Dom 09.05.2004
libros

La democracia, herida de muerte

por Ana Marques Gastão

La espantosa elección en blanco del 83 por ciento de su nueva novela trae implícita una crítica cerrada al sistema democrático occidental. ¿Es un suicidio cotidiano de la democracia?
–Cuando digo que la democracia se suicida a diario, pierde espesor y se desgasta y disminuye su intensidad, me refiero a un sentimiento que nos afecta a los ciudadanos. Sufrimos porque sentimos que no tenemos importancia en el funcionamiento de la sociedad.
La cuestión de fondo sería preguntarse si el sistema democrático ha dejado de serlo.
–Claro, aunque sea una cuestión de la que no se habla mucho. Podemos elegir a nuestros representantes, hay representación democrática, todo funciona dentro del sistema, de sus condicionamientos, pero en realidad nuestra capacidad de cambiar la dirección del país y del mundo está limitada por la organización democrática misma. El poder real es, sin dudas, el poder económico.
¿Quiere decir que, en su opinión, la democracia ha ido transformándose en una plutocracia?
–Es una plutocracia. Y el poder económico no es democrático, lo que es una gran contradicción en el sistema. Nos dicen: “Sois ciudadanos de pleno derecho, la democracia es el poder del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”, pero se trata de una retórica un poco cansadora, porque los destinos del mundo son conducidos por unas cuantas multinacionales, cuyas administraciones no se presentan al electorado.
¿Estamos enclaustrados?
–Vivimos en una esquizofrenia sistemática en la que se habla de democracia en las páginas de los diarios, en todos lados, pero la realidad es que a pesar de poder elegir nuestros gobiernos no llegamos ni más alto ni más lejos, porque los gobernantes son representantes políticos del poder económico. No me canso de repetirlo.
¿Ensayo sobre la lucidez surge espontáneamente o hay, desde el comienzo, un presupuesto político en esta novela?
–Si existió algún objetivo político estaba ligado al hecho de que vivimos en un mundo en el que todo se debate, desde la tercera edad hasta la ecología, en mesas redondas, coloquios, simposios, millones de personas se reúnen para discutir, pero la democracia no se debate, como si fuese prácticamente intocable. Me parece absurdo que sea así.
¿Usted cree que la democracia es un proceso inconcluso?
–La democracia no es un punto de llegada sino de partida. Cuando en Portugal, el 25 de abril de 1974 nos despertamos libres no estábamos en democracia. Estaba por comenzar. Se trata de un proceso incompleto, que puede estar sucedido por algo negativo y asistimos a su reducción constante. Cuando presenté, en Barcelona y en Madrid, El hombre duplicado (2003) me descubrí diciendo que el ciudadano, si no está contento, tiene que protestar. Podemos abstenernos, y siempre habrá justificaciones para ello: un buen o mal momento, etc... pero también podemos votar en blanco. Esa solución es, sí, una forma de protesta significativa: “Voto así porque este sistema no me satisface”. Después pensé que no quería transformar la sesión en una asamblea y me callé. Varios días más tarde, en Madrid, la noche del 30 al 31 de enero, me desperté a las tres de la mañana con la idea en la cabeza. Aunque no estuviese buscando tema para otro libro, ya lo tenía dentro de mí: el voto en blanco. En el instante siguiente encontré el título. Me interesaba el debate. Quería que se reflejara de un modo consciente y serio...
¿Sobre la democracia y las causas de su decadencia?
–Sí, un debate en serio sobre lo que es la democracia. La gente todavía no se dio cuenta de que el sistema democrático contiene una bomba en sí que puede explotar en cualquier momento: el voto en blanco. Hasta ahora era meramente testimonial, no afectaba el sistema. Si se diera de forma masiva, ¿qué se podría hacer? En la novela las consecuencias son serias y terminan en tragedia.

Democracia y comunicación
Hay un hilo entre los epígrafes de Historia del cerco de Lisboa (1989): “Mientras no alcances la verdad no podrás corregirla. Por lo tanto, si no la corriges, no la alcanzarás. No te resignes”), de Ensayo sobre la ceguera (1995), en el que se dice que “si puedes mirar, ve” y Ensayo sobre la lucidez: “aullemos dijo el perro”. ¿Le parece que debemos aullar?
–Suelo decir que lo más importante en mis obras son los epígrafes. Le pido al lector que no se quede allí, ¡que lea y piense! Pero, en realidad, si pudiese referir una frase que defina mi trabajo sería “escribo para comprender”. Seguiré esforzándome para comprender. Sobre todo a partir de la segunda fase de mi producción ficcional, desde Ensayo sobre la ceguera, hay un intento de reflexión sobre la situación del mundo, el individuo y sus responsabilidades.
En su libro, con la votación masiva en blanco –la insurrección de los blancos– que provoca el estado de sitio y la mudanza del gobierno a otra ciudad, tambalea la estabilidad democrática parlamentaria. ¿Quiere decir que las democracias pueden practicar ciertos totalitarismos?
–Es evidente que los hay, pero no se expresan de las formas a las que estábamos acostumbrados. No dejan, de cualquier modo, de paralizar la capacidad reflexiva. Lo que me preocupa no son los periodistas, los columnistas –esos no me importan salvo en la medida en que son formadores de opinión–, sino los ciudadanos que se comportan como autómatas y no poseen un gusto por la crítica. Deberíamos recuperar el gusto por el debate, no en el sentido de una retórica sino en la confrontación con la gravedad de los problemas del mundo. No muchos están preocupados por esas cuestiones. A veces se dice que hay demasiada política, a mí me parece que hay demasiados políticos.
Junto con la peste de los que mandan surge la peste de los que ocupan un “lugar activo en la preparación de los desastres”: la comunicación social. Una crítica violenta a los órganos de información recorre todo el libro. ¿Lo asusta el panorama de la prensa portuguesa o se refiere al plano internacional?
–No quiero decir que los medios de comunicación a nivel internacional tengan todas las características negativas de las que hablo en el libro. Ahora bien, tienen la responsabilidad de la manipulación. Hay un cierto camaleonismo en los periodistas, en el tráfico de profesionales de la información, aunque con excepciones, que escriben en función de lo que se les impone. A veces ni siquiera se dan cuenta de las transformaciones de las que son víctimas.
¿No se trata una vez más de una consecuencia del vínculo con el poder económico? Los órganos de comunicación social están en mano de ciertos grupos, hay una tendencia al monopolio...
–Ya no hay diarios, hay empresas periodísticas, que no tienen autonomía porque son propiedad de grupos industriales, de los bancos. Finalmente no sabemos dónde está el poder, cómo se manifiesta y, cuando intentamos entender, nos desorientamos. Llegamos un punto en el que bajamos los brazos y tenemos conciencia de que no podemos hacer nada, pero nada. Cuando me desperté, aquella noche, no estaba soñando con votos en blanco pero pensaba que el ciudadano podía influir, interferir.
¿Qué podría suceder si hubiese esa gran votación en blanco?
–El poder podría repensar todo y encontrar soluciones. Como en el libro, podrían intentar declarar ilegal la votación o distribuir los votos en diferentes partidos. O no. Dejémonos de retóricas y de vanas palabras, lo que necesitamos es un debate responsable.
¿No coincide con Churchill, que decía que “la democracia es el peor sistema de gobierno con excepción de todos los demás”?
–Eso es otra manera de decir que la democracia es el menos malo de los sistemas posibles. Cuando se espera que nos conformemos con eso, se impide que busquemos algo mejor. En un mundo de relativismos, se piensa que ya no está mal algo que sea menos malo. Y nos quedamos con eso. Me parece poco.
¿Entonces, su consejo es “aullemos”?
–Todos nosotros, los que tenemos conciencia de que la democracia está herida de muerte, somos los perros. Empezar a aullar sería decidirnos de manera colectiva a votar en blanco para ver qué sucede. Aunque sólo sea por curiosidad intelectual.
El clima ficcional de este libro parece hacer que no haya un estilo ensayístico. ¿Se trata o no de una obra ensayística sobre la condición posmoderna?
–Es un tipo de observación que podemos hacer, sobre todo a partir de Ensayo sobre la ceguera. Desde allí, empecé a escribir, de manera más atenta, sobre el mundo en el que vivimos, sobre quiénes somos y en qué nos transformamos. Existe, por lo tanto, un proceso reflexivo ligado a la posmodernidad y un cuestionamiento: ¿Cómo será el nuevo ser humano, aquel del que hablaba Eco? Estamos en el final de una civilización y en un proceso de pasaje de una época que tiene sus raíces en la Revolución Francesa, en el iluminismo, en la Enciclopedia que tiende a desaparecer. No sé qué vendrá. ¿Cómo será la humanidad en 50 años? Si a finales del siglo XIX los grandes sabios, filósofos y científicos, se hubiesen reunido para imaginar cómo sería el mundo 100 años más tarde, no habrían acertado en nada. La imaginación tiene que servir para resolver las cuestiones de hoy.

Hilos de sangre
Ya en Todos los nombres (1998) decía “nada en el mundo tiene sentido”. Usando sus palabras, ¿qué nos salva de ese tipo de oscuridad hacia la que avanzamos con “una punta del hilo atado al tobillo”?
–En los Cuadernos de Lanzarote (1997) escribí algo que podría ser una respuesta a esa pregunta: “Dios es el silencio del hombre y el hombre es el grito que le da sentido a su silencio”. La oscuridad está ahí, la inteligencia logró colocar algunas lámparas, luces para orientarnos. El hecho de que exista una especie humana debería darnos un sentido de humildad delante de la majestuosidad del universo, pero en cambio, un poco retórico, hay siete mil millones de seres humanos que sólo resuelven una parte ínfima de sus problemas. No hay un sentido equitativo de la distribución y el uso de la riqueza. A fin de cuentas el hombre quiere ser feliz, es ése su objetivo mayor, pero no encuentra el bienestar mínimo que le permita zafar de la miseria, del desastre, de la soledad que afectan a gran parte de la población mundial. Esas personas deberían ser la preocupación de todos nosotros y de la comunicación social, tan comprometida a diario con futilidades políticas. Es urgente reflexionar sobre los grandes problemas que afectan al mundo. Eso no es de uno sino de todos.
Ese malestar que aparece en los dos ensayos parte no sólo de la pérdida de norte ontológico, sino de la disolución de los valores y de la muerte de la esperanza, ¿verdad?
–Existe una cuestión ética. Ya señalé un día que “si la ética no gobierna la razón, la razón se ríe de la ética”. Sé que los escritores son grandes productores de frases y que esas frases no siempre tienen el sentido queparece, pero de cualquier manera abundan los ejemplos de una sociedad atravesada por una suerte de apatía, de indiferencia, de egoísmo. No quería repetir la gran frase de Almeida Garrett, pero no puedo evitarlo: “La tierra es pequeña y la gente que vive en ella tampoco es grande”. Si yo hubiese puesto en circulación esa idea, no faltaría quien me insultaría, pero no hay en ella ningún desprecio por las personas. Es sencilla lucidez. El ambiente de mediocridad en el que vivimos es aterrador. Estoy fuera de él, pero leo los diarios y lo que veo es tan, pero tan bajo... Diría incluso, vehementemente, despreciable.
Cierta oscuridad atraviesa la última fase de su obra. Podemos asociarla a un poema suyo: “Donde los ojos se cierran; donde el tiempo/ hace resonar el corno del silencio”.
–Todo viene de antes. Hay una especie de fidelidad no consciente a aquello que se fue. Reconozco un hilo rojo que, en el fondo, es un hilo de sangre, una corriente sanguínea con raíces en el pasado. Avanzo cada vez más hacia esa esperanza de comprensión. Nos quedamos siempre en el zaguán de todo, pero hay que hacer un esfuerzo.
En Ensayo sobre la ceguera, en ese mundo de tinieblas blancas, la mujer del médico –el único personaje que no queda ciego– es la voz de la lucidez. ¿Cómo fue el pasaje de este personaje al Ensayo sobre la lucidez? Al rechazar el caos, ¿se opone a una condición histórica sin sentido?
–Esa mujer, en el Ensayo sobre la ceguera, representa la esperanza y la lucidez. En este libro, al oponerse al caos, no tiene fuerzas y es objeto de una conspiración del poder que tiene que encontrar una víctima fácil. En el primer Ensayo, cuando ese personaje piensa que va a quedar ciego, hay una frase muy explícita: “La ciudad todavía estaba allí”, como si estuviese diciendo que tal vez había aprendido la lección. No es que en Ensayo sobre la lucidez esa posibilidad se haya agotado, el libro está ahí, aparentemente sin esperanza, pero no.
¿Dónde reside, entonces, la esperanza?
–La esperanza reside en el perro que dice “Me llegó la hora de aullar”, y ese aullido silencioso es la protesta de los ciudadanos que le van a decir al poder “este sistema democrático no nos sirve”.
¿Cuál es el futuro para el hombre?
–Si no hay una revolución de conciencias, si las personas no gritan “no acepto ser aquello que quieren de mí” o no rechazan ser un elemento de la masa que se mueve sin conciencia de sí misma, la humanidad estará perdida. No se trata de volver al individualismo, sino de encontrar de nuevo al individuo. Es ése nuestro gran obstáculo: reencontrar al individuo en un tiempo en el que se pretende que sea menos de lo que podría ser. Nos damos cuenta de que el mundo se volvió un enorme espectáculo. Ya no hay diferencia entre actores y espectadores. Probablemente mi visión sea negra.
¿Cómo definiría el Ensayo sobre la lucidez desde el punto de vista genérico?
–Llegué a la conclusión de que se trata de una novela por el modo de contar, pero también es una fábula, una sátira violenta. Y para que el catálogo sea completo podríamos decir que es una tragedia. El final es trágico. Al revés de lo que pensaba Eça de Queirós cuando decía que si diéramos tres vueltas alrededor de una institución se desmoronaría, pienso que la ironía no va a hacer caer el sistema. Tiene que haber algo más. Tenemos que empezar a aullar, empecemos a aullar.
¿El escritor pretende cambiar la realidad o es una versión propia que vive en el interior de lo real?
La literatura no sirve para cambiar el mundo. Yo no invento nada. Me limito a levantar la piedra y a mostrar lo que está debajo. Pero casi todas mis novelas parten de una imposibilidad. No era posible que Blimunda viera a través de su piel; que Ricardo Reis apareciera en carne y hueso nique Pessoa volviera para conversar con él; que la Península Ibérica se separara de Europa, que los cruzados no ayudaran a conquistar Lisboa. El Evangelio según Jesucristo (1991) es una red de imposibilidades en relación con los textos canónicos. Sería imposible que todos se quedaran ciegos como en el Ensayo sobre la ceguera. No sería creíble que todos votaran en blanco como en Ensayo sobre la lucidez.
¿Quiere formular un deseo?
–Me gustaría vivir en el momento en el cual, en algún lugar, pudiésemos asistir a la manifestación de una voluntad política mayoritaria en la que los ciudadanos pudieran decir: “Esto no va, necesitamos algo mejor”.
Es curioso que su libro salga en las vísperas de las elecciones europeas (13 de junio), para las que se prevé una alta tasa de abstención, en un momento en el que hubo, en España, casi el 80% de participación en las urnas luego del atentado terrorista...
–Como si yo tuviera antenas... ¿Sabe qué me gustaría? Me gustaría que la abstención se transformara en voto en blanco. ¡No se abstengan, voten en blanco!

Trad. Violeta Weinschelbaum de la versión original
publicada en el Diario de Notícias de Lisboa.

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