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Domingo, 17 de julio de 2005

Conociendo a Mr. Purdy

Su obra es reivindicada cíclicamente pero cíclicamente también vuelve a caer en el olvido. Nacido en 1923, su biografía es tan misteriosa como su relación con editores y colegas. ¿Qué sucede con James Purdy, uno de los más originales y desconocidos escritores norteamericanos? Gore Vidal y Edward Albee ofrecen aquí algunas de las pistas que conducen al misterio del autor de Malcolm.

Por Gore Vidal


Escuché hablar de James Purdy por primera vez hace más de cincuenta años, en un soleado día primaveral de Londres. Edith Sitwell me había invitado a cenar. Tomamos martinis mientras ella terminaba de pulir una carta para el Times de Londres: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence estaba bajo ataque por obscenidad. Aunque a Edith le disgustaba Lawrence porque, creía, había caricaturizado a su hermano Sir Osbert en la novela, cuando el gin nos hizo efecto arriesgué que el trabajo realmente ofensivo no era el de Lawrence, sino el de Truman Capote. Sus ojos enrojecidos sobre su delgada cara gótica se achicaron y suspiró despreciativamente: “Eso debería explicar ese estilo horrendo”. Empezó a escribirle al director de The Times: “Estimado señor, soy una niña de setenta y dos años y tengo la más alta autoridad literaria”.

Mientras el martini se acababa, dejó la lapicera y declaró: “He descubierto a un verdadero genio norteamericano. Desconocido en tu país, me temo. Se llama James Purdy”. Admití mi ignorancia, pero sabía que Edith, a pesar de sus vestidos estrafalarios y sus anillos de jade del tamaño de piezas de dominó, tenía un ojo agudo para el genio literario, aunque no siempre para el talento. Había sido una de las primeras admiradoras de Dylan Thomas y ponía a Purdy a la misma altura, a pesar de que sus libros eran ignorados por los críticos en aquellos días casi tanto como lo son ahora. El novelista Jerome Charyn lo había descripto como “un fuera de la ley en la ficción norteamericana”. Presumiblemente, John Updike era nuestro supremo legal.

En las solapas de los últimos libros de Purdy lo celebré como “un auténtico genio americano” (énfasis en los dos adjetivos). La prosa de Purdy tiene reminiscencias del siglo anterior al último, cuando los sustantivos podían también cumplir la función de verbos, como funning (de fun –divertido–), que un editor le dijo una vez al autor no era “auténtico” lenguaje norteamericano aunque cualquier estudiante de las primeras películas de W.C. Fields sabe que lo es: “Sólo estaba divirtiéndome, querida”, le dice Fields a la inimitable Gloria Jean. Purdy nació y se crió en el anexo más auténtico de Nueva Inglaterra, la Western Reserve, cuya joya de la corona es el estado de Ohio o, como dijo sucintamente una vez Dawn Powell: “Todos los norteamericanos vienen de Ohio originalmente, aunque sea por poco tiempo”. Eso era antes, por supuesto. Desde entonces las fronteras se han cerrado, y el verdadero azul suele confundirse con los últimos destellos rojizos del atardecer.

Carroll & Graf está publicando dos novelas y un volumen de cuentos de Purdy: Eustace Chisholm and the Works (1967), The House of the Solitary Maggot (1974) y Moe’s Villa and Other Stories (2003). La segunda novela es parte de un ciclo o “novela continua” llamada Sleepers in Moon-Crowned Valleys. Afortunadamente Purdy nunca tuvo un Maxwell Perkins que cortara su novela continua en comerciales mordiscos, perdiendo en el proceso la fluidez narrativa que Thomas Wolfe perdió en vida y, peor, después de muerto, cuando los editores hacharon su vasta novela norteamericana para convertirla en sus propias disminuidas novelas convencionales (la biografía de Wolfe de David Herbert Leonard describe los sangrientos detalles de la disección de un gran texto original). Lo bueno de ser un fuera de la ley es que Purdy ha podido dividir personalmente su trabajo, y así cada novela se sostiene por sí misma mientras el todo espera la arqueología y constitución de un trabajo que no se parece a ningún otro.

La literatura “gay”, en particular la de autores que aún están vivos, es un gran cementerio donde autores que no se parecen, excepto por sus supuestos deseos sexuales, están juntos en una parcela bien lejos de la reservada a los valores familiares. James Purdy, que algún día debería yacer junto a William Faulkner en el sombrío rincón gótico del cementerio de la literatura norteamericana, en cambio está ubicado cerca de nombres con los que no tiene parentesco. Es interesante que en un tiempo de renovado debate sobre las cuestiones sexuales (disfrazado torpemente como “valores morales”), James Purdy emerja de las sombras otra vez. La primera sombra cayó sobre él con su primera novela: 63: Dream Palace (1956), descripta por la editorial como un libro acerca de “el amor obsesivo, la homosexualidad y la alienación urbana” que culminaba en “un fratricidio”. Purdy escribe sobre hombres que no son capaces de expresar su amor por otros hombres porque la homosexualidad es impensable para ellos. La verdad es que, como Purdy demuestra, es pensable para todos los demás. Ha ido por un camino solitario. A veces oscuramente gracioso, a veces trágico mientras enfrenta a “las amables” en su camino, el eufemismo griego para las Furias que por siempre persiguen a la humanidad.

Los datos biográficos de Purdy son escasos. Nació en 1923 en Ohio, se mudó a Chicago en la adolescencia, fue alumno de las universidades de Chicago y de Puebla en México. De 1949 a 1953 dio clases en el Lawrence College de Wisconsin y después vivió en el exterior durante años, pero se ignora dónde. Ahora vive en Brooklyn. Aparentemente, empezó a publicar cuentos en revistas en los años ‘40. En los ‘50 intentó encontrar sin éxito un editor norteamericano. Su primer libro fue publicado en forma privada en su propio país y después por una casa editorial grande en Inglaterra, donde tenía muchos admiradores en el mundo literario, notablemente Edith Sitwell y Angus Wilson.

Durante algunos años leí estos libros cuando pude encontrarlos. Cierta vez Edward Albee montó una interesante pieza teatral sobre la novela de Purdy Malcolm (1959). Pero las murallas de Jericó siguieron y siguen en pie hasta hoy, a pesar de un único y variado cuerpo de trabajo. Pero es que a veces a algunos autores no se los deja pasar porque, a algún nivel, inquietan genuinamente, causando que la conjura de los necios cargue sus más vívidos trabajos como otros tantos pilares de sal para ser ubicados en ese desierto fatal que separa nuestro Oz del mundo real.

Moe’s Villa and Other Stories es el último libro de Purdy. Algunas de estas historias son cuentos de hadas, como “Kitty Blue”, acerca de un gato parlante que es amigo y musa de un gran cantante, mientras el mejor y más extraño de estos cuentos es “Reaching Rose”. Aunque Purdy no abandona durante demasiado tiempo sus personajes Malcolm (esos perdidos efebos dorados solos en una ciudad desconocida o caminando dormidos por un campo coronado por la luna), mientras envejece, con más frecuencia se preocupa de los viejos y sus a veces desconcertantes estratagemas.

Leí por primera vez Eustace Chisholm and the Works en 1968, cerca de su publicación. Era un momento significativo: tres autores “respetables” iban a publicar tres supuestos libros sucios: Philip Roth Portnoy’s Complaint (en 1969), John Updike Copules y yo Myra Breckinridge. No recuerdo una sola palabra de ninguno de los tres. Pero Eustace Chisholm fue un shock. Acabo de releerlo y me sorprendí de cuánto lo recordaba, tantos años después. El libro comienza en un Chicago dreiseriano: “Aquí, en medio del remolino industrial de la quiebra económica de Estados Unidos, los desempleados, en indefinidos pequeños separados ejércitos, generosamente salpicados por jóvenes blancos de pequeños pueblos y granjas y negros del sur, esperaban en fila para obtener el seguro. Eustace Chisholm había quedado atrapado entre dos tragedias, el nacional colapso de la economía y su propio intento fallido de combinar el matrimonio con la vocación de poeta. Se preguntaba si se debía a su imposibilidad de producir un libro o al tenor general de los tiempos que corrían el hecho de que su esposa Carla, que lo había apoyado firmemente durante dos años, lo hubiera dejado por el aprendiz de panadero seis meses antes de que empezara esta historia”. Tiene 29 años y escribe su poema con un pedazo de carbón en las páginas del diario The Chicago Tribune. Sin anunciarse, Carla, la esposa fugitiva, regresa. Eustace no está encantado. Le dice que sólo es aceptable como “ganadora de pan”. Ella accede a este papel, marcada como está ahora por la letra escarlata. Esposa encargada de ganarse el pan y poeta de los orígenes de Estados Unidos chismorrean perezosamente mientras ella se acomoda en el departamento y en la vida de su marido, también conocido como Ace.

Purdy, como un anfitrión amable, ahora nos cuenta algo de Eustace: “Después de que su padre falló en sus negocios en Grand Rapids, Michigan, y se pegó un tiro en la boca en la oficina de la fábrica desde la que había manejado sus asuntos durante los últimos treinta años, Eustace dejó Chicago dos meses después del funeral. El siguiente otoño estuvo en la universidad durante un tiempo, y casi consiguió graduarse. Saliendo al mundo durante el final del período de Hoover y el inicio del de Roosevelt, no podía conseguir trabajo excepto por algunos que no duraban mucho: trabajó como cocinero de minutas en un comedor de paso, como recepcionista y secretario en un hogar de niños deficientes mentales, como lector para un billonario ciego y cualquier otra cosa que pudo encontrar”. En un nivel, esto es una linda parodia del estilo realista de la época; en otro, nos cuenta lo que uno termina haciendo durante una Depresión.

Mientras Carla prepara el almuerzo, Eustace va al living donde toma una lección de griego del adolescente Amos Rattcliffe. El joven dorado ha sido expulsado de la universidad a pesar de que es un prodigio. También es una belleza clásica, lo que, sumado a su manejo del griego, le agrega peso para Eustace, que se pregunta si vivirá lo suficiente “para leer a Píndaro”.

Varios personajes interactúan. Amos es vendido a un millonario. Eustace nunca aprende a leer a Píndaro; también abandona la poesía. La narración finalmente se focaliza en Daniel Hawks, un oscuro joven con aspecto de semidiós (posiblemente mitad indígena norteamericano) que ha servido en el ejército. Mientras Amos, con un nuevo guardarropa regalo de su caballero millonario, sigue adelante, Daniel decide unirse al ejército otra vez.

“La vida de Daniel Hawks había llegado a un punto, casi un final, cuando fue separado en oscuras circunstancias del ejército regular de los Estados Unidos. Desde entonces para él todo había sido sonambulismo, de una forma u otra. Parecía recrear la rutina y las ceremonias del ejército varias veces al día desde el desayuno hasta el momento de irse a la cama.”

Ahora Daniel se enlista otra vez y se lo traslada a un campo en Biloxi, Missouri. “En su primer día en el campo, caminó dormido hasta la tienda del capitán Stadger. El oficial, todavía despierto a las 2.30 de la mañana y mirando una mariposa nocturna que volaba alrededor de su única iluminación, estaba ocupado en frotarse una pomada para curar una herida del brazo. Levantó la mirada sin poder creerlo pero también con una expresión de reconocimiento y esperanzas cumplidas ante la aparición del soldado de pie, completamente desnudo y con los ojos ciegos, frente a él. Levantándose, apuntando su linterna lejos de la cara del soldado y sobre su cuerpo, el capitán estudió y esperó. Después, sintiendo lo que tenía entre manos, miró rápidamente el número de serie del sonámbulo en la ficha de identificación metálica que le colgaba del cuello, y con voz profunda, de mando, en estricta etiqueta militar, lo despidió implicando que había sido él quien lo había llamado desde su tienda, y que iba a llamarlo otra vez. Obediente, Daniel saludó y, aún con los ojos ciegos, giró y con pasos parejos marchó de vuelta hasta su carpa.” El destino se apodera del caso.

La ingenuidad del capitán como torturador le hubiera ganado una hoja dorada de promoción en esa Abu Ghraib de nuestra América profunda. Purdy describe sin piedad el lento asesinato del apuesto soldado, instalando todo tipo de imágenes en la mente del lector desde Billy Budd hasta las terribles historias de indígenas y puritanos destrozándose mucho antes de que la Reserva Occidental se poblara de usurpadores. En una llamarada de dolor y furia, los personajes, uno a uno, dejan de existir. Mientras Amos,Daniel y el capitán se convierten en fantasmas, Purdy cita la traducción de Virgilio realizada por Dryden:

“Te conozco, Amor. En los desiertos fuiste criado

Y alimentado en las guaridas de salvajes tigres.

¡Extraño al nacimiento, usurpador de las planicies!”.

Al final, Eustace le prende fuego al poema, y se incendia a sí mismo. Carla apaga el fuego que está quemando su vestido de bodas. Así, es liberado de sus creencias erróneas. “Ves con qué calma me tomo que el poema se queme. No soy un escritor, ésas son las noticias, no lo fui y nunca lo seré.”

“No me importa lo que logres, si logras algo”, le dice Carla. “Lo único que siempre me ha importado eres tú.”

“Después, lentamente, como todos los sonámbulos del mundo, él la llevó por el largo pasillo hasta la cama, la abrazó, aceptó su primera frialdad como ella había aceptado la suya tanto tiempo, y después la calentó con una especie de amor rapaz.”

Y sueñan que están despiertos.

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