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Lunes, 21 de abril de 2003

OPORTUNISMO Y DESIDIA EN LAS PROPUESTAS PREELECTORALES

¡Denle pelota al deporte!

En vísperas de las elecciones presidenciales, los distintos candidatos muestran una actitud dual con respecto al tema de qué hacer con el deporte argentino: aunque no hablen demasiado del tema, tratan de usar a cuanto ídolo popular de pantalones cortos les pueda servir si se presta para la foto.

 Por Gustavo Veiga

“De alguna manera hay que comprender que en una nación semicolonial el deporte manifiesta una tentativa de desalienación” (Rodolfo Ortega Peña)

Lanzados a capturar votos a como dé lugar, los candidatos a presidente de la Nación abrevan en el deporte con una actitud dual. A juzgar por sus discursos, lo ignoran casi por completo, pero cualquier imagen que los ubique junto a los ídolos que la gente venera, es un acto de campaña vivificante y que potencia las aspiraciones del postulante. También puede interpretarse que la ausencia de este tema en los mensajes se debe a que el país está demasiado mal –discurrir sobre él sería un privilegio de las sociedades más avanzadas– o, en su defecto, a que la mayoría de los políticos no tienen la menor idea de cómo desarrollar una política deportiva, o por añadidura, una política social. Mientras Néstor Kirchner delega en Daniel Scioli, el actual secretario de Turismo y Deporte, sus propuestas para el área, Carlos Menem participa de tertulias con ex deportistas, Adolfo Rodríguez Saá confía en un ex basquetbolista puntano para cubrirle las espaldas, Elisa Carrió descansa en un diputado nacional de su bloque que es profesor de Educación Física, y Leopoldo Moreau es asesorado por un rugbier. Muy poco se ha difundido sobre el pensamiento de los candidatos y resulta curioso. Y es que la actividad ocupa desde la década del 90 un lugar central en la agenda mediática y el deporte es un producto de consumo masivo que construye fuertes lazos de identidad. Sin embargo, ese espacio desmesurado no se compadece con las inquietudes de la clase política. Cuando un evento despierta su interés, es tan sólo para sacarse una foto con los protagonistas.
En octubre de 1999, Ricardo Nosiglia, quien por entonces era director general de Deportes de la Ciudad de Buenos Aires, afirmó que el desafío era conseguir que “el deporte se incorpore en el discurso de nuestros dirigentes políticos, pero no sólo del radicalismo sino de todos los partidos. La clase política no discute de deporte, no sabe cómo manejarlo, está ausente”. A confesión de parte, relevo de pruebas. No obstante, hay que aceptar una cosa: el peronismo, sobre todo por la impronta que dejaron sus dos primeros gobiernos en la década del 50, lleva cierta ventaja. Sus representantes saben que el deporte es una herramienta que, convenientemente utilizada, puede arrojar dividendos. La cuestión pasa por definir si se pone al servicio de la gente o de los grupos económicos que controlan esta industria sin chimeneas.
El ex motonauta Scioli acaba de expresar que retendrá bajo su órbita a la Secretaría de Turismo y Deporte si accede a la Casa de Gobierno junto al santacruceño Kirchner. Basado en una campaña de prensa que no escatima recursos, el candidato a vicepresidente aún no definió quién lo sucedería en el cargo, pero adelantó que su objetivo será la construcción de centros deportivos de alto rendimiento en el interior del país de similares características al Cenard. Scioli gusta difundir que puso al día el pago de las becas y honorarios a deportistas y entrenadores nacionales. Asimismo, enfatiza que durante su gestión consiguieron viajar al exterior algo más de 1700 atletas. Sobre estos hechos que son compromisos asumidos por el Estado y que se reivindican como éxitos, el funcionario de Eduardo Duhalde pivotea en su campaña. Para mañana está previsto un acto en el hotel Emperador al que han sido invitados deportistas, técnicos y dirigentes ante quienes brindará más detalles. Los detractores de Scioli –que están dentro de los cuadros deportivos del propio justicialismo– argumentan que manejó discrecionalmente los subsidios a cambio de disciplinar voluntades políticas. Y que los distribuyó sin la autorización de la Sigen.
Adelantándose a Scioli en esa búsqueda de adhesiones, Carlos Menem y su ubicuo ladero deportivo, Fernando Galmarini, organizaron un acto en el club Español el pasado lunes 14. La invitación, precedida de una larganómina de atletas retirados y en actividad, instaba a “retomar el camino de grandeza del deporte argentino a partir de una política deportiva nacional, tal como lo hicieran los gobiernos del teniente general Juan Domingo Perón y del doctor Carlos Saúl Menem”. Figuraban en la lista el piloto Juan María Traverso, el futbolista Carlos Navarro Montoya, el rugbier Nicolás Fernández Miranda, el tenista Franco Squillari y el golfista Roberto De Vicenzo. El riojano, como lo hiciera tantas veces en el pasado, buscó el golpe de efecto por sobre la discusión de su ideario. Acaso porque muy poco tendría para mostrar más allá de un presupuesto raquítico y de sus raides deportivos: para Menem era más saludable combinar partidos de fútbol con asados en la quinta La Celia de un incondicional como Alejandro Granados y jugar al tenis con George Bush padre. Nada indica que modificará esa tendencia al show ante las cámaras.
Adolfo Rodríguez Saá, el restante candidato peronista, encontró en su terruño al referente deportivo que necesitaba. Es el ingeniero Jorge Becerra, un ex basquetbolista que integró la selección nacional en la década del 70, con dilatada militancia en el PJ. Trabaja para su comprovinciano junto a la profesora Vanina Luco y cuenta con el respaldo del ex subsecretario de Deporte, Víctor Lupo. Una de las propuestas que levanta este sector es la unión del área deportiva con Educación para estructurar un modelo similar al que Perón estableció en los años ‘50.
Los candidatos que no pertenecen al justicialismo se esfuerzan por parecer interesados en el tema, pero no tienen antecedentes de peso para mostrar. El caso más emblemático es el del radicalismo, cuyo candidato Leopoldo Moreau le solicitó a través de su hijo al jugador de rugby, Enrique Pichot, el asesoramiento indispensable sobre ciertos ítems de política deportiva. Leopoldo (h.) juega en el CASI con Joaquín Pichot, el hermano menor de Enrique y Agustín, medio scrum de Los Pumas. Las consultas del postulante de la UCR versaron sobre temas tan distintos como la eventual creación de un ministerio de Deporte y la utilización de los controles antidoping. Enrique Pichot ni siquiera es afiliado al radicalismo, pero en el afán de colaborar con el padre de su amigo –por otra parte, vecino de San Isidro– sugirió la creación de un fideicomiso para financiar el deporte profesional y amateur.
Elisa Carrió, a diferencia de su ex correligionario Moreau, se apoya en el diputado nacional por Buenos Aires, Fabián Denucchio, para las cuestiones deportivas. Este ex legislador del Frente Grande que se sumó al ARI, es profesor de educación física y la persona que en el partido de Lilita es tomado como referente de asuntos tan postergados. Un militante que comparte los partidos de fútbol con él en el equipo de Alternativa para una República de Iguales, sostiene que se destaca como arquero. Habría que comprobar si es capaz de atajar muchas de las preguntas que el deporte todavía tiene sin respuesta, tarea que quedará para una futura nota si la chaqueña gana los comicios del próximo domingo.
En Recrear, el partido de Ricardo López Murphy, estaría colaborando un ex funcionario de la Secretaría de Deporte, Mario Moccia, quien hasta hace un puñado de meses trabajaba junto al militar retirado Víctor Groupierre. En el otro extremo de la oferta electoral, Izquierda Unida carece de un vínculo consistente con el deporte, algo que se repite en la mayoría de las expresiones partidarias. Resultó complicado dar con un especialista en temas deportivos pese a que Líbero consultó a una alta fuente de esa alianza que componen básicamente comunistas y trotskistas del MST. El único dato con cierto significado no supera la adhesión de algún futbolista. Horacio Ameli, el zaguero de River, dijo una vez que había votado a Patricia Walsh. ¿Hará lo mismo esta vez en el cuarto oscuro?

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Daniel Scioli, de motonauta al poder.
 
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