Vie 27.12.2013
las12

CRISTINA FERNáNDEZ DE KIRCHNER

La mujer al frente

› Por Marta Dillon

No es una gran afirmación decir que lo personal es político, es una de las máximas del feminismo, que buscó con esa frase alumbrar a las mujeres que mojan con la boca el hilo para enhebrarlo a las agujas mientras los hombres lucen los botones bien cosidos para dedicarse al discurso político. O para delatar a la violencia intrafamiliar como un problema que delata la matriz de las relaciones de género puertas afuera y adentro de cada casa. Cristina Fernández de Kirchner ha aprendido que lo personal es político, el feminismo no es lo suyo, es cierto, pero sabe como pocas que si alguna vez hubo una divisoria de aguas, ese dique se ha roto hace tiempo y ni lo privado ni lo público admiten definiciones estancas. Esta mujer, a la que la mayoría elegimos como presidenta, que ha puesto el cuerpo para recibir los insultos misóginos más escandalosos –y más clásicos, porque la trataron de yegua, de maniática sexual que se sirve del pueblo sólo para masturbarse, de desequilibrada emocionalmente o directamente de loca– es la que supo capitalizar como nadie esa línea dibujada en la arena que el viento de la era ya ha borrado. Tal vez la apuesta más alta en este sentido fue su primera aparición pública después de la enfermedad que la mantuvo este año alejada de todo durante poco más de un mes, cuando frente a la cámara que manejaba su hija Florencia, con la complicidad que puede generar ese vínculo y más, dejándose enseñar por la hija dónde y cómo mirar para grabar lo que algunos llamaron despectivamente home movie, volvió a comunicarse sin mediaciones con su pueblo. Lo hizo eligiendo las redes sociales como vehículo, ahí donde todo está expuesto y vale tanto el comentario político como la receta para la cena de la noche, para dejar boquiabiertos a propios y ajenos. Ahí estaba ella, la mujer que desfallecía, en completo dominio de su cuerpo y de la palabra, dejando afuera de la escena la contienda electoral reciente, el brutal cambio de agenda que significó para los ganadores de aquella elección la declaración de la plena constitucionalidad de la ley de servicios audiovisuales, incluso las medidas que se conocerían al día siguiente, que darían aire a su gabinete y una cara nueva a las comunicaciones del Gobierno. Con ella alcanzaba, ella y unos cuantos símbolos: el fin del luto por su marido y ex presidente, el reconocimiento a la militancia a través de un regalo, el gesto humanitario a través de una carta de un opositor preocupado por su salud, la inserción en la Patria Grande Latinoamericana a través de un cachorro al que nombró Simón en honor al libertador y a su patria, Venezuela. Con eso alcanzó para generar urticaria en sus detractores –la intelectual Beatriz Sarlo, como siempre, le dedicó sus mejores páginas hablando de su estilo como “paternalista”, ninguneando la imposible de evitar marca de género de la Presidenta– y fervor entre quienes la siguen eligiendo como la gran conductora que es. Al fin y al cabo, la que entró al quirófano era una mujer, con sus temores –porque “la capocha es la capocha”, dijo– y sus amores. Pero no había sido así como se la había querido mostrar sino más bien como a un ídolo caído, sin maquillaje y el close up sobre la rosácea de su cutis del que largo se habló en un libro editado este mismo año, Los amores de Cristina, en el que también se la pretendía insaciable e impredecible, sujeta al vaivén de sus hormonas, como también la describió otro político opositor en una solicitada que abría su campaña política para las elecciones de medio término de este año, cuyo principal slogan era “Ella o vos”. Caída por el peso de sus decisiones, golpeada por la realidad de la derrota electoral o tal vez por la tilinguería de esa mujer que en sus 60 se muestra en calzas o es capaz de andar en rollers y mezclar en Twitter expresiones en inglés con lo más rancio de las bravuconadas machistas que tan bien sabe usar a su favor. La habían querido presa de síndromes de dudosa existencia científica como mala metáfora del fin de ciclo de un gobierno que se supone siempre agonizante pero siempre con una carta más bajo la manga para obligar a toda el ágora política a barajar y dar de nuevo. Salió renovada de su reposo obligado, lo que le valió, es cierto, quedar al margen de una importante pérdida de votos para su fuerza política –hubo quien dijo que tal vez podría ser un regalo de Dios fruto de su reconciliación con Jorge Bergoglio, el ahora papa Francisco– pero que no significó pérdida de iniciativa y menos aún de convencimiento. Al contrario, a sabiendas de que lo personal es político, ella se reserva para sí la palabra distendida, la puesta en escena junto a ídolos populares tan mujeronas como ella, tan sexuadas como ella, tan madres como ella, para dejar en manos de otros –por ella designados– el día a día de las medidas políticas, la profundización de eso que ella, más aún que su marido, supo bautizar como “modelo”. No quiere decir esto que haya resignado el discurso: ése es su mayor capital y pudo ofrecerse sin temor, el día histórico en que se cumplían 30 años de democracia, para que los canales de televisión pudieran usar su imagen con la pantalla dividida, en un costado ella hablando del festejo por ese período de tiempo de constitucionalidad plena que nos pertenece a todos y todas y del otro las imágenes repetidas de los autoacuartelamientos policiales y los saqueos. Lo hizo para denunciar la planificación y ejecución quirúrgica de esa barbarie que dejó un tendal de muertos que duele y seguirá doliendo en esta larga tradición de víctimas que trae diciembre en Argentina. Después, con víctimas y todo, se animó a bailar frente a una plaza llena de militancia y de personas no encuadradas pero con las mismas ganas de participar. Bailó como la mujer que es, con su pelo suelto y su sensualidad intacta. A pesar de los muertos y los heridos y la extorsión. No iba a dejar que le robaran ese día, porque además, si no se puede bailar, a quién le interesa ninguna revolución. Este fue un año duro para la Presidenta, casi tan duro como lo fue 2008 –con su consecuencia en las elecciones de 2009–, tal vez un poco menos que 2010, cuando perdió a su compañero de vida. Pero como antes, si éste fue un año de caídas, también fue el año en que se levantó para estar ahí, donde la pusimos, al frente. Una mujer al frente, con todo lo que eso implica y que ella ha sabido capitalizar tan bien.

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