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Viernes, 18 de febrero de 2005

Una sobreviviente

La primera vez que Delia pisó Isla Maciel fue hace poco más de treinta años, cuando se enamoró del hombre que sería el padre de su primer hijo. Para esa época había concluido su búsqueda de una identidad que le diera sentido a todo lo que quedaba por vivir, pero hasta el día de hoy sigue ensayando formas de asomarse a otras almas. “Porque a mis 52 años tengo mucho para dar a los demás. Desde mi experiencia de vida, desde mi conocimiento sé que puedo ayudar a estos chicos olvidados por cada gobierno de turno, como en algún momento me sentí olvidada yo. En ellos se refleja mi infancia.” Quizá el encanto de Delia radique en la gracia de adaptarse al peor escenario posible, como si sus horas transcurrieran en un salón de fiestas. Durante la charla, que ocurrió en el escalón de un patio por todo asiento, permaneció sentada con sus manos cruzadas sobre el regazo y la espalda erguida, con el aire por todo respaldo. Una reina inconmovible frente al calor, ante los reclamos de “¿doña, tiene una seca?” o ante cualquier manifestación de una realidad imposible de esquivar. “Tal vez sea así por todo lo que hice para crecer. Era una chica muy carenciada, hija de padres analfabetos. Nací en Formosa pero fui criada en Paraguay por otras personas. Vine a Buenos Aires sin saber leer ni escribir, a buscar a mi madre biológica y a estudiar y trabajar, porque no quería prostituirme. Mi madre no me recibió, y ése fue un dolor muy grande, pero en el camino se cruzaron personas que me ayudaron a estudiar y pude salir adelante.”

De aquel viejo amor queda el recuerdo de una fuga de la Maciel, el intento de iniciar una nueva vida en otro lugar, el embarazo no buscado pero deseado por ella, la decisión de él de volver a la isla, solo. “Cuando me comunicó que se iba, me dijo por toda explicación: ‘tenés muchos sueños en los que yo no me incluyo’. Y así nomás se fue. Suena terrible, porque quedé sola con ese hijo que estaba por venir pero ahora, viéndolo a la distancia, no me da tristeza, porque siempre traté de hacer lo mejor que pude.” Desde noviembre de 2004, sus talleres de peluquería y sastrería reúnen a un número generoso de mujeres y, sin quererlo, se convirtieron en lazos donde reafirmar la propia historia familiar. “Los hijos de Rosa, mi hermana, vienen acá los sábados; Natalia, mi sobrina, asiste a uno de mis talleres, y Rosa empezó a estudiar. Por eso también cada vez que vengo, las horas no me alcanzan. Si hasta tengo ganas de escribirle una carta a Cristina Fernández de Kirchner para pedirle un lugar, máquinas y abrir un taller de sastrería donde se capacite a embarazadas y madres jóvenes.” El trato con esos alumnos no resultó sencillo y durante un tiempo la puso contra el recuerdo de las propias limitaciones, como cuando entró a un subte por primera vez y se partió en un solo grito en el momento en que la máquina echó a andar. “Era una salvaje, hasta que me rescató una familia de La Plata y empecé a trabajar como doméstica, pero les pedí que en vez de darme un sueldo me pagaran los estudios. Gracias a ellos crecí y por eso hoy estoy convencida que la fuerza de una capacitación va a sacar a estas chicas adelante. El primer día de clase no hablaban, ponían los pies sobre la mesa, se iban. Las fui educando de a poco, saludaba con un beso a cada una, les enseñé a sentarse, a escuchar a su compañera. Estoy segura de que voy a cosechar algo bueno: soy una mujer de campo y sé que al tigre se lo amansa con cariño.”

Delia no está sola, volvió a formar pareja, tuvo a su segundo hijo y es abuela de dos nietos que le pelean horas de cariño. Por esas sendas también hay trabajo que hacer, “porque voy a ayudar a mis hijos, que quieren terminar los estudios”, además de su otro proyecto personal, de cursar la carrera de Sociología en la Universidad de las Madres. Su boca pronuncia pausado pero con firmeza. Sostiene que la valentía de su discurso se debe a que habla de experiencia de vida desde lugaresdesusados, como la humildad y el respeto por el otro. Los adolescentes de la isla no se atreven a faltarle el respeto ni por lo bajo, posiblemente porque intuyen en Delia al sobreviviente de una especie en extinción, donde los códigos y la palabra dada se empeñan a fuerza y dolor.

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