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Viernes, 6 de septiembre de 2013

MUESTRA

Familiaridad brutal

Una mujer ha muerto, violentamente. Su cuerpo ha sido expropiado, por el agresor y por quienes se apropian de la escena en busca de una historia, un guión, un asesino, una lección. Los flashes forenses se disparan, una vez, otra y otra. Las fotos no están destinadas al gran público, pero casi siempre se filtran con más o menos debate sobre la pertinencia de hacerlas públicas, el dolor de la familia de la víctima, el morbo de quienes consumen. Se publican. Se archivan. Las vidas no sólo se han extinguido, se han convertido en casos, en alguna oportunidad, casos mucho más trascendentes que la vida de la mujer que con su muerte habilita la historia. Todo esto sucede demasiado habitualmente. Las cifras de mujeres asesinadas –una cada dos días según datos no oficiales– son elocuentes. La fotógrafa Rosana Simonassi ha puesto el ojo y la obra en este relato. Se ha colocado ella misma en la escena del crimen con toda la minucia que falta a una escena violenta. De eso se trata Reconstrucción, una muestra que desnaturaliza aún más la exposición de estas imágenes amarillistas a las que se espía con la misma pasión con la que se critica su publicación.

 Por Clarisa Ercolano

La idea es ponerse por un instante en el lugar de la otra. En el instante en que el obturador atrapa lo que queda, cuerpos ya convertidos en restos, historias que empezaran a contarse a partir de ese punto fijo e inmodificable: aun cuando en la jerga policial se diga que los cuerpos hablan, lo que digan ya no podrá modificarlos. Para ellos –para ellas– lo que sigue es la corrupción del tiempo, el fin del dolor, del placer, del amor o el desamor. Para estos cuerpos el tiempo dejó de correr. Y ahí quedaron, inmortales de todos modos, exhibiendo su último mensaje, el que dejó el asesino, el que apunta al asesino. ¿Qué más dicen las fotos forenses de mujeres muertas violentamente? ¿De qué hablaron frente a ellas quienes se las encontraron en la prensa? Rosana Simonassi es artista y fotógrafa y con su muestra Reconstrucción reconstruye “a modo de autorretrato casos que involucran la muerte de mujeres y de las cuales existen registros fotográficos o documentación visual de dominio público. A partir de la lógica del expediente y utilizando un medio efímero como soporte –las fotos están impresas en papel– los reproduzco en tamaño real evocando tanto la escena y registro original como la sordidez y desafección que están en su publicación”, explica.

Ingresar al espacio de arte La Ira de Dios para ver esta muestra es sumergirse de repente en la realidad dolorosa del femicidio. En una pared con forma de archivo, noticias policiales, fotos de cadáveres, huellas digitales, recortes, folios que simulan contener pruebas, introducen al visitante. Entre los muchos rostros de mujeres que son anónimas para los argentinos, sobresale uno conocido, el de Alicia Muñiz cuando todavía era la feliz pareja del boxeador Carlos Monzón. Más adelante, las gigantografías de los cuerpos yacientes muestran a una mujer asesinada en el baño, otra tirada de espaldas en un campo, y así las imágenes se suceden. “La tinta que pasa es lo que podemos entender de la muerte”, explica la fotógrafa sobre las láminas que cuelgan en cada pared.

Los medios y la muerte

Un espacio que simula ser una habitación con una cama, alfombras, mesa de luz, muestra lo que puede interpretarse como posible escena del crimen. El arte se cruza con la realidad y se topa con la cifra que duele: el 63 por ciento fue ultimado por su esposo, amante, novio o ex pareja, de acuerdo con el informe del Observatorio de Femicidios en la Argentina. Sobre el porqué de una muestra de estas características y acerca de la alienación de la vida y la muerte habló Simonassi.

¿Cómo se te ocurrió montar Reconstrucción?

–Hace tiempo que trabajo con la temática de la muerte y los aspectos alienados y no alienados de la vida. Luego empecé a mirar imágenes periodísticas y forenses de manera más tendenciosa y entendí que estaba todo ahí, pero sin los artificios con los que inevitablemente venía trabajando. Me topé con una foto de los años sesenta que mostraba a una diva encontrada muerta, publicada en una revista de domingo. Esa foto no decía nada de ella, de hecho nada tenía que ver con su vida y su divismo, pero tenía todo que ver con la fotografía, con los medios y con la muerte. Seguí coleccionando imágenes tipo forenses que me llamaban la atención por su despojo, algo de su belleza y otro tanto de la duda que se cernía sobre ellas; no tanto por la eventual brutalidad de un crimen o porque fueran muy descriptivas.

¿Qué era lo que te sorprendía o te llamaba la atención?

–Me llamaba la atención la exposición a la que los cuerpos se habían enfrentado una vez muertos, su entorno y la foto funcionando como testigo. Seguí investigando por distintos medios. Luego fue reconstruir los espacios y emular el clima.

¿Por qué pusiste el ojo en los medios y qué conclusiones sacaste al respecto?

–En los medios se genera un mercadeo de imágenes. Fotos que se ven arrojadas al dominio público sin más, sin demasiado contexto ni consecuencias. Me interesa la domesticidad a la que se ven expuestas, y nosotros funcionando frente a ellas. Mi intención no es sensacionalista. Sí reconstruyo a veces imágenes amarillistas pero eso, aunque no parezca, es secundario. Me interesa más la tensión de volver a enfrentarnos a la sordidez de las publicaciones y emular lo velado de la muerte a través de la obra. Estaría bueno que quien haya visto la muestra pueda volver a las publicaciones que nos pasan desapercibidas a diario para entenderlas y detenerse frente a ellas como por primera vez. No tanto por el grado de respeto que merece el fin de una vida –eso lo vivimos afectivamente en nuestra intimidad y se lo dejo a la sacralidad– sino por cómo vamos armando un código visual que nos pone a tono para abrir un diario durante el desayuno y ver un fiambre.

¿Cuál fue el caso que más te conmovió?

–Todos y mucho... Desde una mujer anónima de la que sólo tengo la foto, el lugar y la fecha y no pude saber más, hasta el caso de Alicia Muñiz, que fue tapa de Gente en 1988, y con todo lo que implica la familiaridad respecto a la idiosincrasia local que compartimos. Difícil decidir, porque una vez elegidas las imágenes a reconstruir y cuando hay, voy al archivo de estas mujeres en vida. Cómo vivían, qué les interesaba y cómo y por qué llegaron a la situación de morir (ser asesinadas, suicidarse o accidentarse). Eso me hizo acercarme mucho a ellas, como un encariñarme y finalmente entender que, si trascendieron y si yo las elijo hoy, fue por el hecho de haber muerto y no tanto por sus acciones en vida. Como sea, hay un caso que me movió más, pero sólo un poco más, y es el de Elizabeth Short: era una moza y actriz de medio pelo con pretensiones y apareció muerta en 1947, luego de muchos días de desaparecida, frente a una línea de casas bajas en los suburbios de Los Angeles. El cuerpo había sido muy maltratado, y quien lo hizo dejó mensajes cifrados en ese maltrato. El contraste que mostraba la foto entre una mañana de sol, las viviendas chatas y anónimas con los cables del tendido eléctrico de fondo y tanta especulación y brutalidad ahí desparramadas me estremecieron. Algo de lo inevitable e irreversible que sólo aparece en una imagen fija y que me ocupo de tratar e indicar.

¿Qué buscás trasmitir con esta muestra?

–Durante toda la investigación que acompaña a este trabajo me focalicé en la época de la fotografía. Me refiero a que trabajé específicamente desde archivo fotográfico, no usé relatos ni pinturas y sólo elegí casos de los que hubiera imágenes fotográficas. Lo cual determina una época: básicamente entre los años ’30 y ’80 del siglo veinte. Muchas cosas cambiaron entre estas décadas, pero no el hecho de que siempre fueron imágenes de “uso”. Su fin no estaba en ellas mismas. Nacieron enajenadas. Y me gustaría transmitir mi interés por el hecho de que estas imágenes ponen en juego la diferencia entre la hostil captura original y la planificación detallada que monto para su reconstrucción, tanto fotográfica como instalativa. Mi propia inclusión en las obras, en última instancia, obedece también a una proporcionalidad inversa que se da entre el narcisismo obvio de autorretratarse y el absurdo de hacerlo en condiciones imposibles.

¿En qué medida creés que el arte ayuda a sensibilizar sobre la violencia de género?

–Entiendo que muchísimo. Todo cambio es un cambio de sensibilidad. Creo que en este sentido el arte funciona como cualquier otro ámbito. El peligro es que se entienda al arte como un plano separado, y no como uno que pertenece al de la vida.

Hasta el 27 de septiembre en La Ira de Dios, de miércoles a viernes de 15 a 19. Aguirre 1153, 2 A. www.lairadedios.com.ar

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