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Lunes, 20 de mayo de 2002

BIOGRAFIAS

El libro de Manuel

Finalmente acaba de publicarse en castellano Manuel Puig y la mujer araña, la biografía en que la norteamericana Suzanne JillLevine reconstruye por primera vez la vida pública y privada del gran autor argentino.

Por Claudio Zeiger

Apenas comenzar la lectura, Manuel Puig y la mujer araña, la primera biografía dedicada a la vida de Manuel Puig, nos enseña a leer entrelíneas, a deslizarnos con cautela de pista de hielo entre los recovecos de la palabra escrita, a consultar obsesivamente las notas, a volver una y otra vez sobre el prólogo de la autora y a leer con lupa los epígrafes y los agradecimientos. ¿Exceso de celo? ¿Búsqueda insidiosa del verdadero subtexto de una biografía que se precie? ¿Medición del porcentaje de chisme e información previamente no conocida? ¿Aquello que se sabe tanto tiempo tapado y que ahora nos da el desquite: las anécdotas y revelaciones sobre la sexualidad de Manuel Puig? Suzane Jill-Levine sabía todo esto desde hace muchos años y abordó la tarea con cautela y respeto, con la frente bien alta, con convicción.
La autora de Manuel Puig y la mujer araña conoció su tema a fines de los 60 cuando siendo muy joven se lo presentó Emir Rodríguez Monegal (buen amigo y aliado clave de Puig en los difíciles tiempos previos a la publicación de La traición de Rita Hayworth), con quien ella estaba “vinculada románticamente”. En los 70 se convirtió en la traductora al inglés de sus tres primeros libros. “Llegué a conocer bastante bien a Manuel (a menudo en compañía de su madre o amigos), sobre todo cuando volvió a mudarse a Nueva York a mediados de los 70”, cuenta en el prólogo. “Mi asociación estrecha con él me ha dado ventaja como cronista de sus días y noches, y me ha abierto puertas a correspondencia e interlocutores que podrían haber permanecido desconocidos de otro modo. Esta intimidad, como traductora y amiga, también fue una responsabilidad agregada. Soy demasiado consciente de la naturaleza encubierta de su vida privada y de la vida de muchos de sus amigos, ya sea en Argentina, Italia o incluso Nueva York. En realidad, algunos nombres han sido cambiados para proteger la intimidad de algunos individuos. Hoy, los sobrevivientes de la generación de Manuel, en especial los compañeros argentinos, siguen temiendo la exposición, y su familia sigue manteniendo un velo de discreción sobre su vida personal”. En una de las primeras notas del libro, agrega: “Algunos de sus amigos gay de Argentina insistieron en que evitara su vida sexual, como si no fuera esencial para su identidad”.
Desde luego, un biógrafo que sobredimensionara sólo los aspectos ocultos sería muy limitada, pero –seamos francos– nadie le hubiera perdonado a la autora que los dejara de lado. De todos modos, acorde con lo específico de una biografía de escritor, otras preocupaciones empiezan a desfilar por la pantalla biográfica formando un tejido atrapante. Desde la infancia hasta la muerte (en este sentido, se trata de una biografía rigurosa, clásica) Jill-Levine parece haber eludido la tentación de un libro polifónico, hecho de voces, a lo Puig, para construir en cambio un relato totalizador, balzaciano, que va anudando todos los grandes tópicos de esta vida: la familia, la madre, el pueblo, la huida, el aprendizaje, el fracaso, el sexo, la política, el éxito, las residencias, la enfermedad y la muerte. Biografía realista, entonces, y, por la misma naturaleza de la vida del autor, libro de viajes y libro de libros.
El recorrido de la vida de Puig muestra las huellas sobre el mapa del mundo, una permanente fuga a la búsqueda de un clima propicio: clima político, afectivo y meteorológico. El viaje iniciático para estudiar cine a Italia (uno de los mejores capítulos del libro, documentado con la indispensable asistencia del cineasta y amigo personal de Puig, Mario Fenelli) muestra al escritor en su mejor forma y en el momento crucial: al final del aprendizaje nace el escritor sobre las cenizas del director de cine que nunca será (aunque luego se convertirá en guionista y dramaturgo). En 1974, México es la opción contra el clima irrespirable de Buenos Aires, la censura y la Triple A. Brasil, más adelante, será la venganza colorida y pulposa contra la planicie del pueblo natal, General Villegas. A Nueva York, nos sugiere el libro, llega un poco tarde, un poco viejo para la explosión de una cultura gay tiránicamente juvenilista. Como libro de libros podría decirse que Manuel Puig y la mujer araña es la historia de un progresivo desapasionamiento, el lento enfriamiento de un fuego cuyo punto más alto seguirá siendo por siempre La traición de Rita Hayworth. Nunca le interesó más la literatura a Puig; nunca un libro suyo dividiría tanto las aguas editoriales y literarias en aquellos intensos días del boom latinoamericano.
Al leer esta seguidilla de las historias detrás de los libros, uno se queda con la impresión de que, en gran parte, Puig se agotó en esa lucha, en esa larga temporada previa (unos cinco años) a la salida de La traición... y de la novela inmediatamente posterior, Boquitas pintadas; y que lo que siguió –indiscutiblemente grandes novelas– también están afectadas de esa cosa un poco mecánica que (siguiendo siempre las páginas de Jill-Levine) parece ir ganando todos los aspectos de la vida de Puig. Allí están las cartas como testimonio (son especialmente malignas las intercambiadas con Guillermo Cabrera Infante), con la repetición de los guiños de loca graciosa (la que le pone apodos femeninos a todos los escritores, la que remite cada pequeño incidente amoroso sexual a una escena de film), todo es crecientemente repetitivo, todo se va rodeando de cierto automatismo, como si fuera la actuación de una estrella fría y disciplinada, un poco a la manera de Esther Williams (así apodaba Puig a Mario Vargas Llosa, mientras que a sí mismo se adjudicaba Julie Christie, “una gran actriz que al encontrar al hombre de sus sueños, Warren Beatty, no actúa más”). La producción posterior a El beso de la mujer araña –su libro militante, su concesión a la política con mayúsculas y también con las minúsculas de la minoría gay– entra en una zona de experimentalismo ambiguo (a excepción de la cálida y crepuscular Cae la noche tropical, el máximo homenaje a mamá Male y a la tía Carmen), mientras su vida afectiva aparece signada por el rictus de la amargura que los testimonios de los viejos amigos (y los pocos nuevos que hizo en México durante su última residencia allí) atribuyen a la soledad.
Todos estos itinerarios (del pueblo al mundo, de los nombres rutilantes de la literatura de los 60 a la soledad, de un amante ignoto a otro) están recorridos con calidez en la biografía de Jill-Levine, que en sintonía con un autor argentino que llegó a ser traducido al castellano, fue escrita en inglés y llega aquí traducido por Elvio Gandolfo.
Jill-Levine construyó un tejido de vida sumamente entretenido y cuya máxima recompensa es lograr que al final del tejido la figura de Manuel Puig aparezca con firme relieve. La biógrafa lidió con familiares recelosos, amigos púdicos, locas de atar, prejuicios y malentendidos y puso sobre la mesa un trofeo considerable: a diez años de su muerte, la primera biografía de Puig; el libro de Manuel.

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