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Domingo, 2 de diciembre de 2007

NOTA DE TAPA

El corazón salvaje

A treinta años de su muerte, la obra de Clarice Lispector sigue siendo fuente de renovación y sorpresas literarias que giran alrededor de la atracción exótica que supo generar esta rara brasileña nacida en Ucrania. Por estos días, en Argentina se publicó una biografía (Clarice, una vida que se cuenta, de Nidia Battella Gotlib, Adriana Hidalgo), acaban de aparecer sus Cuentos reunidos (Alfaguara) y se lleva a cabo una exposición sobre su vida y obra en el Centro Cultural Recoleta.

 Por Mauro Libertella

Hubo una vez en que la literatura brasileña estaba anquilosada bajo las redes infranqueables de un realismo regional cuyas propuestas más vertiginosas –como Machado de Assis– ya se habían quemado en el cenit de su madurez, y parecía que de aquel callejón no había salida posible. Hasta que en 1943, de pronto y sin aviso previo, llegó a las librerías brasileñas un libro con un raro título joyceano: Cerca del corazón salvaje. De la autora, Clarice Lispector, como consignaban las escuetas solapas de aquel desembarco, se sabía muy poco. Había nacido en Rusia, aunque podría haber salido de cualquier parte. Y así, la biografía de Lispector se erigió desde el nacimiento mismo de su obra como un paradigma de aristas ambiguas, como si la convivencia de todas las contradicciones y los giros de una misma historia fueran el único modo posible de narrarla. Y ese ha sido el desafío o el karma con el que se tuvieron que enfrentar todos sus biógrafos, que consignan con unanimidad la imposibilidad de apresar un dato firme, un resto de vida que afirme algo concreto sobre quién fue en realidad Clarice Lispector. Desde ya, ha sido la propia Clarice la maestra en ese juego perverso de perderse en los laberintos de una ficción armada con su propia lógica y para sí misma. Sin embargo, en una breve semblanza, hay algunos hechos puntuales que no se pueden dejar de consignar.

Clarice Lispector nació en Ucrania en 1920. No es difícil imaginar lo áspero de la vida para una familia de clase trabajadora en la Ucrania devastada por la Gran Guerra. Con la intención redentora del cambio radical, cuando Clarice tenía dos meses, la familia Lispector emprendió el lento y esperanzado viaje hacia Sudamérica, instalándose en Recife, al norte de Brasil. Las cosas en el nuevo continente, sin embargo, no salían del todo bien. Los problemas económicos se agudizaron, y la madre de Clarice murió a los pocos años, cuando ella tenía nueve. Con el padre y sus dos hermanas se mudan a Río de Janeiro, y Clarice se sumerge en el derrotero de la educación sistemática, que nos lleva hasta la imagen de una joven y bellísima estudiante de abogacía, a principios de los años ‘40. Ahí es cuando, según todos sus biógrafos, se produce un repentino desdoblamiento y descubre que lo que en realidad la apasiona es la literatura, y que quiere ser escritora. A los 19 años empieza a escribir Cerca del corazón salvaje, que se publica en 1943, y que produce un efecto de curiosa atención en los ambientes literarios de Río. Desde entonces, Lispector se dedica paralelamente a la literatura y el periodismo, actividades que sólo se interrumpen o por lo menos se aletargan con la vida nómade que ella siente como una tragedia, hasta los años ‘60 cuando vuelve a Brasil (consignar una hoja de ruta sería una empresa utópica e inútil, pero baste decir que su marido era diplomático y que juntos recorrieron prácticamente todo Europa y Estados Unidos).

Podría inferirse sin demasiada audacia que los viajes no inspiraban a Lispector a la escritura, pues desde que se asentó de nuevo en Brasil su producción escrita se fue volviendo más copiosa y adquiriendo una tesitura de mayor complejidad. A mediados de los años ‘60 publicó lo que muchos consideran su obra maestra, La pasión según G.H. También incurrió en la escritura de cuentos, en la traducción y en la literatura infantil. De sus columnas femeninas en diarios cariocas, que por lo general firmaba con seudónimo y en las que, ahí sí, hablaba de su vida, hay una edición en castellano (Revelación de un mundo, Adriana Hidalgo). Clarice Lispector murió en Río de Janeiro a los 56 años, de un cáncer, a los pocos días de publicar su última novela, La hora de la estrella.

Cuando los primeros libros de Lispector empezaron a circular, la crítica de su país se limitó a espetar un abanico de lugares comunes, de esos que vienen prefabricados pero que, leídos con cierta atención, dicen mucho del estado de una literatura. Hablaron así de una escritura “rara”, de algo “diferente”, y no tardaron en proyectar una filiación con las poéticas de James Joyce y Virginia Woolf (es curioso recorrer algunos ensayos de crítica genética y descubrir que, al momento de la publicación de Cerca del corazón salvaje, Lispector no había leído nunca ni a Joyce ni a Woolf. Por supuesto, el dato avala las teorías que hablan de una sensibilidad común, de un espíritu de época que algunos supieron captar y plasmar). Luego, cuando el tiempo fue discurriendo y los epígonos empezaron a emerger, muchos coincidieron en que Lispector había abierto una puerta inmensa para la literatura; un puerta que, paradójicamente, era muy difícil de cruzar. No es un caso aislado: hay escritores que inventan una literatura, un nuevo lenguaje incluso, y que se consagran, por la audacia misma de sus textos, como los únicos pasajeros –o los más ilustres– en ese viaje que proponen. De ese modo, por un tiempo, fue difícil escribir del modo en que Lispector había enseñado a hacerlo sin copiarla. Quizás haya sido desde la muerte de la autora, cuando el peso de su existencia se eclipsó ante ese otro fantasma que es la obra que queda, que las nuevas generaciones pudieron separar lo que era aprendizaje de lo que era imitación. Lo cierto es que gracias a Lispector, a Guimaraes Rosa y a un puñado de escritores más, la literatura brasileña se abrió implacablemente a ese territorio infinito del alto modernismo, una literatura sofisticada y osada que han sabido cultivar como pocos en el continente.

Los últimos años de Clarice Lispector fueron de un vértigo estremecedor. Ella, que había escrito su literatura siempre de un modo asistemático, impulsada por los más inescrutables de los caprichos, publicó en su último período dos e incluso tres libros al año. No sabremos si esquivos presagios de muerte la habrán obligado a quemar las barcas por la escritura, o si en cambio habrá sentido que ya había llegado el momento en el que lo que verdaderamente importaba, tal vez lo único que importaba, era su obra. Lo cierto es que en esos últimos años, la fama de Lispector se fue consolidando, armando el modelo en el que hoy pensamos cuando hablamos de ella. Recibió el Primer premio nacional de Literatura, otorgado a la obra de una vida, y empezaron a llegar las traducciones de un modo acelerado e imparable. En 1977 concedió una larga entrevista para Tv Cultura, con el compromiso de que no fuera transmitida hasta después de su muerte. Murió unos meses después, en diciembre de ese año, y la entrevista ha perdurado como el póstumo testimonio visual de esa escritora rarísima que salió de Brasil.

Cuentan que días antes de su muerte pudo ver publicada su última novela, La hora de la estrella. Muchos han incurrido desde entonces en el peligroso vicio de la conjetura para preguntarse qué hubiera escrito Lispector de haber podido seguir produciendo. ¿Hacia dónde hubiera ido su literatura? ¿Qué temas la habrían obsesionado? ¿Cómo se habría modificado su subjetividad en los ‘80 y los ‘90? Imposible saberlo. Lo que sabemos, efectivamente, es lo que dejó. Una obra de una complejidad irreductible, que corre siempre hacia adelante, y que ha llevado a una de sus cumbres más altas a la lengua portuguesa y a la cultura brasileña en general. Pero, sobre todo, una literatura universal, de esas que vuelven obsoletos conceptos como “literatura nacional” y “literatura epocal”. Y si, llegando al final de estas líneas, nos preguntáramos, como deberíamos haber hecho al principio, ¿quién fue Clarice Lispector?, probablemente la pregunta seguiría persistiendo en su imposibilidad de ser contestada. Tal vez haya que recurrir de un modo desesperado, como en un manotazo final, a las palabras de Antonio Callado –escritor y amigo– y decir que Clarice fue una “extranjera en la Tierra”.

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