profesional cuando López Mañán se cruza con el arte como fin, pero también como proceso. Cuando termina la secundaria, intenta cursar la carrera de Diseño Industrial, pero pronto se da cuenta de que quiere estudiar arte con “el mero fin de hacer arte”, afirma, y así pasa por las aulas del IUNA. Y es otra vez la infancia y sus albores lo que la llevan a esta suerte de epifanía. Y dice: “Me conecto con el arte cuando el arte termina siendo un medio más que un fin, entendiendo que mi mayor interés era el proceso de creación. Eso me empieza a ocurrir con un trabajo que hice inspirándome en el sillón donde se sentaba mi abuela todos los días. Trabajaba con su presencia ausente, con la huella del peso en la almohada del sillón”.

A la fotografía accede de un modo más ecléctico, a través de estudios propios y cursos informales. “En un principio la fotografía era un medio para registrar acciones. Yo hacía intervenciones y ya –cuenta–. Cuando termino la facultad, un tanto tambaleante, buscando trabajo de algo relacionado con arte, todo me llevaba a ser profesora y no tengo ese perfil. Así que tuve esta brillante idea de empezar en Argra (Asociación de Reporteros Gráficos de Argentina). Fue trabajando como reportera que me di cuenta de que yo soy artista y no periodista, aunque ese trabajo me acercó a la fotografía documental y ahí empecé mis producciones como fotógrafa artística.”

Durante mucho tiempo se inspiró en la artista cubana Anna Mendietta, le interesaba mucho el trabajo que hacía Mendietta con la huella y hoy mismo esa observación se traduce en sus trabajos. También se siente influenciada por Gordon Matta Clark. “La decontrucción del espacio en su obra es algo que observé mucho mientras trabajaba con mi proyecto de Propiedad privada, relacionado con espacios en demolición”, explica. “Hoy en día aún sigo observando con admiración a Sophie Calle, a la fotógrafa Francesca Woodman o un clásico como Diane Arbus. Acabo de notar que la mayoría de mis influencias son de artistas mujeres. Este año recién me relacioné con la obra de Abramovic. Poner el cuerpo, la meditación, la vivencia del momento presente.”

Y estas menciones aparentemente azarosas no lo son tanto, en esta breve lista, armada de artistas contemporáneas, existe una estrecha relación entre las fotógrafas, ya sea con su propio cuerpo o con el cuerpo de los otros: el cuerpo siempre aparece como espacio de investigación, aquello que se pone en juego en la obra (Woodman, Abramovic) o aquello de los otros que se expone en su fragilidad y diferencia (Arbus).

“Este proyecto actual, Sikha, es consecuencia de otro proceso personal de limpieza –cuenta López Mañán a Las12–. Me corté el pelo en un proceso, un día me levanté y lo sentí muerto, así que fue simplemente esperar a la noche para sacármelo. El pelo, que es sólo pelo pero representa tanto más. Es el marco de la cara, según mi vieja, es la base de las costumbres occidentales. Mi mamá pensaba que venía de una secta y mi tía, habiendo visto mi foto, llamaba preguntando si estaba enferma. ‘Es sólo pelo’, me cansaba de explicarles. Me rapé durante nueve meses y fue un renacimiento. Quería cortar con cosas, con el linaje familiar, con estructuras heredadas que no me pertenecían, cortar con el pasado. Más que cortar, aceptar y soltarlo. Es un proceso interno. Cada rapada era un ritual de corte de raíz. Nunca tuve la intención de hacer obra con este proceso, pienso que lo que hice fue usar el arte con un medio de limpieza. El pelo es un símbolo de feminidad, aunque sentí lo que es ser femenina sin pelo. Sentí la sexualidad que hasta entonces llevaba reprimida, el encuentro con el otro. Con el pelo me liberé de estructuras y limpié. Por primera vez me expuse sabiendo que en todos los proyectos que había hecho hasta entonces siempre hablaba de mí pero nunca estaba yo, la presencia ausente, la huella, los anónimos. Ahora me puse a mí, vistiéndome y cargando aquellas cosas que me estaban liberando. Es un trabajo personal y, como tal, todas las personas que se involucraron son de mi más cercano círculo. Muchas ya habían hecho de mí en mi serie anterior. Es sanador compartir el arte con ellos. Sentir el abrazo materno, el peso, la pulsión sexual y la compresión a la largo de las imágenes”, concluye en este largo monólogo que dice casi sin respirar.

En esta obra usó su propio pelo pero también pelo de caballo y pelos prestados de amigos, familiares y de su pareja.

Las fotografías de la muestra son un registro documental de la artista desprovista de todo, salvo de ese mechón de pelo con el que aparece amenazante casi como una amazona, casi como una respuesta desafiante al equilibrio que implica la palabra “sikha”.

La realización del corset vino como continuidad de este proceso de quitarse las armas femeninas de seducción y vanidad: “Un corset es como una prótesis –explica–. Es sentir la incomodidad. Es un cinturón de castidad. Es ese artefacto que sostiene una prótesis de pelo que no es mía, como aquello que estoy cortando”. Y completa este concepto Maello, la curadora de la muestra: “Sofía López Mañán diseña una colección de corsetería a medida, hecha en hierro, cueros y pelo. Son extensiones de lo salvaje, lo sexual y lo contenido de lo sublime que representan nuestros propios miedos y perezas. Se viste con ellos para dejarnos ver lo voraz y animal del humano, generando en nosotros una inversión de valores en esa sensación única de incomodidad, asombro, deseo y repulsión de este tabú que representa la belleza de la fealdad”.

La muestra Sikha reúne un gabinete de objetos, fotografías y videos que crean momentos que se repiten en el tiempo, cautivos de su propia atemporalidad. Acciones programadas en nuestros genes, en nuestra familia y en nuestra cultura.

López Mañán libera nuestros más oscuros paisajes interiores y nos pone en espejo como voyeuristas de nuestra propia intimidad.

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