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Lunes, 19 de julio de 2004

Corran, muertos

Por Juan Pablo BermUdez

(H.P. Lawrence escribió, en Fragmentos de un espejo, “no importa si esta historia es cierta, importa si puede ser cierta”. Se advierte al lector que no hay mejor forma de empezar a contar esto.)

Según contó, la primera sospecha de que algo raro pasaba fue cuando la pelota que cruzaba por delante de sus narices era la misma que él estaba seguro de haber guardado en un depósito el día anterior, luego de haberla encontrado sola, como abandonada, entre las matas del pasto requemado y mal cuidado (aunque en ese momento no pensó ni por asomo en que esa esfera de cuero le iba a cambiar la vida, al menos la forma de entender a la vida, por completo). Esa tarde la volvió a guardar en el mismo depósito de la mañana anterior, luego de corroborar que sí, efectivamente era el mismo balón. Puesto a pensar con desgano sobre los motivos de la “fuga” de la pelota de su escondite, se le ocurrió que de seguro, un grupo de chicos utilizaba los espacios abiertos del lugar, que él celosamente custodiaba desde hacía más de cinco años, para jugar a ser Beckham, Zidane y Ronaldo (el Real Madrid, digamos). Pero nunca, también lo confesó después, se le hubiera ocurrido siquiera sospechar que había una historia mucho más profunda, si se quiere más escalofriante y divertida a la vez. Nunca se le hubiese ocurrido sospechar que, al parecer, los muertos también juegan al fútbol.
Predja Jovanocic volvió a ver la misma pelota fuera del depósito al otro día, y al otro y al otro. No había caso, la guardara donde la guardara, la esfera mágica volvía a aparecer delante suyo, a veces en movimiento, a veces quieta, a veces como olvidada sobre los canteros de una tumba mal cuidada. Hacía mucho que alguien le había conseguido el puesto de cuidador del cementerio en el mismo pueblo en el que había nacido y al que había vuelto, después de intentar durante años mejor suerte en Zagreb, para trabajar en el camposanto. Y ese hueco en el tiempo fue la causa de que Predja no supiera que durante la guerra civil en la ex Yugoslavia (país proveedor de exquisitos y talentosos jugadores de fútbol), ahí un bombardeo de las fuerzas serbias acabó en segundos con todo el equipo de fútbol aficionado del principal club del pueblo, candidato hasta ese momento a ganar la Copa regional, que todos los años se organizaba con otros equipos de aficionados de los alrededores.
El “famoso” bombardeo ocurrió, dicen, cuando el equipo insistía en entrenar, pese a la terrible guerra que estaba destruyendo no sólo un país sino también cientos de años de bella cultura (acaso como un anticipo de lo que luego ocurrió en Irak, cuando se jugó un partido del campeonato, con público y todo, a metros de donde caían los misiles). Primer ingrediente de leyenda: murieron jugando al fútbol. El club quedó arruinado, quemado y destruido. El equipo entero de fútbol, además de los dirigentes, socios y pueblerinos que se encontraban allí, dejó de existir. Una semana después se organizaron los funerales, y unos años después, cuando la guerra ya era un mal recuerdo para el pueblo (que al menos no se vio afectado por los bombardeos norteamericanos a Kosovo, en aquella “guerra preventiva” para derrocar a Slobodan Milosevic de similares características, también, a la reciente invasión a Irak), el club fue reconstruido y, poco a poco, se fue armando un nuevo equipo de fútbol, a cuya camiseta le agregaron, a modo de homenaje a aquel plantel, la fecha del bombardeo: 27-10-91.
No fueron los jugadores las únicas víctimas de aquella guerra, claro. Muchos más murieron en ése y en otros bombardeos y la población estable del cementerio se triplicó en un par de meses. Un cementerio tranquilo (si vale la adjetivación de dudoso sentido), común y corriente, al que acudían familiares y amigos de quienes allí están a dejar algunas flores, algunaoración y unos minutos de visitas y recuerdos. Hasta que Predja contó la historia de la pelota y todos recordaron a los jugadores del club.
Obvio: la mitología popular le agregó así un nuevo capítulo a su libro. Pero la también obvia resistencia de muchos a no creer en esas cosas raras (hubo quienes sugirieron que la imaginación de Predja se tornaba peligrosa después de tantas horas de soledad y silencio en su puesto), hizo que no se produjeran los revuelos esperados ni que se construyeran tribunas alrededor de las lápidas con el fin de ver más de cerca a “ese nueve que promete”. Predja mostró la pelota para los fotos de unos pocos medios locales y para aquellos curiosos, aunque devotos del fútbol hasta lo imposible, que están convencidos de que sí, que si es cierto que existe un Paraíso de seguro, jugar al fútbol es lo mejor que se puede hacer en él.
También sonaron de inmediato voces contrarias a la creencia mitológica, e incluso un funcionario llamó al “bromista que está haciendo esto a que deje de hacerlo, porque no se puede jugar con los sentimientos de los familiares de aquellos que perecieron en el bombardeo”. Pero a pesar de los pedidos, el supuesto bromista nunca apareció y la pelota siguió haciendo de las suyas, y hasta hubo alguna repercusión insólita: desde Zagreb, un amante anónimo de las canchas y los botines envió al cementerio una pelota nueva, como las utilizadas en la Eurocopa, para que al menos pudiesen jugar como Dios manda (esto último podría ser una frase hecha si la historia no fuera la que se está contando: si es cierto que los muertos juegan al fútbol... ¿Quién otro podría ser el director técnico?).
No hubo más pruebas que esa, la de la pelota saltarina, pero igual muchos creyeron, y creen, que en ese pueblo las almas se divierten jugando al fútbol. Y acaso, a pesar del esfuerzo de algunos por encontrarlas, no haga falta. Tal vez esa es la mejor conclusión que se pueda sacar de esta historia. Mientras haya una pelota, la verdadera protagonista de este tan controvertido como amado y odiado deporte, el resto son, apenas, detalles de la realidad. Al menos Predja se puede entretener imaginando el partido mientras el balón más famoso del pueblo va y viene. Y tal vez hasta se anime a gritar, recordando aquellos años dorados del Dínamo de Zagreb cuando su padre lo llevaba a las gradas a disfrutar del juego, aquella cruel sentencia tribunera que por esa increíble pasión que despierta el fútbol a su alrededor, podría resultar un terrible acierto para la ocasión: “¡Corran, muertos!” Aunque otra vez, como en aquellos años, nadie le preste atención a su ruego.

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