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Domingo, 17 de julio de 2005

BIOGRAFíAS

La pasión y la razón

A cien años de la publicación de la teoría de la relatividad, abundan los homenajes a Einstein. La biografía del físico Barry Parker busca indagar en sus aspectos más íntimos y personales.

 Por Federico Kukso


Es curioso que uno de los años más importantes de la historia de la ciencia sea recordado con una etiqueta de ribetes religiosos: podrá ser la fecha de la primera revolución rusa, del debut de Mata Hari en París o del despertar del fauvismo con Matisse a la cabeza, pero 1905 es definitivamente el “año milagroso” en el que un oficinista de patentes de Berna de sólo 26 años llamado Albert Einstein hizo relucir su chapa de genio en potencia y sacó de la galera cinco artículos cruciales (entre ellos, el de la relatividad especial) que de un sopetón cambiaron la física para siempre y fulminaron los conceptos establecidos y dogmáticos del tiempo, el espacio, la materia, la energía.

La figura de Einstein (1879-1955) no transmutó en mito de inmediato. Como cuenta el también físico Barry Parker en Einstein: pasiones de un científico, este hombre de 1,72 de estatura, fumador empedernido, desordenado, distraído, olvidadizo y algo misógino tuvo que esperar hasta 1919 para que el mundo se rindiera a sus pies. Fue entonces cuando, después de que sus teorías fueran corroboradas por la experiencia, Einstein se recibió de genio y estereotipo puro. A cincuenta años de su muerte, su figura sigue siendo adorada con la misma fuerza ciega y algo infantil con que se venera a una estrella de cine; y aun así el cuadro está incompleto. Falta en las conferencias, en las mesas redondas, en los congresos internacionales el recuerdo del hombre detrás del personaje, del individuo vuelto icono.

En concordancia con el centenario de aquel año milagroso que trae consigo una catarata de biografías einstenianas, Barry Parker traza a partir de cartas personales y documentos sueltos un retrato incisivo sobre la compleja personalidad de quien fuera la “persona del siglo XX” para la revista Time. En efecto, muestra un Einstein de carne y hueso, fuertemente apasionado por todo tipo de saber, ya sea musical (desde los cinco años tocó el piano y el violín, y moría por las sonatas de Mozart); o social (tuvo dos esposas –Mileva Maric y su prima Elsa Löwenthal– y varias amantes).

Para suerte del lector poco avezado en física o matemática, Parker deja de lado ecuaciones, números y fórmulas y se ocupa de sacar los trapitos al sol de la vida íntima del científico de cabellera alocada, en una especie de backstage del mundo einsteniano. No faltan las anécdotas en torno de su mal desempeño como estudiante (“No le irá bien en nada”, le llegó a decir su profesor de griego); su escalada al rango de celebrity (las mujeres lo asediaban, los países lo recibían como un jefe de Estado y los paparazzi no lo dejaban en paz); sus hobbies (la navegación, la filosofía kantiana), su pacifismo militante, y su contribución a la bomba atómica.

Sin embargo, para el físico alemán no todo fue fama y alegría. Einstein por mucho tiempo fue un desempleado más, sus tesis eran constantemente rechazadas, como profesor particular tuvo estudiantes que no le pagaban, dio en adopción a su hija Lieserl, los jurados del Nobel mostraban reticencia a darle el premio, y con los hijos que sí reconoció (Hans Albert y Eduard, esquizofrénico) tuvo una relación distante, casi como un padre ausente. Según Parker, todo eso lo tapaba con su adicción al trabajo, sus viajes por el mundo académico europeo y los esfuerzos de escapar de la persecución nazi, que conformaron un cúmulo de preocupaciones que desatarían los constantes problemas estomacales que lo llevarían a la muerte en 1955. Aunque aporta pocas cosas nuevas y por momentos se le escapan de las manos las interpretaciones que hace de las cartas, Parker muestra un Einstein íntimo y personal.

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