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Domingo, 2 de diciembre de 2007

RESCATES

Listo el pollo

 Por Natali Schejtman

En Vidas de Aniceto el Gallo y Anastasio el Pollo (los dos seudónimos más característicos de Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo), Manuel Mujica Láinez se encarga de su tarea de biógrafo, que también dio frutos en lo que respecta a Miguel Cané padre. En el caso de estas dos historias públicas y privadas, las personalidades escogidas son dos de los poetas gauchescos más relevantes de la historia literaria argentina. De hecho, son los dos eslabones centrales: mientras que Ascasubi hereda “la guitarra” del pionero Bartolomé Hidalgo y se la entrega a del Campo, su admirador, éste será despedido en su tumba por el discurso de José Hernández. Emparentado en este punto con sus vecinos Borges y Bioy Casares, entusiastas absolutos de la gauchesca y, en particular, de Ascasubi, Mujica Láinez va más allá y más acá, y sobre su prominente sesgo gauchipolítico (recordemos que Ascasubi fue el creador de La refalosa, en el que un mazorquero relata simpáticamente en qué consiste la tortura a un salvaje unitario) compone con elegancia, filo y humor cortés una historia multicolor de mitos, leyendas y excesiva documentación (en rigor, haber accedido a documentos desconocidos sobre Ascasubi fue el motivo que lo llevó a escribir la biografía). Recorre así tanto su nómade cuna gaucha como su rol en la imprenta de Salta, los viajes iniciáticos y aventureros por las “Uropas”, sus campañas como militar y su exilio a “la nueva Troya” (Montevideo, receptora de los proscriptos antirrosistas), donde se erigió como un dicharachero anfitrión de intelectuales y se formó en tanto tal, para volver(se) consagrado.

Muchos puntos de unión hay entre un poeta y otro, pero también muchas diferencias, y ambas se conjugan en Mujica Láinez de un modo atractivo. Mientras en las dos biografías (separadas en sus ediciones primeras) se habla, por ejemplo, de una apuesta, el Gallo la riñe con el mismísimo Facundo Quiroga –siendo él un opositor–, con naipes en el medio y situados en una composición cinematográfica apasionante y tenebrosa, y el Pollo, con un joven llamado Matías Beherty, que en una tertulia festiva le juega un atado de habanos a que del Campo no va a poder componer sonetos, desdeñando su indiscutido don para los “sencillos” octosílabos.

Si bien menos aventurera, la vida de del Campo también es un buen motivo para el retrato de una época que, está claro, estaba lejos de separar la literatura de la política. Del Campo es un fiel y muy claro exponente de un traje y una voz de gaucho adquiridos. De familia aristocrática, supo manejar con sensatez los cruces que él mismo debió afrontar siendo un porteño amante de lo gaucho. Su Fausto, que retoma el diálogo como forma, típico de Hidalgo y Ascasubi, pone en escena a un gaucho relatándole a otro con extrañeza una obra de teatro que vio en el Colón sin haber podido asumir su categoría de representación ficcional. Si bien Manucho festeja esta obra excepcional y de avanzada, no le perdona sus flirteos no correspondidos con el romanticismo, como si viera en ellos un mandato de estirpe intelectual que no necesitaba ni le sentaba.

Aun así, la prosa romántica sin ningún exceso se cuela en la narración del mismo Mujica Láinez –fluida y caudalosa como una orquesta de vientos–, que debe atravesar escenas llenas de un brillo seco, como cuando Ascasubi hace traer un sauce desde Buenos Aires para ser puesto, tal cual se leía que era su deseo, en la tumba de Alfred de Musset, o el momento en que del Campo va a ver Fausto al Colón y comienza a pergeñar su obra cumbre. En ambos personajes lee su vida, su literatura y también lo que de ellos se ha contado, abarcando las crisis personales, las nacionales y la conjugación de ambas con preguntas inteligentes, conmovedora empatía y una gracia arrolladora.

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Las biografías gauchescas de Mujica Láinez
 
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