Dom 09.05.2004
libros

Ferias del mundo > Juventud, divino tesoro

por D. L., desde méxico D.F.

Del 23 de abril al 2 de mayo pasados se llevó a cabo en la ciudad de México la primera edición del “Festival de la Palabra”, una Feria del Libro monumental, destinada a satisfacer la curiosidad de los lectores aztecas, que compite desde el vamos con la tradicional Feria del Libro que funciona en el Palacio de Minería de la capital mexicana y la gigantesca Feria del Libro de Guadalajara, tal vez la más importante de América latina. Como el calendario ferial (en el que tienen ya fechas fijas Liber, el evento español, la Feria del Libro de Bogotá y la de Buenos Aires) es bastante abigarrado, los organizadores del evento no tuvieron más remedio que hacer coincidir el Festival de la Palabra con la Feria del Libro de Buenos Aires. El evento mexicano ocupó 23 mil metros cuadrados del Centro Banamex en el Hipódromo de las Américas –un descomunal y novísimo centro de ferias y exposiciones en una de las áreas más privilegiadas de la ciudad (en ese sentido, el Festival de la Palabra se propone sacar al libro del abigarramiento que caracterizaba a la Feria del Palacio de Minería)–, donde expusieron sus catálogos cerca de 300 sellos editoriales.
Radarlibros fue uno de los suplementos literarios de habla hispana (el único de Argentina) especialmente invitados al evento, que además de los previsibles stands de venta de libros, ofreció un complejo panorama de actos culturales. El gran poeta argentino Juan Gelman leyó sus poemas ante un público numerosísimo y muy entusiasta, casi al mismo tiempo que un grupo de fans seguía con fervor una ronda de prensa de Silvio Rodríguez, en la que el trovador cubano explicó las relaciones entre literatura y canción (uno de los ejes del evento, al que también fueron convocados Fito Páez, Joaquín Sabina y Luis Eduardo Aute), defendió al régimen castrista de todo ataque, confesó su emoción multiplicada con el nacimiento de un nuevo hijo y un nieto y prometió volver a cantar públicamente, para lo cual se prepara, en estos días, con una gira por las cárceles cubanas.
El Festival de la Palabra incluyó también una maratónica exaltación del Quijote, que fue íntegramente leído entre el 22 y el 24 de abril por cientos de personas que se inscribieron previamente. “El Festival de la Palabra”, según los organizadores, “busca fomentar el uso de la cultura escrita para construir un mejor diálogo entre los pueblos y los seres humanos”, pero, sobre todo porque se trata de un evento que nace, para “crear un nuevo puente con los jóvenes especialmente”. Es por eso que uno de los ciclos centrales fue “De la rebeldía al desencanto: los jóvenes se transforman”, una serie de mesas redondas que inauguró el escritor mexicano José Agustín y de la cual participaron importantes intelectuales mexicanos de dos generaciones.
La mayoría de los expositores del Festival de la Palabra se quejaron del número de visitantes y el escaso volumen de ventas. En futuras ediciones, es de prever, habrá más asistencia. Lo que se vio permite ser optimista: jóvenes ávidos de cultura libresca y dispuestos a debatir con todos los panelistas. Y la posibilidad, para el visitante argentino, de comprar esos libros que en Buenos Aires no se consiguen: La princesa primavera de César Aira, por ejemplo.
Lo que quedó como promesa y deseo (expresada tanto por Hugo Gutiérrez Vega de La jornada semanal como por Christopher Domínguez de Letras libres) es la posibilidad de usar estos espacios para estrechar vínculos entre las diferentes literaturas del continente, asfixiadas por los monopolios editoriales y cada vez más aisladas entre sí. Como sintetizó Domínguez: “América latina no puede permitirse ser provinciana”. Que así sea.

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