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Domingo, 2 de diciembre de 2007

MAGNUS

Chinatown ya tiene su premio

Humor y noticias disparatadas en la novela ganadora del Premio La Otra Orilla 2007.

 Por Juan Pablo Bertazza

Un chino en bicicleta
Ariel Magnus
Norma
281 páginas.

Lo que sigue —a pesar de su aire a leyenda urbana— es una anécdota verídica que le sucedió a un renombrado político: X quiere tatuarse “libertad” en chino. Gracias a Internet accede a la traducción y lo hace. Viaja a Pekín, acaso para ostentar su nuevo tatuaje. Los chinos se ríen, él no entiende por qué. Finalmente alguien le informa que lo que lleva escrito en el brazo significa “Tenedor libre”.

Sin revelar la identidad de X, digamos que su anécdota despliega en forma de abanico al menos tres puntos: la globalización, la hiperinfrainformación de Internet y la más que compleja comunicación entre dos culturas, todos temas de candente actualidad.

Claramente actual es también el estilo de Un chino en bicicleta, la novela de Ariel Magnus ganadora del Premio La otra orilla 2007. Entre otras cosas, por retomar el affaire del chino que, supuestamente, había incendiado varias mueblerías porteñas, y al que a pesar de haberle encontrado fósforos, piedras y un bidón de nafta no se le pudo probar nada más que “locura”, por lo que terminó en el Borda. Claro que todavía no empezamos a hablar propiamente de la ficción: Ramiro Valestra —un joven tan perdido en la vida como puede estarlo una viejita en Shanghai— debe salir como testigo justamente cuando detienen al supuesto pirómano. Y durante el juicio oral será secuestrado por el propio Li Qin Zhong, quien sumergirá a Ramiro en la agridulce atmósfera del Chinatown de Belgrano, para urdir un plan chino y, de rebote, arrancarlo de su modorra.

Si bien el pegarse a un suceso reciente podría depararle a esta novela un rápido envejecimiento, hay que decir que aprovecha un nicho muy poco explotado: hacer el seguimiento de noticias extraordinarias una vez que ya nadie habla de ellas. A propósito, si el mero roce de un fosforito bastó para quemar cientos de bártulos, puede pensarse que Magnus compuso su novela a partir de la figura retórica del quiasmo: un cruce de elementos pertenecientes a dos estructuras simétricas. El humor —por momentos infantil, por momentos agudísimo—, la imaginación —envidiablemente libre, aunque no siempre bien dosificada— y hasta la propia confusión ideológica del relato —inteligente y deliberada— obedecen religiosamente al quiasmo: “Mientras que los chinos andaban de jeans los blancos estaban vestidos con trajes típicos de Oriente”; “Chen, si sabés pronunciar la ele y también la erre, ¿por qué decís erre cuando es ele y ele cuando es erre?”; “Gong significa señor. Sólo que en chino va al wanjie, o sea al final. En chino es todo al revés, ¡ja ja ja!”.

Los ejemplos de quiasmo abundan tanto como los quiebres de cintura propuestos por la novela, ya sea por los epígrafes relacionados con Oriente —que van desde Lao Tse hasta Gaby, Fofo y Miliki—, como por esa cuota de clásico delirio que suelen tener las obras ganadoras de concursos, para lo cual sirva como ejemplo el título de un capítulo: “La increíble historia de la escuela de fútbol para chinos de Jáuregui fundada por el arquero de la selección juvenil argentina campeona del mundo en 1979”.

Es probable que el lector de Un chino en bicicleta pase con bastante recelo las primeras páginas para ir amigándose progresivamente con el libro hasta terminar por quererlo —y acaso entenderlo— justo cuando termina, de la misma forma que a cualquier ser humano le cuesta asimilarse a una nueva cultura, aunque tenga todo un barrio nativo a su disposición. De hecho, cuesta bastante decir si esta novela es efectivamente buena o sólo se trata de una agradable muestra del potencial literario de Ariel Magnus. Lo seguro es que este libro es terriblemente comprador. Especialmente gracias a su incertidumbre que, como el tatuaje de la libertad del renombrado político, señala la imposibilidad de entender completamente al otro. Casualmente o no, el libro finaliza con una frase escrita en ideogramas chinos que, aunque dice “Feliz año nuevo, amorcito”, en rigor de verdad le falta un carácter para terminar de dar el sentido de la frase.

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