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Viernes, 20 de abril de 2007

URBANIDADES

Frente al espejo

 Por Marta Dillon

Primero habló Janaina, una mujer de Pernambuco, apenas pasó los 30 pero con una historia tan larga, tan desamparada que cuesta contarla. Ella, de todos modos, lo hizo. Contó que vive en un refugio para mujeres víctimas de violencia con sus dos hijos, que fue entregada a los nueve años para trabajar en una casa de familia, que a los 13 la vendieron al circuito de prostitución, que nunca fue a la escuela pero que aprendió a leer sola y que cuando huyó de la explotación sexual supo que tenía vih. Janaina puso su voz, su historia y su cuerpo para dar cuenta de cómo se cruzan la violencia y el vih/sida, cómo se entrelazan y potencian condicionando la vida de las mujeres. Fue casi una obligación, al hablar después de ella, reconocer en mi cuerpo, en mi propia historia las marcas de cierta violencia, tal vez menos visible pero por eso mismo capaz de apretar en la intimidad tanto a quienes creemos que tenemos el privilegio de la educación o la comida caliente mientras fuimos creciendo como a quienes no. Lo que no se ve no nos permite gritar. Lo que no se ve, crece en la oscuridad. Yo vivo con vih desde hace muchos años, tantos como los que necesité para tomar conciencia de que mi historia es parte de una historia común. Que reinventarla era un trabajo que no podía –o no quería, puede ser– hacer sola. Tal vez por eso durante años escribí sobre lo que significaba ser mujer y vivir con vih en este país. Muchas veces, en ese tiempo, me preguntaron cómo me había infectado: He ahí una primera violencia, puedo decir ahora, me lo preguntaban como si necesitaran tranquilizarse, escuchar que había sido un accidente, cualquier cosa menos que verse en mis ojos, los ojos de una mujer de la que se podía presumir que había gozado de su sexualidad, incluso “promiscuamente”, como se solía calificar hasta hace poco a una moderada libertad. Si la fidelidad, como hasta hace poco se insistía, era eficaz para prevenir la transmisión del virus, algo habría hecho yo que no pude prevenirme. Me llevó más tiempo develar otros rastros de violencia: ¿pero cómo llamar si no a ese aprendizaje que desde niñas nos imponen: gustar a otros, complacer, estar disponibles, hacer gozar?, ¿qué nos enseñan ahora mismo revistas populares en todo el mundo como Cosmopolitan?

Sí, ya se, hay historias como la de mi compañera, Janaina. Como las que podría contar una de cada tres mujeres, digámoslo, es una estadística mundial: abusos, violaciones, coacción a la hora de decidir si tener sexo o no, preferir el sexo a los golpes, el silencio al maltrato, la falta de protección a la violencia física, lisa y llana. Si hasta aceptamos no usar forros porque a ellos no les gusta o pierden sensibilidad, algo que se sigue escuchando de bocas tan jóvenes que sólo pueden repetir lo que escuchan de sus mayores. Algo de todo eso puedo rastrear también en mi historia, no soy ninguna excepción a pesar de ser una mujer instruida, con trabajo estable, a quien nunca le faltó qué comer o qué leer. Y sin embargo...

Podría pensar que soy privilegiada. En algún sentido, seguro lo soy. De hecho fui invitada a levantar mi voz con otras mujeres que dicen basta, “Nosotras no esperamos, acabemos la violencia contra la mujer y el vih/sida. Ya.” Pero también creo que es mi responsabilidad decir también en voz alta que ningún privilegio individual salva de una violencia que es transversal. Yo, de hecho, no pude ponerme a salvo de esa escena en la que llego vestida para la conquista, los ojos maquillados, a la cena a la que él me había invitado sólo para decirme: ¿por qué te vestís así, si vos no podés cojer? En realidad podría contar tantos rechazos que aburriría, tantos hechos de violencia que aburriría. No es que pretenda presentarme como una víctima, nada más lejos, se trata de tomar conciencia, de hacer visible en mí lo que puedo ver tan fácil en mujeres más pobres, más vulnerables; siempre es más fácil ver más allá del espejo. ¿Pero no hay nada que ver ahí? La violencia de género nos implica a todas, es transversal y por eso la voz y la acción merece ser transversal. Algo de la historia de Janaina hace eco en mí y supongo que la mía también anida en sus oídos. Y por eso está bueno sumarse y dejar de esperar. Actuar, para que de una vez logremos mirarnos unos a otras, unas a otros, como pares, como una oportunidad de aprender, como un viaje a los desconocido; de cualquier manera que deje de lado tanto la jerarquía como la violencia.

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