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Viernes, 4 de junio de 2004

INUTILíSIMO

Exorcizando las preocupaciones

Preparen los aplausos: Dale Carnegie, el legendario pionero de la autoayuda, el hombre que se hizo a sí mismo en los 40 del siglo pasado, ha llegado a esta sección para tendernos una mano generosa y liberarnos de todas las preocupaciones. Ah, si más argentinas y argentinos tornaran su atención hacia el autor de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, otro sería el cantar de este país. Por cierto, en esta primera visita de D.C. a Inutilísimo, recurriremos a su milagroso manual Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida, que es exactamente lo que nos estaba haciendo falta en este momento y en este país.
Vale recordar que el maestro Dale, según él mismo lo narra en el prólogo, era un oscuro y desdichado vendedor en NY hasta que se le encendió la Philips (o la General Electric, quién sabe) y se le ocurrió dar conferencias, sin formación académica pero con imparable entusiasmo. Su idea fija era resolver los problemas de la gente, y quien dice dar charlas, dice escribir libros: nuestro hombre lo hizo y se convirtió raudamente en best-seller. Primero fue el de los amigos, después el de las preocupaciones, volúmenes con los que los norteamericanos primero, y luego los habitantes de numerosos países que se beneficiaron con oportunas traducciones, recuperaron o conquistaron la felicidad. Libros prácticos a los que, según el propio autor, “todos pueden hincarles los dientes para alcanzar una vida perfecta”.
Pasemos, sin más, a una de las lecciones básicas, es decir, “Cómo acabar con el hábito de la preocupación antes de que el hábito acabe con nosotros”. Nada más sencillo, si seguimos las reglas que nos marca Carnegie: 1) expulse las preocupaciones de su espíritu manteniéndolo ocupado; 2) no se agite por naderías (como el joven de la foto); no permita que las insignificancias destruyan su felicidad; 3) utilice la ley de los promedios para eliminar preocupaciones; 4) coopere con lo inevitable. O sea, dígase: esto es así, no puede ser de otro modo; 5) dé una orden de “tope de pérdida” a sus desvelos. Decida qué medida exacta de atención merece cada cosa (con perdón de Dale, nuestras abuelas habrían dicho: no dar por el pito más de lo que el pito vale.); 6) deje que el pasado entierre a sus muertos. No trate de aserrar el aserrín.
¿Valía o no la pena arrimarnos al profesor Carnegie para aprender a sacudir las ansiedades como a miguitas del mantel en el tacho de basura? “Y pensar que algunas de ustedes se andan gastando lo que no tienen en largas terapias”.

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