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Viernes, 16 de mayo de 2014

MONDO FISHION

Larga vida a los diseños de Sybilla

 Por Victoria Lescano

El mapa de la moda española y sus pasarelas tiene como referentes ineludibles, por un lado, los prints de corazones y las intrincadas construcciones en technicolor de Agatha Ruiz de la Prada, que remiten a la modernidad con dejos de los años 80, y por otro la contemporaneidad de David Delfín, un diseñador nacido en Málaga y con anclaje en la danza y el teatro, cuya musa es la modelo y cantante Bimba Bosé. Pero en el imaginario implícito entre uno y otro, durante una década hubo una notoria ausencia: la de la diseñadora Sybilla, el máximo referente del estilo español entre 1980 y 2000 y cuyas creaciones sartoriales supieron ser comparadas con las del modisto Cristóbal Balenciaga. El reciente anuncio de su regreso a la moda, pronunciado desde el diario El País y su sección SModa, promete cambiar el escenario.

Hija del diplomático argentino Jorge Sorondo y de una artista polaca, radicados en España desde 1970, Sybilla (quien nació en Nueva York en 1963) trazó el adn de la moda española contemporánea desde numerosas colecciones ideadas y fue precursora en llevar guiños del estilo español a otras capitales de la moda y al mercado de Tokio. Su currículum de moda indica que a los 19 años aprendió corte y confección en el atelier de Yves Saint Laurent. Allí dio las primeras puntadas y bocetó los primeros trazos de un estilo que exaltó tanto las faltas plato con trench coats con molderías de los fifties, sin omitir gestos surrealistas como el abrigo con bufanda incluida y vestidos de un corte évasé tan rigurosos como preciosistas y que en su manual de estilo requerían de abrigos trazados a imagen y semejanza. Su obra estuvo emparentada con el vestuario para teatro de la Compañía Blanca Li, además de dramáticos atuendos para acicalar a Alaska, Rossy de Palma, entre muchos otros referentes del estilo madrileño. Los rumores de su regreso (al momento se trata de una colección de ropa a medida y de desarrollos ready to wear que serán comercializados en selectas tiendas) comenzaron a acrecentarse luego de que Olivier Saillard, el curador del Museo Galliera, situado en París, eligiera dedicarle a Sybilla un apartado en su arbitrario y atinado recorrido retrospectivo por la “Historia de la moda contemporánea” –en dos volúmenes con formato de muestra y remixados con creaciones de Jean Paul Gaultier, Alaïa o Lacroix– y un tiempo después que Scott Schuman, el experto del blog The sartorialist esgrimiera: “A España le falta un diseñador superestrella como fue Sybilla en los años 80”.

Acerca de sus comienzo, dijo la creadora en una conversación con Valerie Steele (la historiadora que le dedicó un capítulo en su libro Women of Fashion): “De chica no me interesaba la ropa y nunca me imaginé que me dedicaría a la moda, hasta que me fui a París y empecé a hacerme la ropa que quería ponerme y no existía. A los 19 años pedí un crédito y de inmediato me puse a hacer ropa única pero barata, con la convicción de crear una empresa con mis amigos donde no existieron las jerarquías. Era el apogeo de la movida española y todo parecía posible. La osadía y la insensatez rigieron los patrones de mis primeros diseños”. Pero con el transcurso del tiempo abrió una tienda en la calle Jorge Juan –el barrio más chic de Madrid–, ideó además colecciones de blanquería y de sinuosos muebles para la casa, erigiéndose así en precursora del furor del interiorismo del que se hicieron eco algunas firmas de moda circa 1990, y también fue pionera en idear colecciones ready to wear con anclaje en los viajes. Sus dramáticos abrigos para viajar fueron editorializados junto a mujeres en el gesto de subirse a aviones apenas portando una mochila a modo de equipaje y apelando a trasladarse con más levedad (el modismo que también predicaría Prada con su mítica mochila). Tanto Juan Gatti como Javier Vallhonrat cimentaron sus gráficas y fotografías de moda.

Pero lejos del espíritu y del discurso naïf para con los negocios de sus inicios, Sybilla tuvo varias alianzas comerciales y numerosos juegos de entrar y salir de la escena cuando no estaba a gusto con sus dictámenes. En 1989 se zambulló en el mercado japonés con el aval de la empresa textil Itokin, para dos años después anunciar su retiro con un gran desfile en París. En 2005 vendió una gran tajada del holding que contenía a las marcas Sybilla y Jocomomola –su línea más accesible– a un grupo de telecomunicaciones. Trascendió que mientras que los inversores añoraban expandir la firma por España y por Asia, Sybilla renunció para dedicarse a la escultura. Es vox populi que con las nuevas estrategias de fusiones comerciales los ropajes se desdibujan del sello que le otorgan sus creadores. Además Sybilla nunca tuvo pudor en disimular el tedio y el vacío que en ocasiones puede provocar la pasarela. En marzo de 2014 la diseñadora de pelo negro, silueta delgada, pómulos acentuados y cierta devoción por las cirugías estéticas recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Acerca de su regreso y la premiación, señaló a El País: “Llega de manera inesperada, justo en el momento en el que recuperamos el control de la empresa y de las marcas”. Consultada por los matices y los cambios desde que dejó su firma, no vaciló en destacar: “Fue muy duro ver descomponerse lo que había creado y una gran lección. Pero también pude parar y dedicarme a otras cosas. Monté mi escuela de arte y diseño en Mallorca y creé la Fundación Fabrics for Freedom, para promover la producción de tejidos ecológicos. Me fui de la moda porque sentía que ya no tenía nada que hacer en ella. Y ahora regreso porque creo que puedo hacer algo diferente”.

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