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Viernes, 6 de febrero de 2015

CINE

Dios tuyo

Dios mío, ¿qué hemos hecho?, una pésima comedia que pone al catolicismo blanco y eurocéntrico como medida de todas las cosas.

 Por Paula Jiménez España

Con casi un 20 por ciento sobre el total de los matrimonios, Francia se ha convertido en el país europeo con mayor índice de uniones multiculturales; es con este dato contundente que el director Philippe de Chauveron, pese a no haber entendido nada de nada sobre la convivencia social, se decidió a hacer Dios mío, ¿qué hemos hecho? Desde un trono que legitima y naturaliza los prejuicios más limitantes para la unión entre personas, De Chauveron creó este film cuyo humor se basa en la suposición última de que todo aquello que se aparte de la norma es gracioso.

La historia que eligió contar es la de una familia ricachona y gaullista (de derecha), constituida por Claude y Marie Verneuil, y sus cuatro bellas hijas en edad de merecer, de las cuales, como datos personales, conocemos los hombres con los que se han casado o se casarán: un judío, un chino, un musulmán y un africano. Solamente de una de ellas sabremos algo más: se trata de una artista ridícula y fracasada que vive llorando por tonterías, y que, a sus espaldas, debido a su falta de talento para la pintura, es denostada por su padre en varios momentos de la película. De las demás, casi nada, salvo lo básico para una comedia políticamente correcta: que las cuatro chicas honran a padre y madre por sobre todas las cosas, y que sufren por el enorme padecimiento que les generan al elegir para el amor a individuos de orígenes o credos distintos del propio. Pero poco interesa que no se profundice en ellas sí: después de todo, las mujeres funcionan como un bien de intercambio cultural en este film. Ninguna de las hijas pasa de ser una excusa para lo importante, y lo importante es que la fraternidad entre los hombres de las diferentes etnias se termine produciendo hasta hacerlos terminar abrazados y borrachos como compañeros de toda la vida, o cantando todos juntos una canción en la iglesia, cuando no el himno francés con una orgullosísima mano en el pecho. Es que el secreto de la diversidad en esta película es que no haya diversidad, porque en la heterosexualidad y en los códigos del machismo parece poder diluirse, finalmente, cualquier otra diferencia menor. Jamás a este director podría habérsele ocurrido que en lugar de un chino o un musulmán, una de las hijas trajera como pareja a una lesbiana o a un hombre o mujer trans, porque ésta sería una lógica interplanetaria para un pensamiento como el suyo, que, a la hora de caracterizar una familia africana (del sur de Costa de Marfil, obvio, que es la zona cristiana), elige mostrar al padre negro como una especie de Dunga-Dunga que, como un hombre de las cavernas, asusta cuando abre la boca y que por sus modales parece un mono. Es, en este sentido, un humor ofensivo que banaliza y estigmatiza las diferencias culturales, y no un humor ingenuo y apto para toda la familia, como han dicho algunxs críticxs. Una serie de chistes fáciles trata de reponer el vacío profundo de una trama que, queriendo aprovechar la explosión de la multiculturalidad en Europa y en el mundo entero, parece expresar sólo la resistencia de la porción social dominante a este fenómeno social al que debe terminar resignándose. Y si bien la dinámica de los diálogos aspira a la exposición de los prejuicios que cada etnia tiene para con la otra, esto no pasa de un ping pong superficial que no pretende más que reproducir lo esperable. De Chauveron parece querer decir que todas las culturas tienen prejuicio con la de al lado, pero, en todo caso, esto no es un mal menor, ni justifica que la poderosa xenofobia de la familia protagónica los convierta en personajes entrañables y divertidos. Es más: son patéticos. Y es patético que el cine presente como simpático a un padre que cree que una hija es una posesión personal y que dice cosas como: “¿A mí me dicen racista? ¿A mí, que entregué a otras culturas tres de mis hijas?” o “Les ofrecí mi casa y mis hijas, ¿qué más quieren?”. Evidentemente, el primer mundo no es tan primero si en el país del je suis una película como Dios mío, ¿qué hemos hecho? es capaz de batir, por mucho, records de taquilla.

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